martes, septiembre 27, 2022

Bien dicen que el lenguaje es ese vestido intangible que exhibimos. He intentado escribir una oración bien sencilla:

"Siempre he querido escribir un libro sobre lectura tras mi paso como docente del Programa Nacional de Salas de lectura previa a esta administración..."

Ahí me detuve. No. Siempre, no. No siempre estuve en ese programa. Así que escribí:

"He querido escribir un libro sobre la importancia de la lectura tras mi paso como docente del Programa Nacional de Salas de lectura, previa a esta administración...."

Me volví a detener. ¿Qué es lo previo, mi paso o la administración? Ademas, ¿iniciar con un verbo compuesto? ¿Y si mejor empiezo dando el contexto? Así que escribí ahora esto:

"Tras mi paso como docente del Programa Nacional de Salas de Lectura, previo a esta administración, he intentado escribir un libro sobre la lectura."

Tal vez, solo tal vez, es demasiada información. ¿Qué importa si fue en esta o en la otra administración? ?¿Para qué meter un contexto político que no tiene caso? ¿Y si solo informo lo esencial?

"Quiero escribir un libro sobre la importancia de la lectura con mi experiencia como docente del Programa Nacional de Salas de Lectura".

Ahí está. Esa es la frase, al menos, la frase para mí, desde mi concepción del lenguaje y la migración de la información desde ese espacio intraconectado que es nuestro pensamiento a ese espacio abierto que es la escritura. 

Ahora bien, este libro ya descubrí cómo escribirlo: como una especie de diccionario personal, en donde pueda citar a otros, pero también recuperar las experiencias, intensas, de cuatro años de trabajo y más de 100 grupos a los que les impartí más de 2700 horas de clase aproximadamente. 2700 horas de pensar los libros, las lecturas, de imaginar las posibilidades de eso. Y puede que, primero ensaye en este blog las entradas y, si algún día se vuelve libro, las recupere.

domingo, septiembre 25, 2022

 He sido maestro de manera accidental. Aunque estar ante grupo y compartir con ellos alguna lección no se me da tan mal, es algo que rehuyo. O que aprendí a rehuir. Tal vez, porque siempre me he sentido inseguro al respecto, es que procuro siempre prepararme con demasiada antelación ante cada hora que debo estar frente a los alumnos. 

Mi primera experiencia como docente fue en el INEA, en la educación para los adultos. El servicio lo otorgaba una iglesia cristiana muy grande al sur de la Ciudad de México. Nunca nos dieron indicaciones de evangelizar ante los estudiantes, aunque asumo que siempre rondó esa idea por nuestras autoridades. Yo impartía las clases de textos literarios y de redacción. Tuve muchos alumnos en los casi cuatro años que daba clases, todos los sábados, desde las ocho de la mañana hasta la una. Tuve algunas alumnas muy aventajadas, chicas que se tomaban en serio sus estudios, y algunos que realmente iban para pasarla. Era tal mi apego a la escuela, que aunque ya no iba tanto a la iglesia, sí seguía dando clases.

Luego de eso, fui docente del Programa Nacional de Salas de Lectura, durante cuatro años: los últimos del sexenio de Calderón y los primeros dos del de Peña Nieto. Sin duda, mis mejores recuerdos como docente pertenecen a esta época. Tuve grupo desafiantes, grupos compuestos por mediadores de lectura de variopinta experiencia, en donde había tanto maestros como psicólogos, historiadores y escritores o bien, gente que apenas empezaba a leer pero sentía un genuino apego por promover los libros.

En ese tiempo, el PNSL sí tenía una ideología de pensar la formación de lectores, ahora me parece que no existe más una ideología al respecto. La artífice de ese modelo era Luz María Chapela. De ella, siempre me sorprendía su perenne capacidad de cuestionamiento sobre qué era pensar. Para Luz María Chapela, la lectura era sí, pensamiento crítico como punto de llegada, pero, para llegar a él, se requería de ayudas emocionales en los primeros lectores que llegaban al texto justo por eso, por la emoción, pero que aún no podían traducir esa experiencia en símbolos, ideologías, conceptos. Para eso, utilizábamos la creación derivada. Con estas actividades intentábamos reproducir la emoción del texto y, poco a poco, llevarlos hasta otro tipo de cuestionamientos. 

Ahora soy docente de vez en cuando, cuando imparto talleres de creación literaria o bien, en mi curso en Domestika sobre escritura de cuentos para niños. Grabar el curso fue una experiencia alucinante. No solo fue el nivel de detalle, sino el nivel de profundidad y la manera como tienen de desarrollar el curso lo que me asombró. Llegué a pensar que debía tener, como al principio, cuando daba clases en el INEA, una tabla de qué sucederá en cada cinco minutos. Luego me di cuenta que podía explayarme. El resultado es que el curso avanza, ya casi somos 335 alumnos y puras valoraciones positivas. 

Quién sabe qué tipo de maestro pude ser si me hubiera dedicado a esto por completo, pero por como veo en conocidos que sí lo son, sufriría demasiado la academia y la institucionalización de la cátedra. Tal vez ya me habría dejado de preguntar sobre qué es pensar, como decía Luz María, sino solo: que salga una clase más para irme a casa.

miércoles, septiembre 21, 2022

 Debe ser cierto esto de que el olvido es una de las mejores herramientas de la lectura. Leemos apenas iluminados por la conciencia que crea la oración sobre la que vamos. Esa unidad de sentido se ata nerviosamente al pasado, a las sensaciones e imágenes que recién han desfilado sobre nuestra lectura. Si la oración es lo suficientemente fuerte, si lo que cuenta es verdadero para nosotros, tendrá la posibilidad de permanecer más allá del efímero paso que nuestros ojos realizan por la línea, el párrafo, la página. Leer es como andar sobre un puente cuyas partes transitadas se desparraman en el abismo y sólo nos queda correr lo más rápido hacia adelante para no despeñarnos. El olvido. Sí. Una gran herramienta. Lo es porque es así como una de las características de la materia es que no puede ser ocupada por dos cuerpos, la imaginación también no puede ser habitada por dos espectros al mismo tiempo. Uno debe ceder. Y el olvido permite que solo las mejores palabras permanezcan. Lo demás, se desecha. Apilamos páginas y páginas del libro leído, pero en el fondo solo recordamos un esqueleto, acaso algunos nervios, tendones, una oreja delicadamente descrita. Recién he terminado de leer la novela Vampiro, de H.H. Ewers. ¿Dónde han quedado en mí las 596 páginas, al menos en la edición de Valdemar? No lo sé, pero de esas 500 páginas se sostienen ya apenas, el inicio en el barco asolado por la peste, el hombre negro que escupe sapos del mismo color y que se introducen en Bauman, el personaje principal: la límpida escena en donde Lote Lewy muestra el pectoral de los sacerdotes de Leví, que exhibe sobre su pecho desnudo, la arenga de Bauman ante los alemanes que buscan desesperadamente subir al barco para ir a pelear por su Alemania durante la primera guerra mundial, y sin duda la escena casi final, el rompimiento entre Bauman e Ivy Anderson, su salvaje cópula, de sangre y deseo bajo el jardín acristalado. Y puede que solo eso, ahora, pero puede que mañana, en una semana, olvide más cosas. Entonces, el olvido habrá hecho su trabajo. Me dejará la sensación pálida, como la tez demacrada de Lote al final de la novela, la sensación pálida de que he leído un libro; aunque no sepa mucho de él. Porque además, el olvido no viene solo: esconde detrás de ella al Hallazgo: esas páginas sagradas, pasajes y oraciones que algún día recordaré cuando piense en Vampiro. Por eso leemos: para acumular hallazgos. 

sábado, septiembre 17, 2022

 Alguien me dijo hace tiempo que las editoriales nunca logran hacer por un autor lo que éste espera: viajes, reconocimientos, incluirlos en la vida literaria nacional, etcétera. Luego, también me dijeron que los autores y autoras a veces esperan más de lo que su libro puede dar. Claro, estas dos sentencias sirven bien para quitarle culpa a los y las editoras y al trabajo editorial. Por otro lado, como autor, se esperaría que la editorial acompañara al autor por todo el proceso y claro, que lo incluyera en cuanta cosa sea posible. Una buena distribución, una buena atención de medios, un trato digno, un reporte semestral de regalías, una agenda de invitaciones a ferias de libro y festivales literarios. 

Pero la verdad es que, publicar un libro en nuestro país es un poco quedarte a medio camino entre lo que tanto la editorial quiere con su libro, como lo que el autor desea de él. A veces fallan los canales de distribución, no todas las librerías quieren que tu libro esté en la mesa de novedades, y el vendedor entonces, debe conceder que el gerente de la librería, tal vez no tome ese título, pero sí otro de su misma cartera. Y a veces, no todos los periodistas quieren entrevistar al autor, por múltiples cosas: porque no lo conocen, porque el libro no se inserta en la agenda que tienen, porque la editorial es poco conocida, porque hay demasiado trabajo. ¡Cuántas entrevistas se quedan en el tintero aunque estén grabadas, porque espacio no hay! Y así, a esa cadena se le van agregando a veces ciertos obstáculos que inciden en que los libros no se vuelvan lo que uno quiere ni como editor ni como autor.

Y llegar a ese aprendizaje, vaya que le cuesta al ego. El escritor es ese tipo de gente que cree que, lo que ha escrito, lo espera el mundo, que debería recibirlo con alegría y complicidad, y poco está preparado para cuando la realidad lo golpea: que su escrito aunque valioso, de entrada lo es solo para él y para el loco/a que lo quiso publicar, pero que la locura de dos personas no basta. A veces es necesario pasar por todo el mecanismo, a veces con éxito, la mayoría de las veces con fracasos. 

Soy de una generación que vio dos formas de responder a sus libros: los que esperaban que el editor hiciera todo por ellos, y los que ni siquiera quieren editores y solos publican sus libros, los comercializan y se buscan presentaciones e invitaciones a ferias del libro. Yo estoy un poco, en el punto medio, aunque también ya estoy más bien en la indolencia. Si ocurren cosas, qué bien, si no, a lo que sigue. A la altura de mi vida como autor en la que me encuentro, sé bien que algunas cosas pueden ocurrir, pero no todas las que anhelé cuando empecé, y sé bien que he sido de los mimados por el sistema, pero aún así no lograré todo lo que quería. Pero intento estar en paz con ello. Intento que eso no me amilane. Y una de las cosas que me tranquiliza es que justo puedo ver el mecanismo donde las cosas funcionan o no. Sé que están fuera de mis posibilidades removerlo cuando se atoran o cuando se detienen definitivamente Y sí, hago el coraje, pero me resigno.

martes, septiembre 13, 2022

 Llegó una perra al centrito comercial de San Miguel. Estaba en los huesos. Le di de comer. Al día siguiente volvió, pero ahora ya había más locatarios. La perra les molestó. Al rato andaba ahí, alejándola con escobas. Yo me pregunto a veces, o muchas veces, por la educación sentimental que tenemos con los perros de la calle. ¿Es tan difícil, realmente tan difícil apiadarse de un pobre perro o perra que está en los huesos? Esa gente, que no se apiada de los animales, ¿dónde tiene el corazón? ¿En qué parte de su indolencia encuentran espacio para el abandono? Por otro lado, sé que es una responsabilidad, al menos una que por el momento yo no puedo tener. Al menos le seguiré dando de comer.

lunes, septiembre 12, 2022

 A partir de la polémica de una edición reciente, en el que unas autoras acusaban a las antologadoras de maltratos (cosa que luego quedó en entredicho), me he estado cuestionando la responsabilidad que hay en las instituciones públicas por realmente abrir la baraja para que sea realmente representativa su apuesta por un amplio sector de autores y autoras y no caer bajo la presión de las editoriales comerciales o las independientes con peso en el sector para que apoyen a sus autores. Es decir, estas editoriales no solo dominan el mercado, sino que también inciden en las políticas públicas al "sugerir" su propia agenda con el dinero público. Es un tema complicado, ya que por un lado, estoy seguro que en las ferias de libros del país, los organizadores quieren (queremos), tener a los escritores que suenan, los que consideramos tienen una presencia entre los lectores (que a su vez tienen mucha prensa pagada por las editoriales que nos hacen creer en sus apuestas) pero también por el otro, no podemos olvidar que acaso nuestra función es más de formación de públicos que de otra cosa. El otro día un joven autor me solicitó ser invitado a la feria que organizo, y debo decir que sí lo consideré, pero también pensé en qué tanto era conocido. Mal punto para mí, claro. También hay que decirlo: es difícil estar al tanto de todo lo que ocurre en el país, en materia de nuevos autores, nuevas editoriales, etcétera, por eso a veces caemos en lo más cercano o lo que más suena; pero creo que deberíamos hacer un esfuerzo por mirar más allá de los que viene con una fuerte campaña de mercadotecnia. Porque a esto, también, hay que sumarle los destrozos: es decir, la cantidad de autores y autoras que lo hacen difícil, que piden honorarios desproporcionados, vuelos inesperados, maletas extras, asientos de tal o cual clase, que se enojan si no se les dan itinerarios a modo (cuando las aerolíneas en este país están decididas a entorpecer la experiencia de volar). Creo que si contáramos los desplantes que se viven en la organización de las ferias, nadie nos creería que tal o cual autor, que es tan sencillo y hospitalario, pues no lo es en realidad. Y estos desplantes, por lo general ocurren en las ferias que están en proceso de crecer, donde los organizadores aun no han tomado todo el control de su propia agenda. En fin. Ojalá esto lo leyeran organizadores de ferias de libros, otros colegas, y tomáramos de una vez por todas ser más democráticos, más rotativos, mirar más allá de las editoriales que nos quieren encandilar con su perfección y apuesta literaria o comercial. Creo que hasta podríamos trabajar con autores más agradecidos (aunque hay de todo tipo y recuerdo cómo un colega batalló tanto con una autora poco conocida, pero demasiado exigente). Claro, del otro lado, estoy seguro que también cometemos errores: se nos olvidan traslados, a veces los hoteles no son lo mejor, pero creo que si ambos institución e invitados se ponen las pilas para ofrecer lo mejor que tienen, las cosas deberían funcionar mejor. Pues por más autores en Ferias del Libro, por trabajar con menos desplantes también.

sábado, septiembre 10, 2022

 El otro día recibí un comentario muy interesante tras un post que escribí en mis redes sociales. Era un post hasta cierto punto bastante inocente sobre mi experiencia como habitante de la ciudad de México y, de volver a conectarme con la ciudad en un viaje express. Pero... sí, hay un pero, era un post en el que se dejaba ver de fondo mi pertenencia, al menos hasta ahora, al medio literario mexicano, mi asistencia a Ferias del libro, ya sea por invitación o por trabajo. Quien me escribió es una maestra, una de mis primeras grandes maestras de la facultad y sus palabras me dejaron algo perplejo, pero al mismo tiempo me causaron tristeza. En ellas, la maestra hablaba sobre que no exhibiera ante los demás mis paseos, mis visitas a las ciudades, a las ferias, y que más bien debería preocuparme por generar un programa o proyecto para que todos los autores de Nuevo León también viajaran y fueran invitados a las ferias. Menudo problema. Menudo problema por varias cosas: no existe ninguna instancia pública que pueda lograr eso. Es más, ni siquiera hay tantos espacios en otras ferias, que también tienen que darle sitio a sus escritores y escritoras. Además, no siempre hay el dinero para que logre llegar a todos. Una más: el medio literario mexicano se maneja por afinidades. Lo que la gente dice con enojo, que "la mafia literaria controla todo", es el fondo, genuinas redes de afinidades en donde, quienes las dirigen, asumo que quieren ser amplios, pero tampoco alcanza la vida para ver lo que todos hacen. Ejemplos en carne propia, hay muchos: una temporada fui muy asiduo a San Luis Potosí: me invitaban a ferias, impartía talleres, visitaba colegios. Por supuesto, intentaba ganarme esas visitas. Luego, cambió la gente que tomaba las decisiones y no he vuelto a parar un pie en ese estado por cuestiones laborales. Ocurre en todos lados. Justo esta semana, una periodista de Querétaro se quejaba de las pocas opciones que el Hay Festival da a los periodistas locales para cubrir a sus invitados. Pues lo mismo. Redes de afinidades. El mismo Hay es un ejemplo de ello: cuando miramos la nómina de autores invitados no es difícil distinguir a los de siempre. ¿Está mal? No, es su festival, es la gente con la que a lo largo de los años han trabajado, ya saben lo que van a recibir e incluso, se llama tradición, esperan recibir lo mismo. Claro, añaden algunos nuevos, quitan a otros, pero estoy seguro que hay una gran franja de escritores mexicanos que ni saben que existen ni invitarán. Entonces, así es la vida. Vas a donde el rumor de tu trabajo llegue. Vas a donde a alguien le parezca valioso lo que haces, sin menoscabo del valor propio de cada obra. Y es un bien no renovable. Dura poco. A veces tienes la habilidad de extenderlo. No siempre es así. Es un mundo injusto, siempre. Yo ahora viajo mucho, pero un día tal vez, escriba un post en el muro de un joven escritor quejándome porque a mí, tampoco, ya nadie me invita a las ferias del libro. Y entonces, tal vez entonces, sabré que estoy en otros días de mi vida; y que esos días tal vez deban vivirse como todos, trabajando, pero con la certeza, de que tal vez las invitaciones ya no vendrán.

viernes, septiembre 09, 2022

Impostores


He estado leyendo mucho más estos meses, entre Patria de Aramburu, Blanco nocturno de Piglia y En el nombre de la rosa, de Eco. Así, he saltado de la región Vasca, a las montañas heladas de las cordilleras francesas y la pampa argentina. Estos días, charlando con un amigo, tras compartirme un video de un tipo destrozando la primera frase de El código da Vinci y, utilizándola para denostar el resto de la novela, me decía a este amigo que en el fondo, no hay una estructura de lo que debe tener una novela para ser buena. Algunos dirán que entretener, otros que mostrar la realidad, unos más, que hacer arte. ¿En realidad importa? La novela debe ser fiel al propósito del autor. Sé que digo una tontería, pero ninguna puede tenerlo todo. Cada quien apuesta por algo, aunque deje volando otras cosas. 

Luego, el sábado, mientras charlaba con Guillermo Espinosa y con Lanzagorta, (he olvidado su apelativo), decía este último, tras decir Memo que la novela de Eco le había gustado, que no conocía a medievalista que dijera que En el nombre de la rosa fuera una mala novela. Sí, es una historia casi discursiva, se habla más de lo que se hace, aunque claro que las acciones son puntuales. Pero, mientras avanzas por las páginas, queda claro que es una novela de erudición. Eco hace la manga ancha para hablar del mundo de los transcriptores y las bibliotecas medievales, de las diferencias entre las congregaciones cristianas, de los conceptos de fe y divinidad. En algún momento, también, nos llevará a una revelación, aunque asumo que aún no llego a esa parte. Lo mismo sucede con Blanco nocturno de Piglia, con la dolorosa amistad de Bittori  y Miren. Miren que, escribir casi 600 páginas que tiene como verdadero trasfondo, hablar de la amistad, no cualquiera. Así que, todo esto, para decir que no existe modelo de escritura de novela. Existe la mirada personal. No podemos destruir una novela por una frase. Quien lo haga, es un impostor. 

miércoles, septiembre 07, 2022


La rueca

Hoy pensaba en los blogs y, al postear algo en mis redes sociales, el buen Omar Delgado me pasó este link que, de ninguna otra manera hubiera encontrado. Creo que, la escritura en este tipo de plataforma no solo es liberadora, sino que ahora entiendo que, al irme de ella para buscar sitios con mayor interfaz, provocó en mí algo de infelicidad. Dejé de escribir porque pensaba que, lo demasiado personal, quedaba expuesto. Anduve entonces, en otros sitios y no funcionó. Creo que me gusta más esta posibilidad del contenido: sobrio, sin tanta imagen. Alguna vez leí El libro de la negación de Ricardo Chávez Castañeda, con unas ilustraciones maravillosas de Alejandro Magallanes. Realmente lo eran, pero, en cierto momento, me fastidiaron. Me empezaron a ocultar el texto, así que decidí pasar olímpicamente de ellas y solo leí, leí sin ver. Ya luego volví a ver las imágenes. Todo esto para decir, que tal vez, soy a la antigua formación del renglón seguido. A ver qué sigue por aquí. 

miércoles, septiembre 05, 2018

Colecciones

He estado coleccionado, a lo largo de mi vida, varias cosas a las que les pongo mucho interés y después abandono como si nunca hubieran estado relacionadas en algo conmigo.  Recuerdo que a cierta edad coleccionaba fichas de refrescos que después alineaba como si fueran pelotones o soldados a punto de entrar en el combate. Lo que más me agradaba de esa colección era la búsqueda de las fichas. Me iba de tienda en tienda, merodeaba afuera de las cantinas cercanas a la casa porque siempre había corcholatas, o taparoscas, como le quieran llamar, o tapón corona, si quieren usar el nombre más correcto. A veces las dejaba flotar como embarcaciones a la deriva dentro de una tinaja de acero llena de agua. Yo era muy feliz con esas corcholatas que a veces raspaba contra el suelo para quitarle la pintura y tener algunas de color natural, como les decía. No sé qué hice con aquellas corcholatas, dónde las abandoné, pero un día dejaron de interesarme. 
Lo siguiente que coleccioné fueron estampas de futbolistas; pero tampoco fui muy dedicado a ello porque en casa, mi espacio, el espacio propio, era uno demasiado compartido; así que no existía un sitio en el cuál pudiera dejar mis cosas, cosas sólo de mi pertenencia, para mi gusto personal. Intenté coleccionar plumas bellas -hoy que una ha perdido su tinta lo recuerdo-. Y cuando me volví lector empecé a coleccionar libros; pero tengo algo con ellos; primero es un deseo inexplicable de llevármelos a casa, de imaginar la lectura de los mismos, de esperar sorprenderme por ellos; y cuando eso ocurre o no ocurre, los abandono. No soy de relecturas. Con mucha facilidad he vendido demasiados. 
Mi siguiente colección fue de máscaras. Debo de tener más de 30, pero están todas guardadas porque en casa, mi casa de adulto, de hombre de familia, de casado, pues, no tiene un sitio para ellas. Así que las tengo, pero ignoro todo de ellas. Al igual que con las corcholatas, con qué emoción las compraba en distintos pueblos de Michoacán, Oaxaca, Chiapas o Veracruz. La más extraña de ellas viene de África. La veo mientras escribo. Está en uno de los anaqueles del librero. Tenía una tez blanca que una señora que nos ayudaba con la limpieza terminó limpiando al creer que era un polvo. Aquí la veo con su frente color madera bruñida, con su frente morena natural. 
Y pienso esto porque he ido reuniéndome de objetos que alguien tirará a la basura cuando muera: unos danzantes nicaraguenses que traje de mi viaje a ese país centroamericano; unos pequeños muñecos de papel con forma de mamíferes pequeños que semejan una banda regional, muñecos de FUNKO que algún día espero vender; y algunos juegos en mi celular, pero esos mueren pronto: se los lleva siempre el nuevo modelo sin importar cuánto he gastado en ellos. 
Finalmente, creo que lo que más colecciono son lecturas, historias, hechos que puedo configurar a mi gusto, voces de narradores que se intercalan con mi voz propia. Escenas que después puedo recuperar una tarde cualquiera, porque para eso sirve leer; para llenarte de imágenes que no sabes en qué momento asediarás para convertir en otra cosa. Dicen que leer puebla el mundo; pero yo lo entiendo así, de las muchas maneras que se puede entender la frase: al leer te llenas de espacios y paisajes, de voces y de sentencias que, al encontrar un eco en la realidad, se magnifican. Puedo ir por la carretera a Monclova y recordar algunos párrafos de Cormac MaCarty; y algunos poemas de Boone que hablan de ese espacio, y ciertas películas y otros viajes que he hecho por ese mismo camino; en particular uno: estoy muy joven y voy mi tío Lalo a Monclova, donde él vive. Su hija Ana está muy pequeña, casi recién nacida: la camioneta que conduce mi tío es muy cómoda, sus asientos quiero decir; pero además el motor ronronea con suavidad. Y yo veo las montañas de esa zona por primera vez y me sorprende: hace frío, me siento en una aventura. Mi tío habla de futbol, porque le gusta. Nos detenemos a comer en un restaurante y todo es, hasta cierto punto, perfecto: la vida no tiene prisa, no tenemos que llegar pronto a Monclova. La camioneta es nueva. Las montañas viejas pero al verlas por primera vez es como si recién hubieran tumbado esas rocas al lado del camino para vestirlo. 
Colecciono pasajes, juegos, libros porque es imposible no tener una red de conexiones a mí mismo.

sábado, septiembre 01, 2018

Lo más complicado, al inicio, es comprar un libro porque, ¿quién compra un libro? Aunque sobre categorías de compradores de libros podemos hablar largo y tendido, no va hacia allá este post; sino que está más enfocado en mis hallazgos de libros esta semana que me di vuelo comprando algunos ejemplares raros en mi visita express a la Ciudad de México. Compramos libros porque solemos asociarlos con otros que ya han pasado por nuestras vidas o con los acervos que otras personas nos han confiado desde la timidez de compartir una lectura que los entusiasma hasta la inesperada acción de regalar alguno. 
Hace años, cuando estuve en la Fundación para las Letras Mexicanas conocí a Rubén Bonifaz Nuño. En una entrada de este viejo blog subí que me enterneció verlo llegar en un vocho verde, a diferencia de otros escritores con su trayectoria que llegaban en coches último modelo -no crean eso de que todos los escritores pasan hambre, algunos logran muy bien jugar las reglas del juego de la vida literaria y conseguir lo que otros no-. Yo tenía, desde hacía muchos años este blog con un texto de él como bienvenida, que sigue aquí arriba.
Por lo mismo, uno de los libros que compré fue un verdadero hallazgo: una primera edición, firmada en 1957 de Los demonios y los días, de la colección Tezontle del FCE. El precio era lo de menos; pero apenas lo vi entre un montón de libros de primeras ediciones o más recientes supe que debía tenerlo. Así que lo compré sin chistar y aproveché que el mismo vendedor me ofreció un descuento sin yo solicitarlo. Uno de los poemas que viene en ese libro está además, escrito para este día que intento ponerme al día conmigo mismo en este blog, olvidado hace ya nueve años:

Estoy escribiendo para que todos
puedan conocer mi domicilio,
por si alguno quiere contestarme.

Escribo mi carta para decirles
que esto es lo que pasa: estamos enfermos
del tiempo, del aire mismo.

También compré, en el remate de libros de Ediciones Era, una novela de Miguel Tapia y de Vanesa Garnica. Por la noche vi a Parra y me dijo que ambos libros le habían gustado, tal vez más el de Tapia. Empecé a leer el de Vanesa en el avión de regreso a Monterrey. Una mujer y su hermano regresan a una vieja casona familiar en Pátzcuaro con el fin de limpiarla para después venderla. Me quedé justo ahí; porque ya veníamos aterrizando y también me estaba durmiendo. 
El día anterior había ido al remate, también de libros, del FCE en la Librería Rosario Castellanos y me hice de dos libros para Orfa: uno de puntos para hacer Amigorubis y una breve semblanza con la historia de los colores. Por la mañana había comprando una novela gráfica japonesa: La mujer de al lado, de Yoshiharu Tsuge que leí hoy sábado, rápidamente, mientras intento soportar el calor regiomontano. Los trazos son escuetos, con muchas sombras, pero firmes. Las historias son alucinantes porque dicen muchas cosas de las que me gustaría escribir: la vida de las periferias, las confusas relaciones humanas, el sexo como uno de los motores de la mediocridad y la exploración y la posesión. 
De las seis historias que componen el libro me agradó más Paisaje de vecindario, un brevísimo relato corto ilustrado de un dibujante que visita una vieja colonia que pronto se llevará la lluvia. Y de ahí, específicamente, una descripción del gusto por los sitios deshabitados, del autor japonés Motohiro Kajii: "No sé por qué, pero en aquella época sentía una atracción por las cosas pobres y bellas". Uno de los ancianos que viven ahí tiene un pez que guarda como un tesoro. Cuando la lluvia llega y se lleva las casas, los ancianos se marchan. El personaje principal, el dibujante, regresa y encuentra, en una cisterna natural, al pez, que ahí se ha escondido. Ahí termina la historia.
Compré otros libros, pero luego hablaré de ellos. Es bueno volver a casa, aunque ya no sea el que escribió esto.


martes, octubre 27, 2009

Los invito al Chat de El Universal, este jueves 29 a las 2:00 de la tarde. El tema será la novela de aventuras de Ixel.

¡Ahí nos vemos!