martes, abril 01, 2025

El flypi que te compré
la cafetera que te traje
el viaje que hice de vuelta
el tejuino que compartimos
el sol a su punto
el libro que te peleé
el mor dicho muchas veces
el perro una y otra vez
los perros
la casa abandonada
el pozole de res
cuyo nombre siempre olvido
son esas cosas
que conforman el paisaje
de lo perdido.

lunes, marzo 31, 2025

Tres lecciones de 500 pesos

Llegué a San Luis Potosí por la noche del jueves, después de dos días de trabajo arduo en nueve escuelas de la zona de San Miguel de Allende y Dolores, así como de encuentro virtuales con alumnos de preparatoria de la Fundación León. Venía cansado, después de madrugar, sumada una cuestión emocional y sentimental que no hace más que reproducir sus vicios y que espero, pronto se ordene. Pero aún así, venía con el ánimo bajo. Pero también venía cargado de regalos y de buenos gestos, entre ellos un casco espacial hecho a mi medida y una cajita de cartón, aun con moño, en donde guardaba otras cosas. En la taquilla de taxis una mujer ya mayor, con lentes con mucha graduación, me despachó rápido y no me vendió ningún boleto porque no tenía cambio de un billete de 500. Pregunte en los taxis, me ordenó. Fui con uno de ellos y me dijo que tampoco tenía, que no me podía llevar. Entonces me di cuenta que no traía la cajita conmigo. Asustado, volví a la taquilla, que tenía una pequeña repisa, para ver si ahí la había dejado. Cuando le pregunté a la despachadora sólo se alzó de hombros y dijo: "yo no soy responsable de lo que pone la gente ahí". En efecto, tenía razón, pero uno espera un poco de colaboración en los momentos de desconcierto. Salí al estacionamiento, pensando que ya la había perdido y, con ella, todos esos bonitos gestos y artefactos que me habían regalado los niños de San Miguel cuando la vi a la orilla de una cuneta y la recogí. Fastidiado, me dije, ya quiero llegar al hotel. Así que abordé un taxi atendido por un muchacho, pero antes le alerté que sólo traía un billete de 500 pesos y debía tener cambio. Debí alertarme desde que me empezó a decir "rey para acá", "rey para allá". Y más, cuando me dijo, "el centro está cerrado. Voy a tener que dar una vuelta larga". Hasta eso, avisó. Conozco los caminos al centro de San Luis y me dije, qué tanto puede salir, ya con llegar, está bien. Todo el camino, el taxista me habló de rey y de rey, como si la cháchara me fuera a despistar. Un par de veces, para presionar, le sugerí algunos cambios en la ruta, pero se mantuvo firme. Bueno, yo acepté, me dije. Para incomodarlo, cosa que no logré, lo empecé a cuestionar por el camino, pero él, firme, dijo que el centro estaba bloqueado y debía entrar por otro lado. "Ahorita lo vas a ver, rey". Al fin nos dirigimos al centro y, ya impaciente, noté que dio una vuelta en U en donde no debía y que se alejaba de nuevo del hotel. Hasta aquí, me dije. Ahora sí, sentía que se estaba burlando de mí. No porque antes no lo supiera, pero en lo que yo podía conceder, no estaba que se extendiera más de cierta cantidad. "Déjame aquí", le dije, porque de pronto me di cuenta que estaba en una situación de riesgo en la que yo solo me había puesto. "Claro, rey, disculpame, rey". Bajé las maletas y revisé que no dejara nada y entonces saqué el billete de 500 pesos. Y me dije, rápidamente, si le pago la corrida se irá como si nada. Y tomé la siguiente descisión. Le dije, "ten los 500, ya mentiste mucho por tenerlos, te los ganaste". "Gracias, rey", respondió y se fue, quiero creer que un día entenderá lo que sucedió y lo que intenté hacer conmigo, pero algo me dice que no. Irá timando gente, asustando gente, por unos pesos que nunca le van a alcanzar. o tal vez sí los necesitaba, en fin. Sí, perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Fui al cajero, entonces al día siguiente, y me volvieron a dar tres billetes de 500 pesos. Quería ir al museo de la máscara. Cuando llegué había un concurso de oratoria. El guardia en la entrada me dijo: "son 20 pesos". Saqué el billete y me contestó: "Uy, no, joven, no tenemos cambio". Me quedé perplejo, es decir, teóricamente, es un servidor público. "¿Entonces, no me va a dejar entrar?" Negó con la cabeza. Por un momento, créanme, vacilé con la idea de ir a buscar cambio, no sé, comprar un refresco, algo, alguna cosa en la tienda, para poder pagarle y entonces me dije que esa no era mi responsabilidad, que debía ser tratado no con exceso de cortesía, pero sí que debía ser atendido. "¿En serio no me va a dejar pasar si no me puede cobrar?", le pregunté. "Es que sí hay que pagar". Debo aclarar en este punto el lamentable estado de los museos de San Luis Potosí. Hay abandono en esos lugares, polvo, agua estancada, cosas que no funcionan, me parece que sólo se salva el Museo Federico Silva y el MAC. Los demás, incluso el Leonora Carrington, se ven desolados y tristes. El guardia era una representación de eso. Le dejé el billete y le dije: "A la salida me da el cambio, porque no es mi responsabilidad conseguirle el vuelto". Al final me regresaron mis 480 pesos. Quiero creer que el guardia aprendió algo, pero yo creo que no. Y no, no perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Finalmente, ayer, por la mañana, salí a caminar por el centro, rumbo al mercado Hidalgo. Los andadores estaban desolados. Un par de policías comían su tamal y atole en una esquina. De pronto di la vuelta en la calle de González Ortega y me apareció un muchacho frágil, delgado, sucio, con la mirada de extraviada. Me abordó, me preguntó si le podía dar algo de dinero. Me negué y le respondí: "No traigo". Y en ese momento recordé, que un día atrás, había comido en esa calle, en casa de unos amigos muy queridos, que contaba con habitación y amistades en ese sitio y que no necesitaba mentir. ¿Qué me hacía mentir a un chico como él? Pude haber dicho "no quiero". "Ahora no". Etcétera. Pero mentí: dije: "No tengo". Y sí, sí tenía. Ya había dado varios pasos, dejándolo atrás y me detuve. Me regresé. Abrí la cartera y le entregué el último billete de 500. El chico abrió mucho los ojos, se inclinó y santiguó el billete. "Espero que te sirva y un día te los ganes de otra forma", le dije, pero él ya se iba, asombrado. Y sí, pues, perdí dinero, pero creo que al final, gané otra cosa. Algo mucho más valioso que el dinero en estos tres lances, en estas tres lecciones de 500 pesos. 

domingo, marzo 23, 2025

Fui a un colegio a dar una charla. Al final se formaron los y las chicas para la firma de sus libros. Iba más o menos a la mitad, cuando una chica me dijo:
-Me cayó mejor el escritor que vino ayer.
Levanté la mirada y le sonreí.
-¿Quién era?
Y me dijo el nombre. Así que le contesté:
-Ahhhh, es él, pero si es un tipazo, yo también soy su fan, ya coincidimos en eso.
Luego se fue y leyó la dedicatoria y se puso a platicar con sus compañeros.
De todo hay en estas salidas, de todo.

martes, marzo 18, 2025

Leí en un sitio bonito, un buen libro y compré burritos a los hermanos del Alcance Victoria. Ya que se acabe el día y así estamos a mano por lo de ayer.

lunes, marzo 17, 2025

Traigo ansiedad, porque algo que ha sido ininterrumpido desde enero, hoy no sucedió. Cuando, la única vez que yo intenté algo así, rápido recibí una llamada para cuestionarme el porqué del cortón. Y eso derivó en una larga conversación que no terminó bien. Como producto de lo ocurrido, he estado escribiendo frases sueltas en post it. Frases con las que pretendo aclarar el motivo, con las que pretendo darme ánimos, y que me llevan a cuestionarme: ¿en realidad estoy tan mal? ¿En realidad estoy tan necesitado de esa atención? En estos momentos me cuestiono y me pregunto si hice algo mal, si se mal interpretó algo que puse, en apariencia, para dar espacio, que pareciera que era un desdén a la conversación. Pero me queda claro que no quiero este tipo de ansiedad para mi vida. Por otro lado, también hoy resolví algo que había salido mal en la semana y que me dio mucha tranquilidad y me dio fuerza. Eso, justo eso diría mi terapeuta: ¿qué te hace fuerte? No los otros, no. Si no lo que radica en ti. ¿O me estarán aplicando una especie de narcicismo? Me suben a las estrellas, y luego empiezan los silencios. Debo estar alerta. Creo que esta idea me puede dar tranquilidad para enfrentar la noche. Mi segunda noche solo en esta casa que no había podido habitar desde octubre, pero que ahora me estoy haciendo la fuerza que me dejaron estos días. Fui muy feliz. Sí, con mi felicidad cauta y apagada, pero ahora esas imágenes ya son las de este sitio. Aquí donde nació mi familia, aquí también queda un registro de estos meses turbulentos y ambiguos.

lunes, marzo 10, 2025

No sé en qué momento empecé a ir con mi papá al cine. Realmente no lo tengo registrado, y ahora es una de las cosas favoritas que le gusta hacer conmigo. Hoy, que acabo de llegar, le dije que si íbamos y rápido se metió a bañar para ir juntos. Tuvo un día largo, consulta en la clínica, luego fue a caminar, pero estaba aburrido. Además, no estaré en casa por muchos fines de semana, creo que hasta finales o mediados de abril. Así que me lo llevo al cine, a mirar la vida desde la pantalla, pero la vida de cerca, también, lado a lado.
Se viene semana intensa, pero creo que he ido acomodando ideas y decisiones, a ver qué pasa.

jueves, marzo 06, 2025

Sigo reproduciendo un patrón. Me dicen que algo hago mal, pero como no guardo la evidencia, acepto sin chistar mi error y sigo adelante, aunque no sepa bien a bien qué pasó. Ofrezco, según yo, resistencia, pero cedo. Luego me dan mi recompensa. Qué espanto.

miércoles, marzo 05, 2025

A todos nos habitan nuestros mitos fundacionales: aquellas historias que nos reafirman como personas, que nos dan momentos de fe y esperanza, que nos dicen quienes hemos sido o qué hemos sido. Y la rápida mirada a esa historia nos permite reconocernos, pero también es importante querer ver. Estos meses, ya largos meses en los que he estado a la deriva. Porque esa es la palabra. Tampoco he sido una víctima, quiero aclararlo. También he empuñado las armas y he hecho mal a personas amadas, supongo que producto de la misma tiniebla. Bueno, pues en estos meses he buscado cierto refugio en estas páginas, en esta escritura, pero también en la memoria. Creo que, en el futuro, seré el único lector de estas páginas y sin duda me harán bien. Bueno, el caso es que entre esos mitos fundacionales de mi vida hay uno que mi madre recuerda cada cierto tiempo. Y sí, hoy, marzo del 2025, mis padres están vivos. Papá duerme de costado, apaciblemente, en el pequeño cuarto con la ventana que da a la casa de Florinda y mamá me ha hecho el desayuno y luego me ha contado la vieja historia de siempre. Cuando yo tenía 20 años, una tarde, regresé derrotado a casa: mi pareja de ese entonces me había dejado por otro, el empleo que ansiaba tener, en el gobierno, iba para rato que me dieran una plaza y ya llevaba cuatro meses trabajando gratis en la secretaría de transporte. Por mi mano pasaban las altas, bajas y cambios de placas de taxistas. En la escuela me iba mal, estaba harto de vivir en casa, durmiendo en un cajoncito de madera porque no había más sitio para mí. Esa noche me asomé al puente que cruza por debajo de Ruiz Cortines y Pino Suárez y vacilé en tirarme. Cuando llegué a casa me puse a ver la televisión. Mamá estaba con mi hermana pequeña y me dijo que fuera a orar con ella, pero le dije que no. Pero, mientras ella oraba, algo en mi corazón se conmovió (como esta mañana) y me acerqué a ella y la acompañé en oración. Creo que dije al señor: estoy cansado, ya no puedo, me entrego a ti. Luego volví a ver la tele, más tranquilo. Porque orar ayuda. Revelar que no podemos también. Lo curioso es que tras ese día todas las cosas empezaron a cambiar para bien. Ahora, pues sigo a la deriva, pero también veo pedacitos de costa a lo lejos. En fin, solo quería contarme esto hoy. Estoy seguro que lo que haya, allá adelante, será digno de vivir.

lunes, marzo 03, 2025

 Ayer me di cuenta de algo: esta casa, la rapidez con la que intento terminarla, es la medida, no de mi avance, sino de mi tristeza. Donde todos ven salud, yo solo veo tiempo de frustración, de ansiedad, de desesperación, callar las voces a punta de martillo, taladro, escoba, trapeador, pintura, albañilería. Estoy sin ni un quinto y lleno de deudas, pero sin poder dormir aquí. Y los perros no ayudan. Son voces en la madrugada, cuando ladran con desesperación. Hoy, en la madrugada, me despertaron. Bajé de la otra casa, caminé hasta afuera de la otra, sin animarme a entrar. Así estuvieron cinco, siete minutos más, los cuatro en un coro infernal. A lo mejor encontraron un ratón, porque los hay y se pelearon por él. O entre ellos. Que viven en guerra. En fin. No queda más que continuar. Un día a la vez.

domingo, marzo 02, 2025

Estos días, en que mi estado de ánimo es muy variable, me pregunto cuál es mi centro, lo que me mantiene enfocado o al menos me da esperanza. Y eso es, creo, que el tiempo pasa. Que no siempre debo tomar yo todas las decisiones. Que a veces sólo queda esperar. Al menos eso me ha dicho la terapeuta: también no hacer nada es hacer. Así que espero, intento avanzar y poner límites poco a poco, aunque con eso me lleve tremendas tundas porque, al mismo tiempo, no tengo las herramientas o más bien, los patrones de acciones que desarrollé a lo largo de tantos años siguen activas. Aunque también, no todo es culpa mía, por supuesto. Con frecuencia me dicen: "recuerda que las otras personas también son adultas y deciden cómo deben sentirse". Aún así no es fácil. A menudo me pregunto también, si las decisiones que he tomado en mi último año año y medio fueron las correctas. Sin duda, las actitudes de los últimos cuatro años no fueron las mejores, pero ¿en realidad estaba taaan mal? ¿No necesitaba algo de comprensión? Llega un punto en donde ya no encuentras el momento donde la telaraña se torció. Eso es cierto. En donde, tras buscar e indagar en tu pasado no sabes en qué momento tomaste la decisión que te llevó a este presente y te descubres con las manos quemadas y sólo el dolor o la ansiedad te permiten, más que tomar algo, estarlo soltando sin dejar que se te caigan. Justo eso. Creo que esa es otra de las imágenes de este tiempo: malabarear con sentimientos, responsabilidades, actitudes, acciones, reacciones, que caen sobre tus manos quemadas. Así son los días. Así es el presente.

miércoles, febrero 26, 2025

 Hacíamos colecciones. Si alguien decía un poema sobre la luz, entonces les pedía a alguien que buscara otro poema sobre la luz, a alguien más que trajera un espejo para reflejarla, otro debía contar una historia donde la luz fuera su recuerdo más bonito, otra persona debía hacer un dibujo donde la luz fuera lo más importante. Después, reunidos, compartíamos nuestros hallazgos, la luz vuelta poesía, color, sonido, memoria. A veces, sin embargo, lo que nos motivaba era algo triste, como una tarde que leímos Las muertas de María Ribera. Entonces, buscamos poemas, pero también historias de desaparecidas. Les pedí que hiciéramos un mapa, y en el mapa, en cada estado, nombres de hombres y mujeres desaparecidas. Y poemas que los recordaran, versos, porque cada desaparecido tiene también el derecho de sonar como un poema de amor. Eso hacíamos en Salas de lectura, cuando era docente, cuando de cierta manera era feliz con los libros.

lunes, febrero 17, 2025

¿Por qué me resisto a habitar esta casa? El otro día me hicieron esa pregunta y me parece, tiene muchas respuestas. Todas ellas importantes. La primera es que no logro despojarla de su aura de la casa de los abuelos. Ayer, mientras hablaba con alguien por teléfono, le conté que en este lugar velaron al menos a cuatro familiares o tal vez, si es que no he investigado mucho más. También aquí se casaron mis primos mayores y en el patio hubo fiesta y música. En el sitio que tentativamente es mi recámara, se encontraba la cocina donde mis abuelos cenaron, donde se reunió la familia grande, por decirlo de alguna manera. Tenía la estufa en la esquina, la pared renegrida por los años de uso de la llama y el aceite. Una mesa circular, de fórmica de imitación de mármol. La puerta y la pared de madera, que rozaba el suelo al abrirse. En la siguiente habitación, de piso de tierra, con tubos de pvc que la recorrían, se hallaban camas sobre bloques, donde dormían mis primas y en las paredes colgaban serruchos, bolsas de clavos que servían de clósets. Si algo he quitado estos días es justo eso. clavos de las paredes. En donde ahora es el recibidor, mis abuelos tenían la tele, los sillones. Ahí recibían a las visitas, ahí miraban las noticias, las funciones de lucha libre, las películas de los domingos. Tengo un recuerdo de una navidad, helada. Entro a esa habitación con mi regalo, un camioncito a control remoto que no duró ni un día y me encuentro a mis abuelos sentados, con las cobijas en los pies, un calentador de gas, con ladrillos en su interior. En la televisión pasaban El imperio contraataca y yo pasé a la cocina a comer algo, pero no recuerdo si tamales o qué. En esa misma habitación murió mi tía Martha. Luego, en donde ahora tengo la oficina, la televisión, los libreros, era el dormitorio. Aquí, justo en este sitio donde escribo esto, estaba la cama donde mi por última vez vivo a mi abuelo. Llevaba un gorro en la cabeza, una camisa a cuadros café con negro y crema, saludaba a unas sobrinas. Yo me fui a casa de mi otra abuela y cuando volví él ya no estaba. El patio ha tenido tantos cambios, pero ahí se sentaban a beber mis tías, ahí hubo una frutería de un primo político. Mucho tiempo fue estacionamiento de un bellísimo mustang rojo, que era el orgullo de mi abuelo, hasta que lo tuvo que vender. Donde ahora tengo el sanitario, fue el cobertizo de trabajo de mi abuelo. El cuarto del fondo fue corral, porque mi abuela vendía chivos cuando recién llegaron a vivir aquí, luego un cuarto. Yo lo recuerdo como cuarto de mi tío Rubén. Entraba ahí a jugar con sus perfumes y cremas de afeitar, me escondía en los juegos. Luego fue cuarto de mis primos mayores, después la casa donde vivió otra con su esposo y tres hijos. En ese sitio pequeño había cocina, camas, enseres de trabajo. Ahora que lo pinté, apenas este fin de semana, como en el otro espacio de la casa, también quité clavos, maderas, borré los rastros de mis sobrinas en las paredes, sus nombres escritos con letra nerviosa, manchas de aerosol, en fin. Y aunque mi abuela me nombró albacea de esta casa, para cuidarla y protegerla, pero en realidad se la dejó a mi papá, es como demasiada casa, demasiados recuerdos los que me hacen, aunque ya tiene mucho de mi estilo y sentido, no poder estar aquí en las noches, como si la casa me dijera que aun no puedo habitarla. Que tal vez nunca podré, aunque es cierto también que ya viví aquí un par de años. Esa cocina primigena, después fue un cuarto que le renté a mi tía, cansado de vivir hacinado con mis hermanos. De las otras cuestiones, ya habrá tiempo para decir.