domingo, septiembre 17, 2006

CND

La gente avanza a empellones rumbo al zócalo por la calle de Madero. Hace rato el sol se ocultó y aparecieron nubarrones grises. A la gente eso no le importa. La gente avanza. Un grupo de mujeres descansa sentadas en el filo de las banquetas. Por los altavoces se transmiten canciones de protesta y algunos corean la letra mientras otros simpatizantes de la Convención Nacional venden revistas, periódicos. La Jornada es el único periódico nacional que se lee entre la gente. La portada: Los dos gritos, se reproduce indiscriminadamente a lo largo del camino. Pocos son los negocios que están abiertos. Uno de ellos, la camisería y venta de trajes, Aldo Conti, tiene abiertos todos sus locales donde tienen el fabuloso remate de 3x1. Un despachador se asoma a ver a los simpatizantes de Obrador que caminan y se detienen en su deseo por llegar a la plancha máxima del país.
Uno de los pliegos que entregan a la gente contiene los doce puntos a votar en la convención: el principal, decidir si Obrador es o no es el presidente "legítimo" de México y el otro si existirá o no un gabinete republicano. La gente lo comenta. La gente cuchichea. Hay una tensión en el aire, una que no viene del miedo, sino de la emoción. Una idea generalizada, un sentimiento compartido es que están formando un nuevo país, uno que les arrebataron en las elecciónes con la campaña del miedo de la que tanto se quejan.
Logramos avanzar hasta las inmediaciones al zócalo. Ahí las columnas se detienen. No hay más paso. La calle está topada, copada. Los gritos contra Fox son parte de las canciones. Cuando emerge del Zócalo una voz, un estruendo aparece en todas las vocas: ¡Obrador! ¡Obrador! ¡Obrador! Todos se quieren abrir paso. Nadie se puede mover. Ancianas aguardan apretadas, pequeñas ellas entre las espaldas amplias de los hombres y los niños en brazos. Los gritos de apoyo continúan, explotan, son confeti que se lleva el aire hacia el templete frente al Palacio Nacional.
Y luego, viene la lluvia.
Primero caen unas gotas gordas y la multitud observa el cielo, presiente la intensidad del agua. Y no se mueven. No pueden moverse. Un hombre, ya lo dice el refrán, un hombre precavido vale por dos, extrae con un acto de presdigitador, una lona de un metro cuadrado. ¿El color? Amarillo. Es un metro cuadrado. Un azulejo amarillo. Atrás la calle de Madero se eriza de paraguas. Hongos le nacen a las manos. Hongos negros, de colores tapizan la avenida. Y bajo el mosaico amarillo entramos 18 personas. Todos jalamos las puntas de la manta. Escuchamos el agua arreciar sobre ella pero estamos secos. Niños, una anciana, un par de hombres, mi mano, todos alzamos la manta para no mojarnos. Desde el lugar donde estamos varados se alcanzan a ver por encima de las cabezas, los bocinas para mandar el discurso a las cuatro esquinas del zócalo. En la catedral veo, temblorosa, una bandera nacional que hondea por las rachas de aire. Tiene una parte comida por un cohetón. La bandera está quemada en una orilla. Más metafórico, no puede ser.
Y luego vienen los gritos. La gente se aprieta. El aire escasea. Un tropel de cincuenta, ¿qué son cincuenta entre más de cien mil personas?, se abre paso contra la gente. Quiere salir. Anhela salir. Recién escampa cuando su primera avanzada llega con nosotros. No se vayan, no nos dejen, gritan muchos simpatizantes, pero la línea avanza sosegadamente, casi sin avanzar, hacia la salida. Nos metemos ahí. Nos mientan la madre. Nos hablan de lo poco nacionalistas que somos. Pero comenzamos a avanzar, a irnos del varadero. El aire es escaso. Un humor a calor humano que calienta las ropas mojadas se despliega en ese pequeño cuadro.
No avanzamos ni un metro cuando empieza el grito: ¡Hay una señora de noventa años con problemas!. Los gritos se suceden, pasan de boca en boca hacia la ambulancia. Entre todos armamos una valla y al rato aparece la señora en una silla de ruedas, con un tanque de oxígeno en las manos. Y ahí salimos. Nos desdibujamos de la Convención Nacional Demócrata.
Al final, sí hay votos. Pero ignoran. La Convención Nacional Demócrata, desde su inicio, nace muerta. Todos silencian a los que piden que Obrador sea coordinador de la resistencia. Nadie los escucha. Y reitero. La Convención Nacional Demócrata nace muerta cuando, al decir el nombre de Imaz como miembro de la Comisión política, de resistencia civil y proceso constituyente, se levanta un repudio generalizado. Fuera Imaz, gritan, nadie quiere a Imaz. Y ¿le hacen caso a la gente? No.
Estamos ahora, entonces, ante dos países, dos gobiernos espurios, como se dice. En ninguno de los dos importa la gente. Sólo se les da la dirección que otros quieren: por aquí o por allá, sólo eso. Fuera Imaz e Imaz no se fue. Y había niños, ancianas, mujeres que comían frijoles y arroz cobijadas bajo el toldo de restaurantes que en su vida, podrían pagar alguna cena ahí. También es cierto que la desigualdad nos va a partir en muchos Méxicos.

viernes, septiembre 15, 2006

Coloquio

Me interesan los creadores regiomontanos por ser regiomontano. Me interesa la historia de la literatura regiomontana tal vez, para ver en ella, el origen no genético, no de la tradición, puesto que al tradición es una argamasa de inciertos caminos y formas de inducción, pero si una geneaología de escritores: poetas o ensayistas que antes empuñaron la pluma. Nombres como Celedonio Junco de la Vega, Felipe Guerra Castro, Eusebio de la Cueva, Adriana García Roel, Josefina Niggli son parte de estos padres, no literarios, sí putativos, de la escritura en Monterrey.
Es Víctor Barrera Enderle acaso, quien más se ha preocupado por restaurar un cánon de la literatura regiomontana. ¿Es posible hablar de un cánon en la literatura regiomontana? Regiomontana sólo por su origen, aunque la agrupación sea en realidad más taxonómica que del espíritu que anima la obra? Creo que sí. Las ciudades adquieren una categoría distinta cuando hay creadores que la descubren a los demás. Hay un rastreo casi paleontológico.
Siempre, para mí, los autores de Monterrey se acotaban a quince, veinte nombres. Nombres con oficio. Por eso, hace días que me regalaron un par de la revista Coloquio, específicamente el número del primer aniversario, número doble con todos los autores regiomontanos de esa fecha, no pude más que sentir ese gusto por el pasado, no tan lejano, apenas trece años.
Trece años son suficientes para mostrar un antes y un ahora. Me sorprende, por ejemplo, que Julian Herbert esté como escritor regiomontano cuando es de Saltillo. A algunos no los conocí nunca, tal vez porque no pasaron del primer libro o dejaron la escritura para una visión más íntima y no tan pública. Otros desaparecieron. Algunos murieron. Aún así, va la lista.
Carmen Alardín, Luis Javier Alvarado, José Luis Cendejas, Eligio Coronado, Margarito Cuéllar, Armando Joel Dávila, Yuri Vladimir Delgado, Sonya Garza Rapport, Alejandro González, Macedonio González, Xorge González, Julian Herbert, Leticia Herrera, Oscar Efraín Herrera, Andrés Huerta, Patricia Laborde, Luis Carlos López, Guillermo Meléndez, Silvia Mijares, Felipe Montes, Andrés Montes de Oca, Malena Múzquiz, Samuel Noyola, Ofelia Pérez, Alfonso Reyes Martínez, Humberto Salazar, Horacio Salazar Ortíz, Graciela Salazar Reyna, José Eugenio Sánchez, José Luis Solis, Arnulfo Vigil, Minerva Margarita Villarreal, José Javier Villarreal, Claudia Villarreal, José Franciso Villarreal, Eduardo Zambrano, Héctor Alvarado, Mario Anteo, Guillermo Berrones, Gabriel Contreras, César Cubero, Graciela España, Romualdo Gallegos, Eloy Garza González, David González, Genaro Huacal, Joaquin Hurtado, Zacarías Jiménez, Patricia Laurent Kullick, Ramón López Castro, Juio César Méndez, José María Mendiola, Eduardo Antonio Parra, Rubén Soto, David Toscana, Hugo Valdés Manríquez, Alfredo Zapata.
Es curioso ver en la revista tanto rostro rejuvenecido. Antes de las obras, como si la escritura envejeciera. Antes de todas las batallas y los libros, sólo puedo pensar que ha sido una época fructífera para muchos de ellos aunque tambien, es cierto, muchos de ellos permanecen ya en silencio: no sé si exilio voluntario o involuntario. Pero hace trece años eran parte de los autores de Nuevo León. ¿Quienes serían entonces, los de ahora?

lunes, septiembre 11, 2006

Frases para recordar

¡Ah, quisiera que alguien me contestara! ¿Por qué entonces esta obsesión? ¿Por qué este dolor desajustado? ¿Por qué un libro no puede tener la misma alta medida que la necesidad de escribirlo? ¿ Por qué habita esta espléndida urgencia en tan modesto, oscuro sitio?
Josefina Vicens
El libro vacío

martes, septiembre 05, 2006

Dos opiniones sobre el veto a la ley del libro.

Coral Bracho Tomada de El diario El Universal.

Una ley originada en una iniciativa ciudadana, que beneficia igualmente a los lectores, a los editores y a los libreros -grandes y pequeños-, apoyada por todos los gremios de la cadena productiva del libro y aprobada en el Congreso, con el apoyo de todos los partidos políticos por las cámaras de diputados y senadores, fue irresponsablemente vetada -con argumentos que revelan una total ignorancia sobre su sentido y sus efectos- por el presidente Vicente Fox hace unos días.
El veto improvisado de Fox absurdamente propicia -nada más ni nada menos- todo lo que él dice querer evitar.
Si algo habría apoyado las políticas de fomento a la lectura que Fox quiso impulsar, sería sin duda la aplicación de esta ley que ahora veta. Se trata de una ley probada durante años en numerosos países (España, Francia, Alemania, Dinamarca, Portugal, Japón y Corea, entre muchos otros) como una ley necesaria para la sustentabilidad y proliferación de librerías que fomenta la diversidad de la oferta editorial y que, por si fuera poco, baja los precios de los libros.
En Francia, para dar un ejemplo, el número de librerías se multiplicó por cuatro en los últimos 20 años. En Finlandia, donde se prescindió de la ley, las 750 que tenía se redujeron a 450. El precio de los libros en todos los países que han adoptado esta ley, favorable a su producción y distribución, se ha mantenido por debajo de la inflación. En Inglaterra, donde hace 10 años dejó de observarse, el precio de la mayoría de los libros subió al doble de la inflación.
Bajo esta ley que no se apoya en subsidios, sino en permitir que las librerías sean rentables en cualquier punto del país -en cualquier ciudad, grande o pequeña-, los editores, que compiten entre sí con la calidad de sus catálogos y los precios de sus libros, fijan para cada uno de éstos un precio -de acuerdo con sus particulares costos de producción- que deberá respetarse en los distintos puntos de venta. Las librerías compiten, a su vez, entre sí con sus servicios y la diversidad o especificidad de los títulos que ofrecen. Los lectores se ven beneficiados por la diversificación de los títulos ofrecidos, por la multiplicación de los puntos de acceso en el país y por la reducción de los precios.
Bajo la ley del precio único, que tanto ha favorecido a la mayor parte de la industria editorial europea, el precio de los libros desciende por distintas razones que sanean la cadena que lleva al libro del autor al lector y que tienen como punto de partida una política distinta de descuentos al público. La posibilidad que tienen las librerías de dar descuentos al público se mantiene en buena parte de los casos. Sólo los títulos que no tengan más de tres años de antigüedad y no se hayan resurtido en un año, deben mantener el precio fijado originalmente por los editores para todas las librerías del país, como una medida de protección para ellas.
Las editoriales, bajo el sistema de precio único, como cualquier empresa, ofrecen a las librerías descuentos acordes con el volumen y las condiciones de compra, pero no se ven obligadas a inflar sus precios para sobrevivir -como sucede en los países que carecen de esta ley- para poder otorgar los descuentos, aún mayores, que algunas de las librerías necesitan -en detrimento de todas las demás- para poder ofrecer, a su vez, descuentos igualmente artificiales, y al fin y al cabo ilusorios. Si con la ley del precio único se beneficia a las grandes y pequeñas librerías, a las editoriales, a la creciente red de distribución y a los lectores, sin ella todos pierden, sin excepción.
La tendencia de la cadena del libro regida por la ley del precio único apunta, en todos los casos conocidos, hacia la diversidad, la sana competencia, la pluralidad democrática, la riqueza cultural, la libertad, la división de responsabilidades, la demanda creciente de nuevos títulos, la proliferación de lectores, etcétera. La tendencia sin ella, por otra parte, apunta al extremo opuesto: cada vez menos editoriales, cada vez menos libros, cada vez menos lectores, cada vez menos librerías. El escenario al que finalmente se tiende es el de un muy pequeño número de librerías que, en última instancia, atentan contra sí mismas al asfixiar irremediablemente la industria que debía sostenerlas, y que, al elaborar sus cada vez más reducidas listas de pedidos, concentran, casi a su pesar, las decisiones (compartidas quizá con otros comercios cuyos principales intereses son ajenos al libro) de qué se debe publicar, e incluso qué se debe escribir.
Es más que lamentable que la Comisión Federal de Competencia, con todos los datos a la mano, no haya alertado al presidente Fox de que al vetar el precio único de la ley estaba atentando contra lo que suponía defender. Es más que lamentable también que Fox no haya dado oídos a la inteligente y bien intencionada defensa de la ley que hicieron algunos de sus colaboradores, en apoyo de un vasto y representativo grupo de ciudadanos que ofreció generosamente su esfuerzo y su tiempo durante años en favor de una ley que no sólo beneficia a México, sino que era urgente poner en práctica. Como prueba de esto, entre muchísimas otras más, recordemos que México es, por mucho, el país con menos librerías per cápita en todo el continente, y que día con día, las poquísimas que sobreviven siguen cerrando.
Sergio Sarmiento. Tomado de el diario El Norte

Señor presidente Fox, usted tiene sobre su mesa, en algún lugar de esa mesa llena de papeles con pendientes de fin de sexenio, una iniciativa para una llamada Ley de Fomento para el Libro y la Lectura. El texto ya fue aprobado por el Senado y por la Cámara de Diputados.Sé que está recibiendo presiones para firmar la ley y publicarla. Por favor, no lo haga. El daño sería enorme.Quizá no recuerde usted mi editorial "Contra el libro" publicado en este mismo periódico el 23 de marzo del 2006. Desde entonces expresé mi preocupación por una ley que quizá en algunos puntos tenga aspectos positivos, pero que tiene un elemento tan perjudicial que ahoga todo lo demás: la obligación de que el precio de un libro sea el mismo en todo el país.Piénselo usted bien, señor presidente. Si usted aprueba esta ley convertirá en un delincuente a quien se atreva a dar un descuento en la venta de un libro.Quienes han promovido esta monstruosa iniciativa utilizan un lenguaje tomado del newspeak de George Orwell. Recordará usted que este escritor británico nos describió en su novela "1984" un régimen totalitario que inventa un idioma especial para hacer que lo malo parezca bueno. Es como cuando Ronald Reagan llamaba a los misiles "preservadores de la paz".De la misma manera, esta iniciativa, cuyo propósito es elevar el precio de los libros al prohibir los descuentos, y que implicará por lo tanto una disminución de la lectura en nuestro país, se presenta -sin ironía, con desfachatez-como la "Ley de Fomento para el Libro y la Lectura".No se requiere mucha sapiencia económica, señor presidente, para saber por qué la ley causará un aumento en los precios de los libros. Si se obliga a que un libro se venda al mismo precio en cualquier lugar del país, sin importar los costos de distribución ni las condiciones de mercado, se estará eliminando una flexibilidad fundamental para un buen desempeño económico. Así, los precios se elevarán al nivel que tienen en el punto de venta menos competitivo o simplemente los libros no llegarán a lugares cuyos costos de distribución sean demasiado altos. La consecuencia de esta ley será impedir la venta de libros en las zonas más apartadas del país y subir los precios en las grandes ciudades por la prohibición de dar descuentos.Quienes buscan promover sus intereses económicos con esta ley le han presentado a usted argumentos que dicen que en otros países, como Francia, Alemania y España, ha habido muchos beneficios por el sistema de precio único. Pero independientemente de que éstos son países pequeños y magníficamente bien comunicados, en que los costos de transporte a casi cualquier lugar son iguales, los libros son más caros en esos países.Pregunte usted a la gente del servicio exterior. Le dirán que los libros en Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido, países con libertad de precios, son más baratos que en Francia, Alemania o España que tienen precio único. Quienes hemos sido estudiantes siempre hemos sabido que un Penguin inglés es más barato que el equivalente Livre de Poche francés. Pero déjeme decirle que muchas veces es más barato, incluso, comprar un libro francés en Inglaterra que en Francia.Pregunte usted a nuestra Comisión Federal de Competencia. Sin duda le proporcionará información que señala que los libros en los países con libertad de precios son entre un 20 y un 30 por ciento más baratos que en los que tienen precio único. Por eso Finlandia, un país comprometido con la educación y la lectura, dejó el precio único en 1971.De hecho, la Comisión le dirá que el precio único ni abarata los libros, ni genera una más dinámica industria editorial ni promueve el surgimiento de nuevas librerías. Todo lo contrario, al eliminar la flexibilidad de precios, encarece los libros, reduce la competitividad de las editoriales e impide el surgimiento de nuevos puntos de venta.Yo entiendo que hay presiones para que usted firme esta iniciativa. La industria editorial piensa que de esta manera puede reducir la competencia y obtener mayores precios por sus libros. La Secretaría de Educación, presionada por los editores, busca darles a éstos un pequeño regalo de fin de sexenio. Algunos intelectuales de izquierda, que desconfían de la competencia, afirman que hay que sacar al libro del mercado.Pero piense usted la responsabilidad histórica que tiene. Un estadista no puede aprobar una ley simplemente para quedar bien con unos cuantos. ¿Quiere promulgar una ley que subiría los precios de los libros, impediría que llegaran libros a zonas aisladas y reduciría aun más los índices de lectura de nuestro país? Y, por otra parte, en este país en el que tenemos tantos criminales en las calles, ¿verdaderamente piensa usted que es correcto convertir en un delincuente a un librero por el delito de dar un descuento en la venta de un libro?
Mi pregunta final
¿Cuál es el punto de vista correcto, veraz? Es difícil crear un punto de vista sin demasiadas herramientas. Recuerdo entonces algo de la facultad. Una compañera quería refutar a un maestro y su último intento fue: "por favor". El maestro dijo: "nada de por favor, hechos, sobre eso se justifica, un hecho que uno haya comprobado, no oído".

lunes, septiembre 04, 2006

20 años del Centro de Escritores de Nuevo León

La invitación es escueta. Se invita al público, a la comunidad literaria de Monterrey específicamente, a la presentación de la primera parte del documental sobre los "20 años del Centro de Escritores de Nuevo León". El documental, mediante 43 entrevistas y el fichado de todos los autores que han pasado por el centro, intenta otorgar una memoria sobre la máxima instancia literaria en el estado de Nuevo León y me animo a decir que del Noreste del país, para la formación de escritores.
En Centro de Escritores de Nuevo León nació hace 20 años a instancias del poeta Jorge Cantú de la Garza, gloria más que local de las letras nuevoleonesas y que instaló en Monterrey un centro a imagen y casi semejanza del Centro Mexicano de Escritores, donde él había estado en años anteriores. La primera generación se vio envuelta en la polémica y otorgó al primer creador que dimitió la beca, el primero de dos en casi veinte años.
Desde entonces, año con año los escritores regiomontanos velaban la salida de la convocatoria. La oportunidad de mejorar siempre es una tentación. El Centro dio la oportunidad de profesionalizar el trabajo del escritor en el Estado. Apoyó en momentos difíciles. Fue el brazo generoso y benefactor para la creación literaria. El sistema era simple: presentar un proyecto, asistir a sesiones semanales de crítica dirigida por el tutor y director del centro, leer los adelantos de los libros proyectados a la mitad de la beca ante la comunidad literaria y al final, terminar el proyecto.
Los autores, salvo una ocasión, no podían repetir la beca. Con esto se garantizaba la apertura a todos los tipos de creadores y sobre todo, como se vio años adelante, darle la oportunidad a los jóvenes. El Centro ha tenido pocos tutores en estos veinte años, siendo el más importante el escritor Héctor Alvarado quien estuvo al frente más de una década. Otros tutores fueron Mario Anteo, Margarito Cuellar y Dulce María González.
Los nombres de los becarios es amplia y llena de autores presentes no sólo en el hacer literario de la ciudad sino nacional: Patricia Laurent Kullick, José Eugenio Sánchez, David Toscana, Eduardo Antonio Parra, Felipe Montes, Ofelia Pérez Sepúlveda, el mismo Héctor Alvarado, Joaquín Hurtado, Armando Alanis Pulido, Luis Aguilar, Ramón López Castro. Gabriel González Melendez, Armando Joel Dávila, Ana Kulick, Mario Cantú Toscano, Luis Felipe Gómez Lomelí, Cuitlahuac Quiroga y una larga lista de creadores quienes han visto en la beca del Centro de Escritores de Nuevo León una confirmación de la escritura, un punto de fuga o de remanso para la actividad creadora.
Y ahora, el Centro cumple ya 20 años. Desde el germen de la idea en Jorge Cantú de la Garza hasta los becarios actuales, creo, se mantiene en firme una vocación: transmitir la vida desde todos los puntos de encuentro, desde un caleidoscopio creativo. Sin fronteras el creador se mueve a todos los puntos posibles de la palabra. Es el Centro también uno de esos oasis donde se puede el creador detener a descansar y después, lanzarse al desierto de la palabra y las emociones; a esa grieta luminosa que es la escritura.

viernes, septiembre 01, 2006

Porque salva la vida

A menudo escucho a los escritores responder, ante la pregunta del porqué de su escritura, una respuesta que parece arrebatada de bocas y y mas bocas: "Porque la literatura y la escritura salvan". Lo dicen con la certeza de ser rescatados. También dicen que, al escribir, ordenan el mundo de una forma que a ellos les parezca la correcta y si no la correcta, al menos la más clara para entenderlo. Yo también he dicho esas respuestas cuando me preguntan porqué escribo cuando en realidad, la respuesta debe de ser: "no sé".
Pero, está bien. La respuesta parte, estimo, de la sinceridad compartida del creador. Entre los creadores debe de existir cierta empatía espiritual a pesar de sus amplias diferencias. A los escritores los salva la palabra, la literatura. Abrazan la literatura de manera generosa. Pero, ¿quién nos salva de ella? A veces es como un desgarrarse. Escribir es el paso de Calais: esocger entre Caribdis y Escila. El creador no sale indenme. No porque se ordena el mundo se ordena uno como ser humano. ¿Quién nos salvará también de la literatura?
Cada cuento mal escrito: la primera boca de Escila. Cada novela que se pierde en el cajón por mala: la segunda boca de Escila. Cada estilo que se atrofia: la tercera boca de Escila. Cada vez que te das cuenta que algo tuyo no logró conmocionar: la cuarta bca de Escila. Leer novelas sorprendentes y forzosamente compararte a la negativa: la quinta boca de Escila. Toda una vida escribir y escribir con el miedo oculto, pero presente de tus textos carecen de vida: la temible sexta boca de Escila.
¿Quién nos salvará también de la literatura?
Las vidas de los escritores son terribles también. No conozco a uno que se haya sentido confuso, terriblemente decepcionado cuando el texto no logra mostrarse como él hubiera querido. Aunque también hay quienes desdeñan a todo el que no entendió su texto por no ser un lector a la altura de su escritua (siempre magnánima, luminosa, llena de símbolos, puertas falsas, pasadizos psicológicos para afianzar personajes y acciones), la mayoría no soportamos una crítica demoledora. No es ya la visión de: "si falla mi texto fallo yo como persona", sino, la vuelta a la realidad de lo inacabado del trabajo.
Ulises era un genio, dice la mitología griega, un genio para salvar a su tripulación en el paso de Mesina. En el fondo, todo el que toma la pluma, calladamente en la mayoría, queremos ser esos genios. Nombres como Faulkner, Carver, Quevedo, Rulfo, García Márquez, Borges, Cortázar, Bocaccio, Jelinek, etcétera, son aspiraciones y también lozas. Es muy difícil ser original. El escritor siempre está peleando contra esas seis cabezas del monstruo.
¿Quién nos salvará de la literatura que a su vez nos salva del caos del mundo?
No encuentro la respuesta. Sólo atino a que es una lucha constante. Y sólo los más constantes, no los más fuertes, no los más inteligentes, no los genios, sobreviven. Más que talento para escribir, se necesita talento para sobrevivir.

jueves, agosto 31, 2006

Siempre estoy inspirado/Entrevista con Mijail Lamas

Vengo a estarme de luto
Porque puedo.
Porque si no lo digo
Yo, poeta de mi hora y de mi tiempo,
Se me vendría abajo el alma de vergüenza
por haberme callado.

Abigael Bohorquez
¿Cómo personaje, quién te gusta más Tyler Durden, Rocky o Julio César Chávez?
Está difícil, porque Julio es paisano y fue un excelente peleador, pero Tyler Durden para ser congruente con el gusto literario.

¿Por qué la poesía y no la dramaturgia, la narrativa o el ensayo?
Siempre me explico la realidad con poemas, Siempre, para explicarme algo a mí mismo escribí poemas. Mi realidad exterior e interior es la poesía

¿Qué libro te hubiera gustado escribir?
Deja tú los libros, cualquiera de los poemas de Álvaro de Campos: Oda triunfal, el poema en línea recta. Residencia en la tierra, La estación violenta de Paz.

¿El poeta vive en trance?
Digamos que sí. Las palabras te asaltan. No sé si sea inspiración o trabajo. Es siempre estar pensando en poesía. Siempre estoy trabajando o siempre estoy inspirado, digamos.

Si tuvieras una musa, ¿qué musa sería?
Yo tengo una musa y es de carne y hueso. Mi esposa es mi musa. No tuve que construirla. Ella ya estaba construida.

En un poema dices que somos vulgares. ¿Es el poeta un ser vulgar?
Dentro de mi proceso de escritura, quería denotar el estado de peatón del poeta.

¿Cómo el poema de Sabines?
Sí, inscrustar al poeta en su realidad más inmediata. Yo creo que ese poema, dentro de los míos, el que más fácil va a ser olvidado.

¿Qué significa Kurt Kubain para tu poesía?
No solamente para mi poesía, sino para mi vida, representa una etapa importante de mi formación personal. Significa mi gusto por la música como mi descubrimiento de la poesía. Los descubro juntos.

Cuándo murió, ¿qué sentiste?
Tenía dos semanas aburrido en San Diego. Cuando llegó su noticia me sentí muy abatido. En mi libro de poemas De las batallas existe mucho la desolación de cuando murió Kurt Kubain. Habla de esa desolación pero a la distancia. Lo escribo diez años después de la muerte de él. Ese año me pasan a mí muchas cosas. A esa edad te pasan todas las cosas.

La sola inmovilidad me aterra, dices en un poema.
Sí, mi mamá me decía que tenía un ahuate en la cola. No podía estar quieto ni un instante. Siempre he sido así. Traté de verme de una manera diferente ahora y escribí un poema donde estoy completamente inmóvil. Pero incluso en ese poema reniego de mi inmovilidad. Siempre digo que yo soy el pulso, el pulso de las cosas que toco. Yo le doy vida a las cosas que toco.

¿Qué extrañas de Sinaloa?
El calor, no. Extraño a mi familia, algunas franquezas de la gente de allá. No extraño mucho porque tengo muy buenos amigos aquí. Cuando recién me vine no extrañaba nada, sólo a mi mujer. Y ella está ahora aquí.

¿Qué fue lo primero para ti, la poesía como escritura o como lectura?
Fueron juntas. Miraba poesía en la música. Yo leí en la música y en las letras de Caimanes, de los Héroes del Silencio, qué vergüenza. Ya después vino la literatura en forma. La música y la letra de las canciones es una literatura y después vino García Lorca, Neruda, o los narradores, García Márquez.

El poeta para escribir, ¿debe amarse?
Desde la perspectiva que escribo, sí. Debe celebrarse. El poeta no es un hombre de acción, no se detiene a amarse así mismo. Los poetas se detiene mucho a verse a sí mismos, como Whitman. Si fuéramos personas más activas en la realidad no escribiríamos poesía, la haríamos con el cuerpo. Como Rimbaud, que deja la poesía para empezar a vivir. Lo malo es que, cuando vives pragmáticamente, la obra no trasciende.

Tu poesía es muy cruda. Busca más la contundencia que el juego de palabras bonitas
Hay una intención. A veces para decir que la mujer está desnuda hay que decirlo así. Para qué decir las cosas tan escondidas.

Hace rato dijiste que eres acción. ¿Qué acción define a Mijail Lamas?
Es paradójico, no hago nada de acción, pero soy el viaje. Camino.

Cuándo escribes no te mueves, ¿entonces qué se mueve?
La página.

¿Qué poema te ha hecho llorar?
Uno de Abigael Bohorquez, “llanto por la muerte de un perro”.

A qué poeta te sientes cercano o familiar o quisieras acercarte.
A Lizalde, a Efraín Huerta.

¿Batallaste para adaptarte a la Fundación?
No, para nada.


¿Cómo te sentiste estos meses?
Muy bien. He avanzado mucho. Muchas de las preguntas que haces sobre mi poesía no aplica para temas nuevos.

Si tuvieras hijos, ¿qué libros le recomendarías?
Pondría los libros mejores de mi biblioteca mero arriba. Siempre los libros más altos son los que uno quiere tomar. Si tuviera hijos los pondría mejor arriba.

Y a tus padres, ¿qué les recomendarías?
No les recomendaría, la verdad, no me interesa que se vuelvan lectores. Creo que quererles recomendar sería una imposición.

¿Qué dijo tu madre cuando se dio cuenta que estabas tomando en serio el camino de la escritura?
Por parte de la familia de mi mamá, hay compositores, no famosos pero gente que escribe para grupos del Bajío. Cuando vieron que me daba por la “patada”, me dejaron. El problema fue cuando vieron que quise estudiar literatura. Estudiar una carrera como literatura ya era una cuestión profesional. No tanto escribir, pero sí que fuera productivo. Y cuando empecé a ganar becas dijeron, bueno, es una forma de ganarse la vida.


¿Qué personaje serias si la Fundación fuera un montaje?
No sé, una especie de conector para todos. Me relaciono muy bien todos. Con algunos más que otros, con el cartel del norte, mas.

¿Por qué la violencia o crudeza en tu poesía?
Había una violencia en el libro de Tyler Durden, pero una especie de reclamo adolescente. También, muy basado en modelos que yo seguía. Seguía mucho de sentencia, de epigrama. El epigrama es violento, la sentencia es tajante. Catulo era tan sentencioso, Rimbaud tan violento. Huidobro en algunos momentos era bastante radical y brillante. Yo seguía esa línea muy de cerca. Creía que tenía la obligación de decir para mi época, cosas que ellos estaban expresando. Era un sueño muy de juventud. Ahora, con los pies más puestos sobre la tierra, me interesan más las cosas de adentro que tratar de capturar el pulso de la calle.

Fragmento de la obra

El amor no se resuelve en nada
y es la crítica el orden magistral de la monotonía.
A veces falso, el amor,
como la tragedia no se revela en palabras o en llanto.
Y cuando involuntariamente se tienen ganas de volar,
se golpean paredes,
se desangran muros,
por la incapacidad de las palabras de ensuciarse plenamente.
Entonces correr nos parece tan mediocre
como los versos insostenibles,
como el yacer insatisfecho.


Hemos venido confundiendo al televisor con la ventana del cuarto.


Misiva del sentado

Se me ha condenado a esta silla, potro estático y vencido,
pieza de los rebaños metálicos en su laberinto de tortura y oficina.

Que no se introduzca, a partir del anterior comentario,
una interpretación equívoca de lo que digo.
Nada tengo contra las sillas de cafetería —comúnmente de madera—
en su benévolo amasiato con las mesas,
mucho menos contra sillones reclinables.


Mi protesta es contra éstas, las de oficina o sala de espera;
ellas trastornan de manera inevitable mi percepción del tiempo
mientras lastiman mi espalda.

Pero están aquí, en cubículos y salones, en grandes cuarto
iluminados. Se nos presentan inocentes y nos dan confianza,
pero poco sabemos que nuestra vida pasará ante nuestros ojos,
con el solo hecho de posar nuestras incautas nalgas en ellas.
Por lo tanto, desde mi dolorosa postura, entre máquinas y papeles
de letra inservible, contra discursos de filosofía laboral, desde los
más escondidos recodos de silicio de mi computadora, dirijo esta
misiva a otros como yo, que sufren.

Pero acaso se preguntarán ¿qué es lo que yo hago en una oficina?
Disculpen el comentario, pero habría que ser estúpido
para creer que lo que yo hago aquí es trabajar.
No.
Lo que yo hago es quedarme sin mover un pelo
y sentir mi respiración
mientras espero sin espera la hora de la salida.

Nada tengo a mi favor y no me importa.
Pero mantengo una convicción:
prefiero la lúbrica naturaleza de la cama o el suelo,
ambos propicios para la meditación y el sexo;
caras opuestas de una misma moneda.

La postura horizontal, como el canto en la regadera,
me favorecen.



Mijail Lamas Sinaloa 1977. Poeta. Estudió Letras Españolas. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sinaloa y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha publicado “Los límites acordados. Ocho poetas jóvenes sinaloenses” (Difocur 2000), en coautoría con, Óscar Paúl Castro, Francisco Alcaraz, Francisco Meza y Javier Velázquez

Estaría muerto/Entrevista con Humberto Macedo


“Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
Edgar Alan Poe


¿Qué seres imaginarios son tus favoritos?
Las criaturas de la noche: vampiros, hombres lobo, espectros, presencias, íncubos, súcubos.
Música, cine o literatura para darle vida a estos seres.
Las tres.
¿Cuál es la mejor?
La literatura y, aunque son muy malas, las películas de terror que son burdas, que no asustan.
¿Cuál fue la última película de terror que viste?
Vi Silet Hill y me reí mucho.
¿Cómo definirías a Humberto Macedo en libros?
Con La obediencia Nocturna de Juan Vicente Melo, La materia del insomnio, de Mario González Suárez y Sobre héroes y tumbas de Sábato.
¿Porqué los vampiros para tu novela y no otros seres de la noche?
Siento una deuda con los vampiros. La literatura de vampiros fue lo que me regresó a la lectura. Me tocó el auge dark de los noventa.
¿Y porqué dejaste de escribir y leer?
Porque me gustó la patineta y la calle.
Tus libros favoritos, los que te gustan.
Moby Dick, me gusta mucho la obra de Rider Haggard, Las minas del rey Salomón, en especial la saga de Ayesha, Ella y El retorno de Ayesha son alucinantes.
¿De donde nace tu vampiro en la novela?
Quise hacer un vampiro muy ojete.
Pero… ¿de donde nace?
Vi una película muy mala, Vampiros, de John Carpenter. Violenta y gore pero al final, de la manera más inverosímil, gana el bien. Entonces, decidí escribir una novela donde ganen los vampiros.
¿Cómo es la vida de Humberto en la Fundación?
Sufrida.
¿Por qué sufrida?
Porque no me ha ido como hubiera querida en las tutorías, por lo demás me la he pasado muy bien.
¿Estás contento en Liverpool 16?
Sí, definitivamente, por mucho tiempo que sufra, sufriría más trabajando en una oficina, por lo menos tengo tiempo para pelearme y sufrir porque no me sale la novela.
¿Crees en las instituciones culturales?
Claro, debería de haber más. Estos apoyos son fundamentales. Ayer estaba leyendo un libro de Juan Vicente Melo donde León Felipe le escribe una carta. Le escribe que ese libro es muy malo, (uno que le había enviado Melo a Felipe) pero que se ve en él la promesa de un escritor. Vicente Melo era médico. León Felipe le dice que hay que decidir, porque no se puede tomar la literatura como hobby. Entonces, este tipo de apoyo te dan la oportunidad de, por lo menos un año, dedicarse a escribir.
¿Cómo ves la vida literaria siendo joven?
No me he fijado mucho en la vida literaria.
¿Y al ejercicio literario?
Me permite comprender el mundo o creer que comprendo al mundo. Es mi droga.
Si tuvieras un padre literario, ¿cuál sería?
Poe.
¿Y qué Poe?
El Poe de “Berenice”, de “La caída de la Casa de Usher”, de “El Cuervo”.
¿Alguna vez como escritor te has sentido marginado?
Más por otras cosas, no por ser escritor. A veces siento que, por ser yo, los escritores me marginan. Muchos cuando me ven, dicen que sí tengo cara de alguien que lee. Me dicen qué más parezco rock.
¿Qué libros te habría gustado escribir?
Drácula
¿Poco ambicioso?
Drácula porque es un icono. Puede ser que otras novelas, pasajes me gustan más. Drácula no es un solo una novela de vampiros, es una gran novela.
Autores de novelas de vampiros que nunca leerías.
Mario Cruz, Anne Rice. Me gustaba pero ahora creo que me causaría revoltura de estómago.
¿Y de literatura vanal?
Uno de Raúl Velasco. Te podría decir libros de quienes no volvería a leer: Xavier Velasco, Carlos Fuentes, José Agustín.
¿Qué personaje serias si la Fundación fuera un montaje?
El asesino.
¿Si no escribieras qué harías?
Estaría muerto.
Exposición temporal (fragmento)
Comienza a reír sordamente cuando se da cuenta. Escapar, único detalle en que no había pensado. ¿Cómo salir de ese lugar, sin ser visto y llevando la estatua consigo? Esta realidad lo golpea y se deja caer sobre sus piernas. Sentado en el suelo, contempla lastimeramente a su trofeo, y su victoria falsa, y su infinita estupidez. La risa se convierte en llanto. Llanto que suspende al darse cuenta de que el objeto que sostiene entre sus manos pierde la dureza y su temperatura se incrementa. La aspereza de la piedra se transforma lentamente en una suavidad viscosa, que cobra movimiento y emite, desde su interior, rítmicas palpitaciones. Por un momento cree que alucina, que su fracaso lo ha desquiciado. Se desengaña al sentir las manos abrasadas. Intenta desasirse, arrojar lejos de sí la escultura, pero le resulta imposible. El dolor le embota la razón, lo subyuga, inútil resistirse. Los ojos de la deidad comienzan a refulgir y al sentir que ese brillo lo atraviesa, hiriéndole el alma, comprende que está perdido. Vuelve a escuchar el terrible alarido, que ahora le rompe los tímpanos y lo llena de horror. Intenta gritar, pero la estatua no sólo le ha robado la voz, sino también la fuerza, la voluntad. Antes de perderse en un limbo inconmensurable, se le permite saber que tenía razón: desde el principio hubo un vínculo: fue elegido y, gozoso, asistió al sacrificio.
Humberto Macedo.- Nació en la Cd. de México en 1976. Psicólogo por la UAM-Xochimilco, ha publicado el conjunto de cuentos Nictofobia y otras torturas nocturnas (UABJO, 2002, Premio nacional de cuento, categoría estudiantil, Benemérito de América), la novela Ordalía (Lectorum, 2004, Premio Nacional Juan Rulfo para primera novela 2003), y sus cuentos han aparecido en diversas revistas literarias y portales de internet. También está incluido en Niñas, moscas y otros muertos. Antología de cuento joven, publicado por la UNAM. En 2005, ganó el premio nacional de cuento El crimen como una de las bellas artes, convocado por el Instituto Coahuilense de Cultura, con "Menàge a trois".

Otro Antonio Ramos

Tengo muchas presunciones. La primera, ser de Monterrey. La segunda, tener buenos y grandes amigos. Me gusta ser quien soy. Hace tiempo no me habría aventurado a decir semejante prueba de ego o autoestima, pero hoy sí puedo decirlo. Cuando alguien dice: Toño Ramos, sé que no sólo soy yo, sino toda una imagen de mí la que se proyecta entre amigos, conocidos, etcétera. Pero hoy, apenas me desperté después de tener pesadillas donde me peleaba no sé con cuánta gente, (huyo a las discusiones en cualquier sentido, me parecen siempre un intento vano para que otro diga que sí tiene la razón), prendí la televisión y en ella había un hombre. Se llamaba Antonio Ramos. Era el representante del grupo Los Temerarios. Antonio se veía muy seguro mientras mostraba los papeles que aseguran su relación con el grupo de música grupera. Cuando terminó la nota y volvieron al estudio, los comentaristas decían: "claro, Toño tiene toda la razón, veamos cómo le va a Toño Ramos," etcétera, etcétera, etcétera.
Apagué mejor la tele con la sensación de lo dobleteado, triplicado, quintiplicado que será mi nombre. ¿Cuántos Antonio Ramos habrá?

lunes, agosto 28, 2006

El que nunca llega/Entrevista con Hernán Bravo Varela

Alto, delgado, con lentes negros y un peinado siempre hacia atrás, Hernán Bravo Varela es un poeta, un reciente poeta, muy conocido en el joven ámbito de la poesía mexicana. Recientemente, junto con Ernesto Lumbreras, recopiló el más granado trabajo de los poetas de la generación que apenas despunta. El manantial latente, antología a manera de recopilación, recopilación a manera de antología que unió las miradas de Bravo Varela y Lumbreras se convirtió, casi de forma inmediata, en un libro obligatorio, un referente para constatar lo saludable de las nuevas generaciones de poetas y también, un libro polémico. Sin embargo, Hernán no llegó a la Fundación para las Letras Mexicanas por su oficio de poeta sino por otro, el de ensayista.


La poesía está en todas partes

De los tres a los diez años, Hernán tomó clases de solfeo y flauta dulce. Es casi obligatorio para él, decir que, además, ha interpretado a Telemann; poco, pero lo ha hecho. La poesía, primer puerto en su creación, llegó por ese medio: la música. Para Hernán la poesía parte del oír. La poesía, dice, siempre se está construyendo, las cosas siempre están en un continuo proceso de decirse. “El acto poético se lleva a cabo, idealmente, entre alguien que sabe despertar a través del lenguaje la esencia de las cosas y entre el lector, pero no necesariamente; la poesía ocurre por todas partes. El poeta establece una comunicación estrecha, casi entre el médium y el fantasma, entre eso que quiere decir el lenguaje y eso que quiere decir la cosa. Y por cosa digamos aflicción, visión, amor, muerte y bendición.”
Hernán llegó al ensayo después de leer a T. S. Eliot. “De las primeras lecturas de ensayo que tuve fue Eliot, y Elliot era implacable a la hora decirnos lo que el poeta moderno debe de hacer, pensar y escribir. Sentí que el asunto también era escribir no sólo poesía, sino hacerla acompañar de una predicación crítica: el ensayo. Ya después, el ensayo eligió temas más libres, asuntos aparentemente nimios de la vida. En ellos desahogo cosas que en el poema no puedo desarrollar, ya que el ensayo y el poema tienen dos miradas y dos tratamientos distintos.” Su proyecto, bastante amplio, intenta arrojar luz sobre todo un tipo de poetas desconocidos: los orillados, poetas de amplio calibre en el manejo de la lengua y la mirada poética, pero desconocidos, lejos del candelero publicitario. Algunos nombres son: Marosa di Giorgio, Abigael Bohórquez, Jaime Sáez, Juan Carlos Bustriazo Ortiz. “A veces, las tradiciones secundarias terminan formándonos más que todo un rincón recitable de la literatura”, afirma.

El tango del viudo

Los padres también forman al escritor. El padre de Hernán es un excelente lector de literatura decimonónica. Conoce la obra de Antonio Plaza, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, Ramón López Velarde y Pablo Neruda. Entonces, ¿cómo llegó la poesía para Hernán? “Mi papá me leía frecuentemente a Neruda y a López Velarde hasta que algo provocaron en mí, especialmente un poema de Neruda, que proviene de Residencia en la tierra: ‘Tango del viudo’. Recuerdo una imagen que me causaba morbo (y tal vez sea el morbo una entrada fascinante y peculiar al arte). Recuerdo el pasaje donde Neruda se dirige a su ex amante: ‘Y por oírte orinar, con esa orina delgada, trémula, argentina, ¿cuántas veces no daría este coro de sombras que poseo?’ La imagen de aquella mujer orinando a oscuras en una esquina, delante del hombre que está escribiendo, me pareció fascinante. A partir de ahí empecé a leer mucho más a Neruda. Y en López Velarde me sedujo también el mismo morbo. En esos poemas existe una niebla decadente y seductora. Todo ese ambiente oscuro, arrebatado pero moralmente ambiguo, me llamó la atención, y de ahí salté a la máquina de escribir y redacté mi primer ‘poema’ a la edad de doce años.”

Elías Nandino a los diecinueve años

Formulo una idea: Todo creador tiene una leyenda, una vida literaria que va de la mano de la obra. Si esto es cierto, la leyenda de Hernán inicia a los diecinueve años cuando obtiene el prestigiado Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. El libro, una reunión de varios segmentos y registros poéticos, fue escrito entre 1996 y 1999. “Extraño muy sinceramente esos días cuando escribí ese libro. Mataba las tardes al salir del cine, me ponía a escribir en un café y llegaba a casa a revisarlo solo, en ‘soledad sonora’, como dice San Juan”. Muy tarde Hernán se percató de lo valioso del premio. Subió al estrado a dar su discurso de recepción del premio con una corbata chillona, unos jeans que ya no le quedaban, un saco que le pidió prestado a su padre y en medio de la incertidumbre. “El azar es así. De pronto te coloca en un lugar que tu propia inocencia no esperaba.” Recientemente, Oficios de ciega pertenencia acaba de ser reeditado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

Esperando a Godot

Su sitio en la Fundación está en la primera sala. Comparte espacio con tres poetas y quien escribe esto. Llega temprano, desayuna algo ligero. Sale a comer religiosamente a las dos de la tarde. A veces viene en pants; las más, pulcra y elegantemente vestido. Tal parece que ha pasado mucho desde que su padre leyó sus primero poemas, tachándolos tal vez de curiosos, y desde que leyó a Eliot o escribió Oficios de ciega pertenencia, en particular esa última parte donde reelabora la historia del joven Cósimo, protagonista de la novela El Barón rampante, de Italo Calvino. Hernán está agradecido por que la Fundación le permitió entrar en una nueva casa creativa, el ensayo. Aunque es un nuevo hogar, dice, ha logrado adaptarse al ensayo como a la poesía y la traducción: “En ambos, la poesía y el ensayo, me siento como un extranjero que de pronto, al mes de estadía en esa casa que le han prestado, empieza a ver las cosas del mundo desde una ventana que no era la suya, cómo la luz va ocupando familiarmente el espacio antes desconocido. Es una cuestión de acostumbrarse a esa mirada.” Terminamos la charla con una pregunta que utilizo en las demás entrevistas: ¿Si la FLM fueran un montaje, qué tipo de personaje sería Hernán Bravo Varela? Espera para contestar: Godot, dice, el que nunca llega.

Muestra de la obra

(De “Cosimo en la niebla”, en Oficios de ciega pertenencia)
I


De no haber sido por el aire que me mueve, por el instrumento azul de los pinzones en el secreto de fresnos y olivos, la vida en suspensión sobre las ramas habría llegado a otro reino, saqueado alfanjes y arcabuces.
No hay vuelta atrás: hoy descubrirán mi huida, el último banquete de Ombrosa, ese juego final de pelucas en la cabeza de mi padre.
(Se me ha presentado la estrategia del vuelo entre mis manos. Alisios y contralisios golpeando la veleta de gallos silenciosos.)
De todas maneras, este quince de junio de mil setecientos setenta y siete iba a ser un día largamente perdido, sin remedio.

(Inéditos)

Del mar, o del milagro de la palabra mar en el desierto - dimes, diretes de ola cuando nada apuntaba a detenerse en la pureza inmóvil de la cal por la que irá de arena - dicho sea de paso, decir, quedarse, no le es dado al mar - Dios decidió el vaivén de lo que dura - del mar, de desembocaduras - Delta.


The poetry of earth is never dead - the poetry of dead is never earth - the earth of dead is never poetry - the earth of poetry is never dead - the dead of earth is never poetry - the dead of poetry is never earth (el ruiseñor, volando al ras del agua, escribe con cursivas: la poesía de la tierra no muere nunca) - Theta.



Muerte solar, amor multiplicado, alúmbranos - mancha fue la vida que enmudeció hasta minarse en música, en pureza - Mater mundi, he aquí tu mirlo ausente llagado en mi mirada tuya - Mi.



Si sólo al darte manos retomaras el pie que caminó inconcluso por tu senda - si y sólo si aceptaras incondicionalmente un sol sin freno, entonces me cegaría en ti para que despertaras en mis ojos - sabrías no negarme diciendo entre dos simples guiones - sí - sí a todas las guirnaldas sí al verano por eso te adamaba cuello de estar fugándote por un cabello solo espalda y nunca vueltos en sí por siempre hasta saberme a solas tuyas - Sigma.

A la orilla del río

Estela Xalaltenco Atlatenco es una mujer de treinta años, con una hija de nueve años, llamada Esmeralda. Estela vive en el estado de Puebla. Bajita, morena, rostro un tanto anguloso y cabello negro y corto le sirven muy bien para ocultar el poder de sus piernas. En sólo dos horas con cuarenta minutos y un segundo recorrió este domingo 27 los 42 kilómetros de la Maratón de la ciudad de México.
Cuando pasó frente a la línea de meta alzó los brazos y miró al cielo sólo por un momento antes de ser asediada por los organizadores quienes la cubrieron con una toalla. Estela caminaba a paso lento ahora, dolidas las piernas por el golpeteo de tanto camino, de tanta prisa por terminar el maratón. Volteó un par de veces hacia la zona de prensa y sonrió pero llevaba más cansancio que nada en los hombros.
Xalaltenco Atlatenco significa "A la orilla del río" y "A la orilla del camino". Estela cuenta que su única estrategia fue pegarse a las punteras donde venía la keniana Muthoni y la medallista mexicana María Elena Valencia. "Fue una carrera muy dura", dice, pero ella siguió. Dicen quienes lo han experimentado, que a partir del kilómetro veintisiete, el corredor de fondo pierde toda conciencia. Corre en automático. Nada le produce significación más que la carrera, el seguir adelante. Pasan los edificios como barro, los árboles como nada. Sólo tiene significado que la pista no termine y mantenerse en el trote.
"Tengo una hija de nueve años, se llama Esmeralda", dice Estela y sonríe. "A ella le dedico la carrera". Hay en ella una humildad terrible y un gozo extraño. A diferencia del ganador, un keniano de nombre Christopher Kypiego, que se desplaza por la sala de prensa con una certeza distinta, aquella de quien se sabía ganador desde antes de la competencia, por la fe en sus músculos y preparación, Estela está completamente sorprendida.
Soy el primero en verla entrar a la sala y el primero que coloca la grabadora frente a su boca. Escucho con claridad y la voz algo delgada todas sus respuestas. Frente a ella está un erizamiento de grabadoras y cámaras de televisión. Estela contesta a todo, repite hasta el cansancio las respuestas a las mismas preguntas. Reporteros hacen juicios de autoridad, se sienten los amos y señores del sitio. Contrasta su orgullo con la seria tranquilidad de Estela.
No todas las mañanas se tiene la oportunidad de estar tan cerca de un campeón, pienso cuando salgo de la sala de prensa y me dirigo a la salida. La veo cuando se la llevan a la sala de doping. Avanza con lentitud olvidándose creo, al instante, de todos nosotros. Somos grises para ella. Somos alguien más borroso en esa mañana, igual al resto de las competidoras que fue dejando atrás. Afuera de la ciudad deportiva muchos corredores y corredoras abandonan las instalaciones. Se pierden en las calles. Algunos llegan a un puesto de tacos de guisado y otros se detienen en puestos de tamales y atole. A la orilla del río, significa el primer apellido de Estela y me siento a la orilla del río cuando tomo un taxi que me lleve lejos de ahí.

domingo, agosto 27, 2006

La muerte de los padres

Perder un padre debe ser un dolor que te persigue hasta la muerte. Yo no lo sé. No lo entiendo. Veo a mis padres y me gustaría saber más sobre ellos: qué les preocupa, qué les mortifica, qué les alegra. Pero, al mismo tiempo del deseo, noto también la impotencia, el acto de eludirme. Perder a los padres debe de ser antes, un conocer a los padres porque, ¿cómo se puede perder lo que no se conoce?
Si hay personas extrañas y al mismo tiempo tan familiares, son ellos. ¡Quién fuera esos hijos que lo saben absolutamente todo sobre ellos!, que callan sus miserias, enzalzan sus triunfos, rectifican en la conciencia los hechos y también, porqué no, los cambian, los vuelven otros, los idealizan, los anhelan. Pero, ¡quién fuera un hijo que los viera con amor desde la crudeza, con amor desde el amor que se dan los padres entre ellos y que siempre es una barrera infranqueable, con amor desde la sentencia de muerte!
Hace ya semanas, tal vez un mes, que tuve la oportunidad de pasar una velada con Pedro Meyer, un fotógrafo de otro mundo y de otro tipo de corazón. Y sopeso las palabras al escribirlo. Hablamos de la muerte y hablamos también de la vida, no como pretexto, sino como lo esencial. Parece una frase obvia, inútil, falsa, pero ¿cuántas veces no olvidamos en realidad que vivimos?
Y claro, hablamos de cómo vivir con amor a pesar de todo. Y entonces, Pedro, me habló de su trabajo "Fotografío para recordar". Una serie de fotos sobre los padres de Pedro, una historia de amor hasta su fin, con la muerte de ambos.
Ver "Fotografío para recordar" no es sólo ver imágenes, es ver a tus padres. Tus padres aparecen ante tí con todas sus dudas y vacíos por llenar. A veces el arte es perturbador y debería de serlo siempre. Me quedaron muchas dudas al ver este trabajo fotográfico pero, sobre todo, me quedaron muchos deseos de conocer mejor a mis padres. Ese conocimiento debería de ser uno de los esenciales, creo, de todos nosotros.
Fotografío para recordar, Pedro Meyer

sábado, agosto 26, 2006

Ayer me recordaron la importancia de los talleres literarios. También, la importancia de un día aventarte tú solo a ver si aprendiste a revisarte, a corregirte y a oír lo que la historia dice dentro de tí.