jueves, abril 24, 2025

Han sido días de cierta incertidumbre, pero también de una verdad: de que no era el momento. Y de que antes debo estar en paz con alguien más. Aún así no ha sido fácil. Lo que he perdido es cierto. Ese mundo que se me ofrecía se ha perdido, por impaciencia, por inmadurez, por lo que sea, pero esa ventana ya se ha cerrado. Pero tampoco estoy huérfano. Es decir. Hay tantas cosas a mi alrededor por las cuales estar feliz y luchar. Me estoy concentrando en ellas. Y hablo. Y acepto mis errores. Tampoco me castigo de más. Han sido días de estar en casa, con mis padres y mis sobrinas y al menos una hermana. Los otros permanecen y pertenecen ya a sus otras vidas. No hay queja. Bueno, un poco sí, pero ya hablaré con ellos. Además, no tengo modo de decir o exigir su presencia cuando he sido yo el que antes no estaba. Era como vivir en el sin lugar. Como no estar en un sitio. Como si me hubiera instalado en un lugar en donde aparentaba estar, pero no estaba y culpaba a otros por esa situación. En fin. Hablo. Escribo de modo críptico. Yo me entiendo. Y saldré de esto. Ya es hora de dormir.

miércoles, abril 23, 2025

No voy a desaprender nada de lo que aprendí contigo. Y es mejor ya hacerme a la idea de que nuestro tiempo terminó. Que ni tú ni yo aprendimos lo suficiente de nosotros y del otro para estar juntos, pero que en el tiempo que nos correspondió estarnos sí nos compartimos cosas que serán parte de nuestra historia. Seguiré dándole a mis perritos aceite de lavanda para tranquilizarlos y seré más cuidadoso con lo que comparta de mí en otras redes, haré el aceite de romero para el cabello e intentaré ser ese tipo bueno que creías ver en mí. Leeré poesía con más cuidado, así, haciendo la prueba del poema. Y otras cosas que no compartiré aquí. Que tú estuvieras fue un regalo en una vida que hacía tiempo estaba dormida, no por carencia de talentos sino por abandono. Aunque no estoy en paz con mis decisiones, voy a ver a dónde me conducen. Y seguro aparecerás por aquí cada cierto tiempo, y está bien. Yo no creo en el contacto cero porque en determinados casos solo mutila lo que puede seguir floreciendo. Y lo que aprendí contigo merece florecer. Convertirse en un gran árbol que le dé sombra, frescura y belleza a mi vida.

jueves, abril 17, 2025

Hoy me pusieron el tallador de granito, el típico de las casas mexicanas. Pero más allá de eso. El que estuvo tirado en el patio de la casa de mi abuela quien sabe por cuántos años. Décadas. Aunque no lo recuerdo en mi infancia, pero ahí estuvo. Y cuando supe que viviría aquí una temporada, me dije: debo estar mejor cuando se ponga. Y sí, hoy se ha puesto. No estoy mejor, dicho sea de paso, pero las cosas han evolucionado, y eso sólo es una buena noticia. Han cambiado. Aunque ahora recuerdo lo triste que estuve ese sábado en Madrid, que me obligué a caminar para no pensar en mi situación de ese momento. Caminé y caminé y caminé. Solo. Entre el bullicio, por el templo de De Bod hasta salir a la Almudena, luego por la calle de los coreanos hasta salir a un costado de El Callao. Mañana deberé estar mejor, pensaba, solo tengo que pasar esta noche. Y aunque al día siguiente fue peor, en fin. Ha pasado el tiempo. El tallador está instalado. 

lunes, abril 14, 2025

A mí, lo que me dieron los libros de Mario Vargas Llosa fue una disciplina lectora. No recuerdo en qué momento tomé aquel ejemplar de La ciudad y los perros, pero sin duda fue animado por la lectura de P, quien alababa, cada que podía, el inicio de la novela -Cuatro -dijo el jaguar. Con eso me bastó para adentrarme en esas tramas caudalosas de MMV. Las distintas perspectivas de los personajes, los narradores en distintos sitios, la trama entreverada, la confusión de quien hablaba y sobre todo la brutalidad en los actos de la novela me produjeron una sensación de estar en casa, es decir, de leer a alguien que iba a ser para mí. Años después, el maestro C, me lo dijo: -Tienes que buscar a tus maestros propios. Y, aunque no he escrito nada, ni por asomo a lo que MMV ha hecho, de alguna manera está en mi ideal de escritura escribir una novela que sea así, aunque no lo haya hecho ni lo haya intentado. De ese calibre aunque no se parezca a nada de eso. Por esas fechas, inicio del siglo XXI, me iba los sábados a leer a un restaurante por la zona de La Fe. Llegaba a las diez de la mañana y leía de tirón hasta la 1:30, 2:00, cuando por lo general entraba al cine en la misma plaza. Y leer a MMV fue parte de mi rutina. Sólo lo leía los sábados. Y así, tras terminar La ciudad y los perros, decidí tener mi temporada MMV. Leí, en ese año y medio, antes de irme a la cdmx, La casa verde, Conversación en la catedral, La tía Julia y el Escribidor, Historia de Mayta, Los jefes, los cachorros, Pantaleón y las visitadoras, hasta que llegué a La guerra del fin del mundo y entonces todo terminó. ¿Cómo ser el mismo después de leer esa novela ancha, amplia, profunda, esa red de narradores, esa voluntad mayúscula de escritura? Dice Capote que existe una diferencia entre escribir mal y escribir bien, pero es posible caminar ese trayecto, pero la diferencia entre escribir bien y hacer arte, es insondable. Me quedó claro, entonces, y no es una victimización de parte mía, que yo iba a intentar hacer arte, pero lo más probable es que me quedaré entre escribir bien e intentar hacer arte, que también sé que no todos lo desean, menos en estos tiempos de productos editoriales en pos de venta. Y eso me ayudó a amar más la novela. La tengo como una aspiración en mi oficio. Luego, más tarde, me leí La fiesta del Chivo y ahí terminé mi ciclo de lecturas de MMV. No he vuelto a leerlo desde entonces. Ni sus novelas nuevas. Me quiero quedar con el MMV de entonces y mi yo de entonces: un tipo solitario, callado, lector, con ciertas aspiraciones que hoy se han cumplido. Hoy lamento su fallecimiento. Poco me importaron, con el paso de los años, sus chismes literarios, su vida como persona, yo a la única que le había prestado atención era a su vida como autor. A sus novelas. Y, con sus novelas, me acompañó por años, me dio la disciplina para leer, que agradezco. Que vaya en paz, le digo. Nosotros, los lectores, también estamos en paz no con uno ni dos, sino con varias de sus obras. Es lo mejor que, como lectores, podemos desearle a quienes han escrito y, cómo lo han escrito, las historias que nos dan escena y camino en el mundo. 

lunes, abril 07, 2025

Desperté agradecido. Por las cosas pequeñas y las grandes, por las que se mantienen con estabilidad y las que desestabilizan. Por los amigos, claro, y las amigas. Por tener algunas cosas claras. Porque los nubarrones nos permiten ver de qué espíritu estamos hechos. Y desperté leyendo poesía. Así, de manera aleatoria, como me leía ella.  Y encontré estos versos sueltos: Nadie sabe qué fue del Fénix/ si alguna vez vuelve a su ceniza/ le gusta recordar otros momentos. Somos féniz y ceniza al mismo tiempo. Recuerdos para otros momentos.

domingo, abril 06, 2025

 Todo este camino ha estado sembrado de dudas. Y creo que uno no merece ser castigado, coaccionado o apurado por eso. La duda es una fragilidad. La duda es como una enfermedad de la que sólo se sale con el tiempo y con reflexión. Y sin embargo, mientras ocurre, todos los futuros son pasos en falso. Todos los futuros están alimentandos por la ansiedad de que no sean posibles. ¿Y si debo hacer esto y no lo otro? ¿Y si rompo el silencio? Dudas. El año pasado me leyeron el tarot. Yo, que nunca había ido a eso, fui dos veces. La primera ocasión con un hombre en una casa abierta al mercado de los domingos en el barrio. Lo que más recuerdo de esa lectura era que no estaba obligado a tomar ninguna decisión. Eso me tranquilizó, pero no me ayudó cuando unos días después me encontré ante mi momento más triste del año. Luego, el diciembre, me volvieron a leer el tarot y lo que más recuerdo de esa lectura fue mi pregunta de: ¿Y si no tomo las decisiones correctas, aunque me tarde, pero encontraré la luz? Si pospongo cortar un lazo, si regreso a donde dije que me iría. Si abrazo con fuerza la oportunidad nueva que se me ofrece. U ofrecía. No contaba con que un par de semanas después de esa lectura, aquella oportunidad que veía perdida volvería con fuerza. Antier, D, me dijo con su habitual asertividad: "no funcionó porque los jugadores siguen en el mismo sitio". Pero, al mismo tiempo, estaba cansado de forzarlo todo. Necesitaba paz, necesitaba hacer un alto. Y lo he hecho. Por quinta vez, creo, me he ido. He optado por alejarme y por tener paz. Pero a veces, me digo, ¿dónde está el coraje? Mi coraje, por supuesto, para arrebatar mi futuro. ¿Dónde está ese futuro? Me da miedo no resolverlo, pero voy a mi ritmo, ¿qué más? Hacerlo al ritmo de los otros solo me produce ansiedad. Aunque ahora son las dudas. Nada cambia. Espero que pronto lo haga. Hoy encontré también una pequeña almohada que me dieron y que, como fetiche, mantuve cerca hace meses. Me recordaba días lindos. Fuertes. Entrañables, donde ese futuro al que quería ir estaba claro, luminoso, asequible, hasta que descubrí que debía, antes, aprender ciertas cosas, valerme por mi mismo, es decir, recuperar ciertas cosas. En terapia lo dije: "le dije que necesitaba estar solo para aprender y no repetir viejos patrones". Es honesto, me dijo. Pero tal vez, solo tal vez, apurar el tiempo ha contaminado todo. De nuevo, las dudas.

jueves, abril 03, 2025

Encontré una manera de honrar y de cerrar esto. Creo que es una manera digna de decir adiós. Creo que es importante saber decir adiós, aunque para unas personas es más fácil que para otras. Aunque a algunas personas se les diga adiós con más facilidad que a otras. Esos adioses que significan "te tendré presente", "buen viaje, sé feliz". A veces esos adiós son la cosa más honesta y posible de decir para el bien de uno.  No creo que uno nos prepare para los siguientes, pero de alguna forma toda nuestra vida es un entrenamiento para decir adiós.

martes, abril 01, 2025

El flypi que te compré
la cafetera que te traje
el viaje que hice de vuelta
el tejuino que compartimos
el sol a su punto
el libro que te peleé
el mor dicho muchas veces
el perro una y otra vez
los perros
la casa abandonada
el pozole de res
cuyo nombre siempre olvido
son esas cosas
que conforman el paisaje
de lo perdido.

lunes, marzo 31, 2025

Tres lecciones de 500 pesos

Llegué a San Luis Potosí por la noche del jueves, después de dos días de trabajo arduo en nueve escuelas de la zona de San Miguel de Allende y Dolores, así como de encuentro virtuales con alumnos de preparatoria de la Fundación León. Venía cansado, después de madrugar, sumada una cuestión emocional y sentimental que no hace más que reproducir sus vicios y que espero, pronto se ordene. Pero aún así, venía con el ánimo bajo. Pero también venía cargado de regalos y de buenos gestos, entre ellos un casco espacial hecho a mi medida y una cajita de cartón, aun con moño, en donde guardaba otras cosas. En la taquilla de taxis una mujer ya mayor, con lentes con mucha graduación, me despachó rápido y no me vendió ningún boleto porque no tenía cambio de un billete de 500. Pregunte en los taxis, me ordenó. Fui con uno de ellos y me dijo que tampoco tenía, que no me podía llevar. Entonces me di cuenta que no traía la cajita conmigo. Asustado, volví a la taquilla, que tenía una pequeña repisa, para ver si ahí la había dejado. Cuando le pregunté a la despachadora sólo se alzó de hombros y dijo: "yo no soy responsable de lo que pone la gente ahí". En efecto, tenía razón, pero uno espera un poco de colaboración en los momentos de desconcierto. Salí al estacionamiento, pensando que ya la había perdido y, con ella, todos esos bonitos gestos y artefactos que me habían regalado los niños de San Miguel cuando la vi a la orilla de una cuneta y la recogí. Fastidiado, me dije, ya quiero llegar al hotel. Así que abordé un taxi atendido por un muchacho, pero antes le alerté que sólo traía un billete de 500 pesos y debía tener cambio. Debí alertarme desde que me empezó a decir "rey para acá", "rey para allá". Y más, cuando me dijo, "el centro está cerrado. Voy a tener que dar una vuelta larga". Hasta eso, avisó. Conozco los caminos al centro de San Luis y me dije, qué tanto puede salir, ya con llegar, está bien. Todo el camino, el taxista me habló de rey y de rey, como si la cháchara me fuera a despistar. Un par de veces, para presionar, le sugerí algunos cambios en la ruta, pero se mantuvo firme. Bueno, yo acepté, me dije. Para incomodarlo, cosa que no logré, lo empecé a cuestionar por el camino, pero él, firme, dijo que el centro estaba bloqueado y debía entrar por otro lado. "Ahorita lo vas a ver, rey". Al fin nos dirigimos al centro y, ya impaciente, noté que dio una vuelta en U en donde no debía y que se alejaba de nuevo del hotel. Hasta aquí, me dije. Ahora sí, sentía que se estaba burlando de mí. No porque antes no lo supiera, pero en lo que yo podía conceder, no estaba que se extendiera más de cierta cantidad. "Déjame aquí", le dije, porque de pronto me di cuenta que estaba en una situación de riesgo en la que yo solo me había puesto. "Claro, rey, disculpame, rey". Bajé las maletas y revisé que no dejara nada y entonces saqué el billete de 500 pesos. Y me dije, rápidamente, si le pago la corrida se irá como si nada. Y tomé la siguiente descisión. Le dije, "ten los 500, ya mentiste mucho por tenerlos, te los ganaste". "Gracias, rey", respondió y se fue, quiero creer que un día entenderá lo que sucedió y lo que intenté hacer conmigo, pero algo me dice que no. Irá timando gente, asustando gente, por unos pesos que nunca le van a alcanzar. o tal vez sí los necesitaba, en fin. Sí, perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Fui al cajero, entonces al día siguiente, y me volvieron a dar tres billetes de 500 pesos. Quería ir al museo de la máscara. Cuando llegué había un concurso de oratoria. El guardia en la entrada me dijo: "son 20 pesos". Saqué el billete y me contestó: "Uy, no, joven, no tenemos cambio". Me quedé perplejo, es decir, teóricamente, es un servidor público. "¿Entonces, no me va a dejar entrar?" Negó con la cabeza. Por un momento, créanme, vacilé con la idea de ir a buscar cambio, no sé, comprar un refresco, algo, alguna cosa en la tienda, para poder pagarle y entonces me dije que esa no era mi responsabilidad, que debía ser tratado no con exceso de cortesía, pero sí que debía ser atendido. "¿En serio no me va a dejar pasar si no me puede cobrar?", le pregunté. "Es que sí hay que pagar". Debo aclarar en este punto el lamentable estado de los museos de San Luis Potosí. Hay abandono en esos lugares, polvo, agua estancada, cosas que no funcionan, me parece que sólo se salva el Museo Federico Silva y el MAC. Los demás, incluso el Leonora Carrington, se ven desolados y tristes. El guardia era una representación de eso. Le dejé el billete y le dije: "A la salida me da el cambio, porque no es mi responsabilidad conseguirle el vuelto". Al final me regresaron mis 480 pesos. Quiero creer que el guardia aprendió algo, pero yo creo que no. Y no, no perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Finalmente, ayer, por la mañana, salí a caminar por el centro, rumbo al mercado Hidalgo. Los andadores estaban desolados. Un par de policías comían su tamal y atole en una esquina. De pronto di la vuelta en la calle de González Ortega y me apareció un muchacho frágil, delgado, sucio, con la mirada de extraviada. Me abordó, me preguntó si le podía dar algo de dinero. Me negué y le respondí: "No traigo". Y en ese momento recordé, que un día atrás, había comido en esa calle, en casa de unos amigos muy queridos, que contaba con habitación y amistades en ese sitio y que no necesitaba mentir. ¿Qué me hacía mentir a un chico como él? Pude haber dicho "no quiero". "Ahora no". Etcétera. Pero mentí: dije: "No tengo". Y sí, sí tenía. Ya había dado varios pasos, dejándolo atrás y me detuve. Me regresé. Abrí la cartera y le entregué el último billete de 500. El chico abrió mucho los ojos, se inclinó y santiguó el billete. "Espero que te sirva y un día te los ganes de otra forma", le dije, pero él ya se iba, asombrado. Y sí, pues, perdí dinero, pero creo que al final, gané otra cosa. Algo mucho más valioso que el dinero en estos tres lances, en estas tres lecciones de 500 pesos. 

lunes, marzo 10, 2025

No sé en qué momento empecé a ir con mi papá al cine. Realmente no lo tengo registrado, y ahora es una de las cosas favoritas que le gusta hacer conmigo. Hoy, que acabo de llegar, le dije que si íbamos y rápido se metió a bañar para ir juntos. Tuvo un día largo, consulta en la clínica, luego fue a caminar, pero estaba aburrido. Además, no estaré en casa por muchos fines de semana, creo que hasta finales o mediados de abril. Así que me lo llevo al cine, a mirar la vida desde la pantalla, pero la vida de cerca, también, lado a lado.

jueves, marzo 06, 2025

Sigo reproduciendo un patrón. Me dicen que algo hago mal, pero como no guardo la evidencia, acepto sin chistar mi error y sigo adelante, aunque no sepa bien a bien qué pasó. Ofrezco, según yo, resistencia, pero cedo. Luego me dan mi recompensa. Qué espanto.

miércoles, febrero 26, 2025

 Hacíamos colecciones. Si alguien decía un poema sobre la luz, entonces les pedía a alguien que buscara otro poema sobre la luz, a alguien más que trajera un espejo para reflejarla, otro debía contar una historia donde la luz fuera su recuerdo más bonito, otra persona debía hacer un dibujo donde la luz fuera lo más importante. Después, reunidos, compartíamos nuestros hallazgos, la luz vuelta poesía, color, sonido, memoria. A veces, sin embargo, lo que nos motivaba era algo triste, como una tarde que leímos Las muertas de María Ribera. Entonces, buscamos poemas, pero también historias de desaparecidas. Les pedí que hiciéramos un mapa, y en el mapa, en cada estado, nombres de hombres y mujeres desaparecidas. Y poemas que los recordaran, versos, porque cada desaparecido tiene también el derecho de sonar como un poema de amor. Eso hacíamos en Salas de lectura, cuando era docente, cuando de cierta manera era feliz con los libros.

sábado, febrero 08, 2025

Resulta curioso cómo adoptas autores para tu canon personal. Al principio sólo conoces de él o de ella una obra, una referencia vaga, por lo general, sobre tal o cual obra que anida en tu cerebro de lector y sabes que tendrás un libro suyo. Es casi como una predestinación. Tal poema. Tal historia. Tal libro. Y lo compras. Sabes que hay algo para ti ahí, en ese nombre de autor que resuena. Y luego compruebas que realmente sí te gusta, que al leerlo no desaparece esa curiosidad que se vuelve en interés, en seducción, en complicidad. Eso me ha sucedido desde hace un año o más, con la obra de Vicente Herrasti, un narrador mexicano nacido en los 60 y con una obra breve, más no escueta, en donde su mayor apuesta es olvidarse de la contemporaneidad para construir espacios que lindan en los tiempos pasados con una maestría que es como un abrazo. Tal vez, tal vez, tampoco es un autor para las masas. Hace tiempo me invitaron a presentar a un autor español, de como dicen ellos, de super ventas. Estaba muy preocupado porque debía leer cuatro obras suyas para tener la conversación con él ante un auditorio que imaginaba colmado de seguidores. La carga laboral no me dejó avanzar y faltando un día abrí sus libros, preocupado. Para mi sorpresa me encontré una prosa líquida, párrafos muy breves, diálogos ligeros con poca sustancia, aunque se entreveían los lugares comunes de cierto tipo de literatura ligera, que apuesta más por la repetición de ideas ya aceptadas sobre la muerte, el amor y la tristeza. Suspiré aliviado. En dos o tres horas ya sabía de qué iba aquello y que no necesitaba en realidad preocuparme. No sé si pudiera hacer eso con la obra de Herrasti. En Las muertes de Gengi, por ejemplo, se introduce en la vida de cuatro personas que giran alrededor de este célebre libro japonés. Cada historia se escribe con calma y soltura. El conocimiento de la literatura japonesa y de ese libro en particular es asombrosa. Hay un montón de escenas sobre lo místico, la violencia, la soledad, un desarrollo gradual y profundo de los personajes. De pronto te da la sensación de que Herrasti, como un buen jugador de ajedrez, que no sé si lo sea, prepara una escena a la que quiere llegar con más de 50 páginas de anticipación. Y esa paciencia da buenas recompensas a quien lee. En La muerte del filósofo, nos lleva a la muerte de Gorgias, el sofista de Leontinos y el periplo de Akorna, el esclavo a su servicio. Por aquí o por allá salpica el conocimiento de la cultura griega, de la vida cotidiana de su tiempo, en fin. Una muestra de saber sostener con maestría los tiempos pasados. Ahota leo Fue, que me recuerda el inicio de La muerte de Virgilio y, cómo esa novela, está ubicada en la Roma Imperial. Van apenas 50 páginas y los personajes giran alrededor de la muerte misteriosa de un pasajero ya entrado en años. Me faltan como 450 páginas más de lectura, pero sé que serán dichosas. Luego iré por Diorama, que tengo en una primera edición de Joaquín Mortiz, ese célebre sello literario, me parece, ya desaparecido tras la compra por parte de Planeta. Tenemos qué hablar un día de cómo esos sellos se compran para desaparecer. Seguiré leyendo a Herrasti, luego vuelvo aquí, para mí, con noticias de los dos libros.