lunes, octubre 12, 2009

Algo por la muerte del mayor Sabines

Hace mucho una amiga me mintió. No era ni será la primera vez. Me mintió diciéndome que tenía una enfermedad terminal, sida. ¿Qué hace uno cuando le dan esta noticia, alguien que uno considera cercana? Pues apoyarla, animarla, en suma, seguir el cause normal de la relación. Luego me dijo que ella quería un autógrafo de Sabines. Sabines iría ese fin de semana a la Fería del libro de Monterrey, que tendría acaso, su séptima edición. Ella no podía ir porque ese día le iba a limpiar la sangre y eso la dejaba muy agotada. Así que, con libro del chiapaneco en mano, me lancé a la feria. Primero fui al recital que ofreció en el teatro Luis Elizondo y después me lancé a la feria. En la fila había demasiadas personas, pero me tocó estar junto a una poeta, Elizabeth, recuerdo que se llama. Hablamos mucho rato, de libros, de que ella escribía, de que yo apenas empezaba a escribir. Le dije que conocía al Eduardo y ella me dijo que él era un gran escritor y representante de los escritores del estado, en fin. Así nos dieron las horas. Cuando finalmente llegué con Sabines le entregué el libro y le dije: para X y le conté brevemente por qué era para ella. Sabines escribió, para X, porque su amigo hizo fila por ella. Cuando le di el libro le pregunté cómo seguía y la cínica dijo: ¿de qué? Luego me enteré de la mentira, que había heredado no sé qué más, me enteré que ella le mentía a todo mundo. Dijo que sus padres habían muerto, había semanas que se hacía la española y seseaba con singular maestría. Siguió mintiendo y quien sabe si aún lo haga con aquella velocidad. Sus mentiras siempre terminaban en estadios vergonzosos. Una tarde, cuando enfrente de todos le dije que para qué se enojaba con una maestra que la había regañado por sesear, si ella sabía que ni era española ni nada, simplemente dejó de hablarme. Hizo un tremendo coraje y no volví a saber de ella sino un año más tarde. Me la encontré en las jardineras, esas jardineras que ya no existen en FFyL le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien. Luego le dije que cómo seguía de su enfermedad y me dijo muy feliz que se había curado (sí, se había curado del sida). Muy sorprendido le pregunté que cómo. Con unas hierbas, me dijo, un brujo me las dio. Pero oye, insistí, eres la primer persona en el mundo que se cura del sida, debes de avisarle a todo mundo, que te revisen o que vayan con el brujo o no sé qué más. Ella me dijo que simplemente, quería privacidad para su vida. Como dije antes, ya todo mundo sabíamos que ella mentía, mentía por enfermedad, por alteración, por evasión, etcétera. Ella era un cuento en carne vida. Ella era un escritor con una máquina de escribir u hoja en blanco a la n potencia. Cada mentira era una historia y cada historia una verdad aunque en el fondo se escondiera, terrible, otra forma de la miseria humana que todos tenemos a flor de piel.

5 comentarios:

Montserrat dijo...

Hola Toño.

Que lío con tu amiga mitómana. Yo también fui a la lectura del Luis Elizondo, pero no a la firma de los libros. Esa tarde de Sabines me trae muchos recuerdos muy lindos. Gracias por activarme el uso de la memoria.

Bendiciones!
M.-

Diana Gutiérrez dijo...

Cuando la literatura encarna. Qué buen texto.
Saludos

herr Boigen dijo...

Yo siempre le mentía / miento a los taxistas con quienes me subo. Me divertía porque era imposible ser descubierto. Pero esta vieja se lleva un trofeo!

Javier Munguía dijo...

Tu relato me recuerda mucho a Traveuras de la niña mala de Vargas Llosa. ¿La has leído? Saludos.

Suasnávar dijo...

Igual me recordó a Travesuras de la niña mala. Increíble libro. Las chilenitas. Saludos. F.T.