Hacíamos colecciones. Si alguien decía un poema sobre la luz, entonces les pedía a alguien que buscara otro poema sobre la luz, a alguien más que trajera un espejo para reflejarla, otro debía contar una historia donde la luz fuera su recuerdo más bonito, otra persona debía hacer un dibujo donde la luz fuera lo más importante. Después, reunidos, compartíamos nuestros hallazgos, la luz vuelta poesía, color, sonido, memoria. A veces, sin embargo, lo que nos motivaba era algo triste, como una tarde que leímos Las muertas de María Ribera. Entonces, buscamos poemas, pero también historias de desaparecidas. Les pedí que hiciéramos un mapa, y en el mapa, en cada estado, nombres de hombres y mujeres desaparecidas. Y poemas que los recordaran, versos, porque cada desaparecido tiene también el derecho de sonar como un poema de amor. Eso hacíamos en Salas de lectura, cuando era docente, cuando de cierta manera era feliz con los libros.
Me sobrevivo en vela, mereciendo que al corazón me apunten al matarme. Bonifaz Nuño También escribo para recordar.
miércoles, febrero 26, 2025
sábado, febrero 08, 2025
martes, enero 21, 2025
700 post
Inicié este blog hace tantos años que leerlo es como entrar a un espacio de la ficción; sí, de la ficción de nuestras propias vidas. En esa época los blogs surgían como un espacio real de intercambio y como buenos exploradores toda una generación nos fuimos a colonizarlo. No nos conocíamos entre nosotros, pero conocíamos nuestros blogs. Nos acompañaba nuestra escritura como un daemon que nos reflejaba mejor que cualquier libro que pudiéramos leer. Había, y eso no existe en las redes sociales que surgieron después, una honestidad rabiosa. Era fácil al hablar de ti, salirse de la máscara. Es decir: éramos como éramos. Mostrábamos lo que éramos. No había medias tintas. No existía la cultura del filtro como lo existe ahora. Escribíamos para ser, no para mostrarnos como otros. La escritura, aunque mentira, está compuesta de la verdad. Se asoma lo que somos aunque no lo queramos. Los videos no, acaso los podcast sean lo más cercano a esto. Escribo esto porque este post es el número 700. De aquí surgieron amigos y complicidades, incluso un libro del que ahora reniego. Era otra época. No sé si más clara o más ingenua. El primer post de este blog fue un cuento de una pareja que está por separarse. El atardecer se despliega ante ellos con su sonora belleza, pero donde él ve esperanza mientras lo contempla, ella mira inacción y poca decisión en él. Al final cada quien se va por su lado. Supongo que incluso ahora, esa diferencia de miras ha regido mi vida. Donde yo he visto algo, mi ex pareja miró otra cosa. Y así.
En enero del 2005 mi vida era otra. Vivía entonces en un cuarto en el depa de una dentista de la que no sé nada al día de hoy. Trabajaba en el ILCE. Todas las mañanas salía del edificio y caminaba un kilómetro y medio para tomar el micro que me dejaba en las torres Zafiro, frente a TV Azteca. Compraba una torta de jamón o un sándwich y un atole con una señora que ponía su puesto al salir del elevador y me sentaba ocho horas a trabajar en la edición de libros digitales de la SEP. Cerca estaban todos los del proyecto de ENCICLOMEDIA del gobierno de Fox y de algunos me hice buen amigo aunque más de mis compañeros del ILCE. Fuimos a beber varias veces, a Six flags, organizamos fiestas espectaculares. Total, todos teníamos 26, 27 años. Yo aún no me enamoraba de con quien estuve brevemente a mediados de ese año. Y vivía en una soledad inquieta. Veía chicas y me emocionaba, pero nunca lograba dar el primer paso. Me concentraba en escribir. Creo que estaban por darme una beca, de las más significativas que he tenido y gozaba de otra en ese momento, de hecho escribia el que a la postre fue mi segundo libro, pero en ese 11 de enero aun no. Así que nadaba en el dulce trabajo de escribir, de leer, de trabajar.
A las tres de la tarde hacía el camino a casa. Abordaba un micro -a veces comía unas quesadillas en un mercadillo cercano, o carnitas en un puesto antes de cruzar el puente de Periférico-. A veces llegaba a Perisur, al cine, o para comer en la zona de restaurantes, o leía en el Sanborns. Luego llegaba a casa, subía los cuatro pisos, me encerraba en el cuarto, leía, miraba televisión, escribía por las tardes. En ocasiones iba con la dentista a casa de sus padres, porque su familia me había adoptado, o salía con ella y su novio, un tipo del que no era tan fan. Quién sabe qué se habrán hecho, en dónde estarán de su camino en este momento. A lo mejor se acordarán de mi en ocasiones.
Ese año la casa en la que estábamos tenía una cocina con repisa y puertas y ventanillas de madera. A veces, cuando salía, al volver cenaba tacos de pastor en un puesto junto al centro cívico o miraba televisión antes de dormir. O tal vez ya me había enamorado. Sí, creo que fue justo el año anterior que tuve una relación con una mujer mayor, que no tan sutilmente decidió terminar la relación cuando era ella quien la había iniciado. pero claro, era un mocoso de ¿27, 28 años? Iba al taller de escritura los miércoles. Contaba con algunos amigos defeños. Y escribía mi segundo libro. Y pensaba que era un tipo genial, tímido, sí, pero genial.
Y me dije, voy a escribir cuentos cortos en este blog. Y lo hice. Escribía en la oficina, en los cafés internets de su tiempo, tan bulliciosos, tan comunitarios, tan emblemáticos. Eran como la otra versión de los Arcade Club. Decenas de personas ante su computadora, en los chats room, en los blogs, en sus mails, con el messanger en su época dorada. Me dije, escribiré. Tendré un blog sobre escritura y cuentos y me aficioné tanto que terminé haciendo tres, el segundo con escritos más personales. Uno tercero, con reseñas de libros.
Y ahora, 20 años después, llego al post 700. Me pasé por 11 días de celebrarlo bien, en su vigésimo aniversario. Larga vida a mí, claro, para poder seguir escribiendo en este blog que ahora no pretende volveremos escritor, sino solo darme tinta electrónica para recordarme, porque ahora solo escribo para recordar.
miércoles, enero 15, 2025
Si una casa no tiene el concepto "estar" no es una casa. Una casa es la cama, pero también el sitio donde te acomodas a comer frente a ti mismo, haya televisión o no frente a eso, una mesilla para colocar un libro que se lee a mordiditas, mientras se lleva la cuchara a la boca con algo caliente. Pienso que eso es lo que le falta a mi casa, el concepto "estar en casa". No sé si es la falta de puertas, que evitarían el vendaval jaurío en mi recámara y en el sanitario, o la falta de agua caliente. Alguna vez me mudé y, sin agua, sentía que le faltaba sangre a la casa. Ahí estaban los ductos, las mangueras, pero secas. Esta casa tiene agua, luz, pero le falta el sitio en donde me pueda acomodar. Dormitar. Oír música. Eso. De mi vida personal, ya mejor ni comento.
jueves, enero 02, 2025
un día voy a "destruir" mi cuerpo.
miércoles, enero 01, 2025
He pasado estos días con el taladro, el desarmador, el martillo, tornillos y taquetes a mi alrededor. Limpio la casa. Paso el trapo sobre el polvo que se acumula rápido sobre los muebles. Compré uno que requerirá mucha ayuda para armarlo, el resto los he solucionado de manera propia. Pasé el año nuevo, la víspera, solo en la casa, con los perros en el sillón dormidos, aunque pensaba que estarían alterados por los cohetes que los vecinos truenan estos días. Casi a las 12 salí y me senté en la piedra cuadrada que ha estado afuera de esta casa por más de 80 años, cuando mi abuelo la mandó traer de quién sabe dónde, y miré la noche. La carnicería estaba ya con las cortinas metálicas abajo, después de despachar a cientos de personas que hicieron fila durante el día para sus cenas de año nuevo. El señor que vende fierro viejo oía música tropical y alrededor de su montón de fierros, muebles desastrados y ropa acumulada, irradiaba su luz un foco industrial que iluminaba su esquina. Entonces, ahí, en silencio, oré por mí, por quien estuvo conmigo unos meses y decidió irse, por quien estuvo conmigo por años y debí irme, por los cambios, por mis padres, por mis hermanos. Después fui a casa y abracé a mis papás quienes estaban solos, porque este año nuevo no vinieron ninguno de mis hermanos, y volví a casa a seguir trabajando en la limpieza. Hoy, todo el día he hecho lo mismo, mientras veo las tres películas de El Hobbit. Yo también quisiera hacer un recuento de todo lo que viví en el año pero me parece tan insulso. No quiero ni ponerle adjetivos. Ahora sé que, ese optimismo de las semanas pasadas de que todo estaba bien y que podía salir adelante eran como un golpe de adrenalina necesario para llegar a estas fechas y pasar de ellas, pero una vez pasadas mi reserva de adrenalina se ha vaciado y tengo que encarar el vacío y de nuevo los futuros que no serán. Y paso saliva. Un vecino acaba de tronar otro cohete de esos grandes, los perros se alteran, yo no sé qué falta de neuronas tienen en la cabeza para que crean que tronar cohetes es algo que todos disfrutamos. En fin. Feliz año nuevo.
domingo, diciembre 29, 2024
No es para habitar una casa que construimos una casa
He vuelto a vivir con mis padres durante unos meses desde que cambié de domicilio. Hace días, en threads, decía que en algún momento todos nos volvemos un lugar común. Así que sí, me volví un lugar común: el cuarentón que, tras su separación, regresa a la casa de sus padres. La cuestión es que no volví a gusto. No sólo por todo el caos emocional de mi salida, sino porque no me veía en ese lugar común. La idea era clara, pero requería de mucho trabajo, dedicación y sobre todo, paciencia. En días previos a mi viaje a Madrid fui a que me leyeran el tarot y el tarotista arrojó una carta cuando le pregunté por mi nueva habitación. "Vas a necesitar paciencia". Mi terapeuta lo miró con otros ojos: "así como ahora estás en obra gris, tu casa también está en obra gris". Es curioso que las dos personas de quienes me separaba, en algún momento se ofrecieron a ayudarme con las adecuaciones. Pero negué la ayuda. Debía hacerlo solo.
Entre la segunda quincena de octubre y la tercera de diciembre una casa que estuvo abandonada por más de 16 años recibió atención. Saqué un camión y medio de basura acumulada. Vendí láminas, fierros oxidados, puertas de fierros sin marcos. Mi papá y mi familia habían hecho de la casa de los abuelos su depósito, basurero y ejemplo de acumulación enfermiza de lo que se les quiera ocurrir. Todo se fue a la basura, colchones viejos, muebles, libros maltratados, carriolas, ropa, patrones de papel, azulejos rotos y buenos, vidrios, puertas consumidas por el polvo y golpeadas en las orillas, juegos de mesa, cuadros, cómodas. Sólo dejé lo esencial, que podría servirme y ciertos muebles, como recuerdo de mi abuela.
La casa tenía su fauna particular: encontré lagartijas grandes, de tonos rojizos y verdes, familias de cucarachas, moscos, ratones, escarabajos y escorpiones. Fumigué a conciencia para la llegada de los tres cachorros criollos que ahora me acompañan, de Cloe, la bulldog y de Pelusa, la gata. Luego vino la construcción: tirar paredes, subir cerramientos, abrir puertas en donde no había, clausurar otras, meter luz, adecuar el sanitario y las tuberías de agua y luz, enyesar, instalar abanicos de techo, traer muebles, adaptar otros, armar algunos más, pintar paredes y techos, decoraciones.
Y mientras hacía eso, lidiar emocionalmente con las rupturas y separaciones, con la incertidumbre en el trabajo que al final se resolvió positivamente, viajar, estar siempre viajando a Huelva, a Sevilla, a Madrid, a Ciudad de México, a Guadalajara, a Hermosillo, a Matamoros y Ciudad Victoria, el orden no está cronológico y arrastrar todas las emociones en una caja de zapatos y caminar esos adoquines y aceras y jardines y pasillos feriales con esos zapatos puestos de la incomodidad que da la tristeza de los futuros que no se escribieron. La ansiedad de lo que no pudo ser. La dureza del drama. La culpa.
No es que te regresaste a tu casa, sino, a qué volviste con tus padres. Esa es la pregunta. En estas semanas los he oído, he charlado con ellos, los he llevado al cine, a cenar, a la clínica. Los he escuchado lo que no lo hice los últimos años. Anoche, al fin, pude dormir en esta vieja nueva casa. Coloqué, en una esquina, fotos de toda la gente que vivió bajo estas paredes. No las reconocerían si las vieran, pero aquí sigue la vieja puerta de madera que da al patio. No la voy a tocar, aunque desentona con todo lo nuevo. Por esa puerta salieron mis abuelos, tíos, primos y primas. Toda mi familia paterna ha pasado las manos sobre esa aldaba de fierro.
Y me sucedió algo muy curioso estos días: ya casi terminada, aun le faltan cosas, pero quiero resolverlas estos días, me pregunté para qué quería yo una casa nueva. Sí, invertí tres meses de reacomodo y me pregunté para qué quería yo esta casa. Tal vez eso aun debe responderse más adelante. Anoche, insisto, al fin dormí aquí, pero me levanté temprano para ir con mis padres, que viven a unas casas y cruzando la calle. Me fui para allá como si allá estuviera a salvo. No es para habitar una casa que construimos una casa, dice el poema de Juan Gelman, y qué simbólico que ese poema que le usurpé a un amigo ahora al fin, tenga su significado en mi vida. Porque sucede que tenemos sed y paciencia de animal.
sábado, diciembre 28, 2024
Tengo una nueva casa. Tengo un viejo blog. Supongo que algo saldrá de esto. Mi mundo, en el 2004 era tan distinto. Hace días, que recuperé también mi computadora del 2017 encontré fotos y la vida de esos años, precisaré, de los años anteriores a ese 2017, tal vez del 2009 en adelante, fecha en la que compré esa computadora que justo está encendida a un lado de ésta, la hp en la solo suelo jugar, perdonen la cacofonía.
Siempre pensé en mis tres blogs como algo perdido. En algún momento del 2010 los dejé, después de estar en ellos de manera intensa. Fue una gran época en la que intercambié puntos de vista con mucha gente y conocí personas. Los blogs eran una suerte de mirada de la que surgieron libros, amistades, amores -no precisamente amores míos, me refiero el general-. Eran como una terapia breve en la que podía dialogar y exhibir mi naturaleza sin ningún tipo de miramiento. Ahora es posible que ya nadie venga por aquí y eso me da tranquilidad, porque podrá ser un espacio seguro -con la visibilidad que da la red, por supuesto, pero también la ansiedad de nuestros tiempos de mostrarnos a los demás-, y en el que podré volver a escribirme. Porque justo eso hacía en ese entonces. Escribirme. Contarme cosas. Por eso tenía todo tan a la mano. Porque existía un espacio en el que podía ser.
Ahora, pues, tengo una nueva casa. Iba a escribir que abandoné la anterior, pero dice mi terapeuta, que debo entender el lenguaje. Mi lenguaje, que siempre ha estado al servicio de la ficción, ahora debo mirarlo mejor porque está al servicio de mi manera de narrarme el mundo. Y no ser duro con la manera como reflexiono sobre mis cosas.
Pues, lo que debo decir, es que he trasladado ahora, a esta casa, mi energía y mis deseos de recuperar cosas. Aunque no sé qué cosas son las que debo recuperar, o sí, pero no quiero nombrarlas. Y me parece simbólico que las recupere con las herramientas del pasado: el age of empires, mi blog, mis computadoras viejas. Los perros saltan a mi alrededor, esos que rescatamos al volver de Nueva York y que fue imposible dar en adopción. Saltan y saltan. Llenan todo de polvo con sus patas sucias, se trepan a la cama, a los sillones. Si les alzo la voz esconden sus orejas tiernas, pero después salen corriendo en estampida al patio. Los veo y me vienen a la mente un montón de recuerdos con los perros, pero el más reciente es el de ella, recostada en el suelo, una mano en el mentón y la otra en su cadera, su vestido negro con puntos blancos, mirando a cinco cachorritos negros aprender a caminar mientras dan pisadas torpes.
Estos perros en cambio, también fueron torpes, pero ahora son unas gacelas que se persiguen, muerden, huelen, trituran, destruyen, ladran, gruñen, desgañitan el papel sanitario con sus fauces limpias y sus babas felices. La felicidad de los perros. En esta casa nueva. En este fin de año. En esta escritura que reinicia. También eso pensaba estos días, ¿qué sucedió con mi escritura? Al leer la anterior al 2017 la encuentro distinta. Como que más mía. En fin, cosas que uno cree que suceden. Escrituras para recuperarse.
jueves, noviembre 03, 2022
Ayer murió Patricia Laurent Kullick, una de las escritoras con más talento de su generación y, sin duda, la más importante de esta época en Monterrey. No sé si ella lo sabía. No sé si le interesaba. Yo creo que solo le interesaba en la medida en la que la vida cotidiana se lo permitía. Se dedicó a la escritura como los verdaderos escritores y/o escritoras, dedicándole tiempo a pesar de todo, con lecturas, ofreciendo talleres, teniendo siempre el diálogo interno y externo por los libros y la ficción. Siempre fue la gran Patricia Laurent Kullick. La recuerdo como la más amistosa y hospitalaria en aquel grupo que formó con Héctor Alvarado, Dulce María González, Mario Anteo y otros. Desde lejos y desde mi ingreso a ese medio, los veía y todos ellos tenían esa aura de escritores de verdad, de alguna manera ya consagrados en una comunidad que los recibía como, acaso, el primer grupo profesional de escritores locales. Como pronto me integré al otro grupo de escritores de la ciudad, El Panteón, tuve pocos roces con ellos, aunque sabía de sus reuniones en el bar Reforma, esa larga mesa en donde todos los ¿viernes? ¿martes? no lo recuerdo, se reunían a beber y charlar. En donde, por decirlo de alguna manera, oficiaban. Yo sé que ellos dirán que no, pero ya para entonces, entre los más jóvenes, eran míticos. Hace algunos años, en la UANLeer, tuve la oportunidad de programar una mesa para que hablaran del grupo. Pero Paty siempre fue Paty. Me tocó estar ahí cuando le dieron el Premio Nuevo León de Literatura, pero después me marché de la ciudad y poco volví a topármela. Luego supe que ya no se reunían, que toda la ciudad había caído en una especie de marasmo cuando ambos grupos se habían desintegrado. Volví a verla a mi retorno a Monterrey, volví a invitarla a eventos, la llevé a una prepa, regalé sus libros en clubs de lectura, publiqué un libro suyo. En fin, intenté estar lo más cerca posible. Generosa como pocas, claridosa como menos personas, ella siempre supo estar en su propio centro aunque éste fuera caótico. No tuvo buenas aventuras editoriales y es la lástima, porque solo de recordar tres o cuatro cuentos suyos me reconfirman su genialidad. tal vez habrá otros ahora, a quienes les corresponderá ese trabajo, de mantener su obra viva. Ojalá encuentre, en la ausencia, muchas más manos que mantengan con vida su obra. Adiós, Paty, siempre te recordaré bailando en una cantinilla miserable del centro histórico de la Ciudad de México, buscando animar un ambiente que era demasiado intelectual para ti.
sábado, octubre 29, 2022
Esta semana estuve en Tampico, en la primera Feria Universitaria del Libro que organiza la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Fue un gran evento para ser el primero de tu tipo. Cada feria guarda también la imaginación de quien la organiza: la manera de recibir a los visitantes, el orden de los expositores, los espacios de recorrido, todas las pequeñas cosas que hacen que alguien sepa que hay un propósito y un cuidado. En la FUL en particular, encontré un techo adornado con libros que colgaban, un pasillo con imágenes de cuadros que reproducían proyectores y permitían el pase del área de oferta para adultos, por decirlo de alguna manera, al área infantil y de novela gráfica. El espacio de novela gráfica, si bien estaba algo desorganizada y no tenían el soporte de stands de otras áreas, era muy atractivo, con diversos espacios para que los lectores jóvenes pudieran interactuar con pantallas y otros chicos. El programa además, hacía énfasis: días de cosplay, de novelas gráficas, de ánime, etcétera. El área infantil, si bien era pequeña, tenía buenas editoriales, no solo las del FCE, sino también andaba por ahí Tecolote. Otra sorpresa fue, en el área de expositores de adultos, encontrarme con el stand de Jus, además de los usuales: Planeta, Random House. Era evidente que era la primera feria, ya que había demasiadas personas, supongo que en el futuro podrán generarla con menos personas detrás de los eventos. Había espacio para entrevistar a los autores y se veía que los medios de la ciudad hicieron su chamba: me refiero a que sí entrevistaban a los autores invitados. En fin, que mucha hospitalidad, muy buena vibra. Espero que la feria dure muchos años y se convierta en algo sensacional para esa comunidad de Tampiqueños.
domingo, octubre 09, 2022
Me gusta escribir y lo que ello conlleva cuando por terquedad y generosidad empiezas a hacerte de un sitio en el mundo y la comunidad literaria, pero cada cierto tiempo lo odio también. Me dan pereza las cenas de celebridades, la necesidad de encontrarse o conocer a otros escritores, la búsqueda de la nota en prensa. A veces veo con ternura a quienes se empeñan demasiado en eso, en "ser escritores", asistir a veladas, reunirse con otros colegas para domesticar la soledad del gremio o maquinar el futuro, claro, un futuro, donde ellos y ellas triunfan. Tal vez es algo de la edad, creo. Cuando era más joven, cómo deposité el tiempo en estas cosas, seguía blogs de gente que hablaba de literatura, intentaba relacionarme con los demás. Incluso ahora, lo mantengo, aunque mucho más dosificado, pues porque los otros también, pues igual y tienen sus intereses e intenciones. Ya no quiero trabajar con gente que se dé de ínfulas o que, aunque tenga mucho prestigio, nos las haga de fastidio la vida. Anoche, por ejemplo, asistí a una de esas cenas de la comunidad, en la que iban a estar muchos, muchos escritores. En el pasado habría estado feliz y me hubiera querido colar o permanecer hasta que se tocara la última pieza. Pero anoche, no. Recordé, para empezar, que yo no estaba invitado a la velada, pero a última hora había sido necesario ir en representación de alguien más; luego, me tocó ver todo el desfile de vanidades y aunque había dos o tres personas con las que realmente quería charlar, poco a poco me di cuenta que podía irme. Así que me fui tras la entrada. Creo que es un triunfo del yo viejo sobre el yo joven.
sábado, octubre 08, 2022
Entré al Centro Mexicano de Escritores a finales de febrero del 2002. La cita de apertura fue en un restaurante famoso por su comida veracruzana, al sur de la ciudad de México, sobre la avenida Miguel Ángel de Quevedo. Eran mis primeros días en la capital del país, así que no sabía aún, bien a bien, cómo moverme por la ciudad aunque el metro realmente conduce a casi todos lados. La mesa donde nos recibieron tenía galones de fiesta, un fotógrafo nos pidió posar antes de sentarnos a ella. Ahí conocí a Marthita, la eterna secretaria de la maestra Griselda Álvarez, directora del centro, quien para esas fechas ya no salía mucho de su casa por una enfermedad que terminaría con sus días. No tardé en reconocer a los otros becarios: al igual que yo, estaban entre cohibidos y esperanzados de lo que iba a suceder. En la tardeada Marthita nos presentó con el resto de los patronos del CME: líderes empresariales que daban el dinero para el sustento del proyecto, que a mi fecha de arriba ya tenía 52 años de existencia. La comida fue amable, relajada. Era un año atípico para el CME, porque de los seis becarios, solo dos radicaban en la Ciudad y el resto proveníamos de otros sitios: Nora venía de Xico todos los miércoles, Socorro y Manuel viajaban desde Morelos y yo arribaba desde Monterrey. Con esa comida inició uno de mis años más curiosos, solo por ser novedoso, en mi vida. Las sesiones eran los miércoles, en la pequeña casa de dos plantas, con un jardín pequeño pero bien cuidado al frente. En el muro que servía de reja, cerca de la entrada, había una placa con el nombre del centro, aunque en la entrada a la construcción había una más que anunciaba las becas Juan José Arreola, que tenían otro público, aunque al final todos los que entrábamos ahí era para lo mismo: escribir. La casa tenía muebles viejos, de maderas demasiado pulidas ya por los años. Había un pequeño recibidor, luego, a la derecha, una sala con sillones gastados, después el sanitario y el inicio de la escalera, de esos escalones sólidos, de mosaico, anchos en los bordes, duros, materializados para sobrevivir todos los terremotos. Tras el inicio de la escalera se encontraba el comedor, en el que destacaba una mesa grande, no de roble, sino de cualquier madera laqueada que le daba un aire soberbio. Cada cabecera contaba con una silla: hacia el poniente se sentaba Alí Chumacero, hacia el oriente Carlos Montemayor. Tres sillas de cada lado para los becarios. Todo el CME era como un museo. Sí, había máquinas de escribir, libros viejos en algunos libreros sueltos por ahí: pero lo que tenía un valor incalculable, me parece, en las fotografías de las 51 generaciones que habían estado antes de nosotros. Nuestra foto fue tomada en aquella comida inaugural. Luego, al subir por las escaleras, estaban otras fotos en solitario, de autores y autoras que habían sido parte del CME y ya habían muerto. Símbolo curioso aquel. Un día, pensé, todos estaremos en esa pared eterna. Arriba, en dos habitaciones, se encontraban las oficinas: en una donde dos empleados, lamento haber olvidado sus nombres, un hombre y una mujer, nos atendían, sacaban las copias de los textos a leer y en la otra se encontraba el inmenso escritorio de Marthita, que recuerdo tenía una letra cursiva nerviosa, extendida, frugal. Detrás de ella había gabinetes y en ellos, no solo los contratos, sino los manuscritos, porque una regla para todos los becarios era dejar al final un ejemplar de lo que hubieras escrito ese año y lo firmaras. Así, pude ver el manuscrito original de varios libros hoy cumbres de nuestra literatura. Marthita ahí firmaba los cheques, los contratos. Por ahí debo tener esas cartas que me dio, con el membrete en color naranja del Centro. El texto, además, ahora que lo recuerdo, estaba escrito a máquina, sí, pero con moldes que semejaban la escritura manuscrita. Como dije antes: nos veíamos todos los miércoles, Alí empezaba, luego nosotros y al final cerraba la conversación Carlos Montemayor. Tres veces al año nos compartía de su whisky: una vez al año, Alí invitaba a los becarios a beber a su casa, otra vez al año, los llevaban a los Pollos Mingo, aunque eso a mi generación no le tocó. Marthita era extremadamente implacable: si faltabas a una sesión se te descontaba la parte proporcional de la beca y, la última mensualidad no se te entregaba si los tutores no daban el visto bueno a tu trabajo. Dos años después de que salí se terminó el CME, en una situación por demás injusta para ambas partes: fue sencillo: dos máquinas se tocaron de frente sin querer, una con las solicitudes de los nuevos tiempos, otra, aferrada a las tradiciones y responsabilidades del pasado. Al final donaron todo a la Biblioteca Nacional de la UNAM. Fui a la ceremonia de entrega de los documentos, sillas, fotos, todo. Era una mañana soleada. El discurso de entrega lo hizo Carmen de Ovando, Alí, Carlos. Ahí estaba Marthita, como descansando al fin de entregar esa pesada carga. Yo quise irme a robar la placa, pero creo que alguien se me adelantó, o tal vez descansa ahí, en la UNAM, como tantas cosas muertas hasta que alguien les pone algo de luz, como este texto que hoy intento darle memoria a cosas que ya no son.