viernes, septiembre 29, 2006

jueves, septiembre 28, 2006

Cine Reforma

Se quemó el viejo cine Reforma. Las llamas hundieron el techo. El techo se ahogó en el fuego desplomándose sobre butaquerías famélicas, entre pasillos mugrientos y olvidados. En la pared de atrás del cine, se ahumaron los rostro del grupo Bronco, cuando anunciaban, en ese cine, el estreno mundial de su película. El cine Reforma era el último gigante de una época. Se elevaba imperial sobre la ciudad. Desde ahí atestiguó el paso de generaciones, la construcción del metro, la destrucción de otros cines para convertirlos en estacionamiento. Desde ahí vio cuando se levantó, perezosamente, el Faro de Comercio con su rayo legamoso. Se quemó el viejo cine Reforma. Las autoridades cortaron la circulación en avenida Madero y en Zuazua y Galeana. La gente miraba curiosa los últimos suspiros de esa ballena gris y astrosa, su alta pared frontal que encima parecía hincharse a punto de dar un eructo. Decía Reforma con letras rojas y en cursivas. Y se quemó. Yo no diré de las tardes que pasé frente a sus rejas frías y me detenía a hurgar en la humedad de colchonetas rojas, amontonadas y sucias. Yo no diré de los sueños que ahí se agolparon o se desvanecieron. Sólo diré y cantaré a sus llamas, a su invicta soledad amurallada. Ese viejo cine Reforma se quemó ayer. Desde cualquier punto de la ciudad se veían sus penas negruzcas en el aire. No estuvo Bronco para cantarle. Acaso algunos viejos que entraron a su sala y se sintieron en la boca de una arca. Ayer sólo habiá miradas que registraban cómo el gigante al fin, desaparecía, engullendo las llamas un olvido anticipado.

martes, septiembre 26, 2006

Hello Goodbye

Nadie nos enseña a decir adiós. Nos dicen que, para recibir a un visitante en casa, se deben de limpiar los rincones, preparar buena bebida, poner música al gusto de quien llega con todas las buenas intenciones. Pero nadie nos enseña a decir adiós. Sabemos que hay que abrazar al que llega de su exámen profesional, escribir palabras consentidas al que vuelve del hospital y dar besos al recién nacido. Hay jolgorio. Hay alegría. Nada mejor que abrir la puerta de tu casa y ver a cinco o seis personas que llegan a la fiesta con toda la disposición del mundo así haga calor o frío. O neve. O caiga un aguacero. O haga un calor de esos que te impulsan de inmediato a la alberca. Decir "hola" es la cosa más insospechada y esperada del mundo. Andamos con el "hola" a diestra a siniestra. "Hola" al entrar a la disco, "hola" al pedir una bebida, "hola" al entrar a una sala con gente nueva, "hola" al pedir la comida en un restaurante, "hola" al llegar a la ventanilla para pagar actas de nacimiento o sacar a alguien de la cárcel. "Hola", "hola", "hola".
Pero nadie nos enseña a decir adiós.
Por eso las lágrimas cuando alguien se nos va. Por eso la mirada nostálgica cuando dejamos un lugar de trabajo, por eso la garganta entrecortada cuando decimos adios con las manos en aeropuertos, centrales de autobuses y puertos. Tal vez nunca nos enseñan a decir "adiós" porque nunca nos dicen de la finitud de las cosas. Llegamos siempre para quedarnos. Para no irnos. Yo a veces juego con mis más cercanos a decirles que ellos nunca van a morir. Prefiero siempre decirles "hola" y "hola"y "hola". Pero nos gusta engañarnos. Nos gusta afirmar que las cosas durarán y durarán y durarán.
Hay que decir "hola" con la certeza de la despedida. "Hola" con la certeza de que luego diremos "adiós". Y pienso todo esto hoy que una buena amiga me dijo: "no puedo ni quitar los posters de mi lugar". Y lo dijo conmovida, extrañamente buscando cómo encontrar otra vez ese "hola" al quitar los posters. La única forma de aprender a decir adiós es diciéndolo, es viviéndolo como si fuera un cachorro, uno de esos gatos de tres semanas que a veces recogemos y les abrimos la boca y les acariciamos el lomo para que ronroneen. Decir adiós sin el miedo y con la certeza de que ese adiós siempre está abriendo un espacio nuevo en nuestras vidas, un sitio inédito como si fuera una cabaña recién comprada y quedándonos con ese lado luminoso del corazón, con ese tono festivo de lo que llega con cada despedida. Para entonces sí, cantarles, cantarles a nuestros muertos, nuestras casas, nuestros familiares y nuestro amor.
Adiós, Adiós.
Como dice la canción: "adiós mamá Carlota, adiós mi tierno amor".

jueves, septiembre 21, 2006

Dentadura

Mis dientes. Veo mis dientes. Los de arriba son un poco más grandes. Fueron los primeros en salir tras la caída de los dientes de leche y tal vez por eso, salieron con fuerza, expandiéndose a su gusto bajo las encías, enlazados, una muralla blanca. Mis dientes inferiores son un poco más pequeños. Casi no aparecen en mi boca cuando hablo, sólo cuando me carcajeo. Y me carcajeo mucho. No sé qué será de mis dientes aunque les doy un trato de reyes. A veces miro con nostalgia las dentaduras postizas. Me pregunto si un día las utilizaré como mi padre. Mis dientes. A veces en la calle veo algunos dignos de museo: salidos, filosos como acantilados. Otros tímidos, apenas visibles, tiernos para morder sólo brinzas, harinas, cosas blandas y suaves. Los míos son fuertes. Quiero a mis dientes porque son poderosos y parejos y miro de nuevo las dentaduras postizas. Cómo el hombre ha inventado todo lo que pierde con el tiempo. Pronto habrá corazones artificiales infalibles y pulmones e hígados. Las denturas postizas son tan sólo la arqueología de nuestro tiempo. Mis dientes nunca caeran ante ellas.

miércoles, septiembre 20, 2006

410 años

No es la más vieja del continente pero hoy, Monterrey, cumple 410 años. Carlos III nos gobernaba entonces cuando Diego de Montemayor dio el visto bueno a la zona. A pesar de ser fundada en tres ocasiones, de estar lejos de todo contacto con la capital, de sufrir inundaciones, ataques de chichimecas, sequías y más, el poblado dejó de ser pueblo para convertirse en ciudad. Y ahí van, candidatos a lo mejor en cuatrocientos diez años.
Gobernadores
Santiago Vidaurri
Bernardo Reyes
Alfonso Martínez Domínguez
Catástofres
Desbordamiento del río Santa Catarinaen 1909
Paso del huracán Gilberto en 1988
Explosión de la refinería de Pemex en San Rafael
Como escenario de guerra
La toma por los norteamericanos en la guerra de 1847
La toma de la ciudad por Felipe Ángeles en 1915
Personajes ilustres en las Artes
Fray Servando Teresa de Mier
José Eleuterio González, "Gonzalitos"
Alfonso Reyes
Generales importantes
Mariano Escobedo
Ignacio Zaragoza
Juan Zuazua
Sitios con tradición
La Macroplaza
La iglesia de la Purísima
La calzada Madero
Farándula
Piporro
El payaso Pipo
¿Ericka Buenfil?
Deportes
Blue Demon
El "abuelo" Cruz
Héctor Espino

martes, septiembre 19, 2006

21 años

Sólo puedo pensar en una cosa: la ciudad sigue sin estar preparada. Sus dobles pisos, las vecindades de la colonia Guerrero, los vetustos edificios de la colonia Roma, el caos vial frente a los amplios rascacielos pueden ser sólo los puntos de alerta máxima en caso de un nuevo temblor. Hace 21 años la ciudad se derrumbó como un acordeón sin aire. Se derrumbó de lado. Se aplastó igual que los pisos de un pastel al fallarle la levadura.
Hoy, a las siete y quince de la mañana la bandera en el Zócalo se colocó a media hasta y un estallido de sirenas de ambulancias y bomberos inundó la plancha capitalina. 21 años del temblo. 21 años de los fantasmas. Vivir en el Distrito Federal no es sólo soportar el tráfico, el smog, la conglomeración, el espírito arribista y ofensivo de sus habitantes. Es también apropiarte de su historia. Hacerte chilango aunque no lo quieras, aunque traigas el resentimiento o cuidado tradicional de la provincia en las venas. Uno se hace chilango aunque no se quiera. Come en los mercados como los de aquí, usa el metro como los de aquí, busca las quesadillas de hongos como los de aquí, asiste a Bellas Artes como los de aquí y ve las comedias en televisión como los de aquí. Claro, algunos ponen diques para no transformarse por completo: yo no he de comer una torta de tamal hasta el último día que decida quedarme en el d.f.
Pero también se comparten las historias y los dolores. Se vive en común el miedo o el recuerdo. Hoy, 19 de septiembre, se recuerdan 21 años del terremoto del 85. Yo no pienso en ese pasado, sino en las casas donde viven mis amigos, los edificios donde trabajan mis amigos. Hago una oración sencilla para que los muros y columnas aguanten. Soy, en ese sentido, completamente chilango. En los primeros años miraba con morbo las imágenes pero ahora no deseo verlas, para no tener imágenes del futuro. Pero me da una sensación de esperanza saber que la ciudad se reconstruyó. Es una ciudad hermosa a pesar de sus conflictos. Y ha sobrevivido.
¿Cuando será el fin de la ciudad de México? Esperemos que no sea pronto.

domingo, septiembre 17, 2006

CND

La gente avanza a empellones rumbo al zócalo por la calle de Madero. Hace rato el sol se ocultó y aparecieron nubarrones grises. A la gente eso no le importa. La gente avanza. Un grupo de mujeres descansa sentadas en el filo de las banquetas. Por los altavoces se transmiten canciones de protesta y algunos corean la letra mientras otros simpatizantes de la Convención Nacional venden revistas, periódicos. La Jornada es el único periódico nacional que se lee entre la gente. La portada: Los dos gritos, se reproduce indiscriminadamente a lo largo del camino. Pocos son los negocios que están abiertos. Uno de ellos, la camisería y venta de trajes, Aldo Conti, tiene abiertos todos sus locales donde tienen el fabuloso remate de 3x1. Un despachador se asoma a ver a los simpatizantes de Obrador que caminan y se detienen en su deseo por llegar a la plancha máxima del país.
Uno de los pliegos que entregan a la gente contiene los doce puntos a votar en la convención: el principal, decidir si Obrador es o no es el presidente "legítimo" de México y el otro si existirá o no un gabinete republicano. La gente lo comenta. La gente cuchichea. Hay una tensión en el aire, una que no viene del miedo, sino de la emoción. Una idea generalizada, un sentimiento compartido es que están formando un nuevo país, uno que les arrebataron en las elecciónes con la campaña del miedo de la que tanto se quejan.
Logramos avanzar hasta las inmediaciones al zócalo. Ahí las columnas se detienen. No hay más paso. La calle está topada, copada. Los gritos contra Fox son parte de las canciones. Cuando emerge del Zócalo una voz, un estruendo aparece en todas las vocas: ¡Obrador! ¡Obrador! ¡Obrador! Todos se quieren abrir paso. Nadie se puede mover. Ancianas aguardan apretadas, pequeñas ellas entre las espaldas amplias de los hombres y los niños en brazos. Los gritos de apoyo continúan, explotan, son confeti que se lleva el aire hacia el templete frente al Palacio Nacional.
Y luego, viene la lluvia.
Primero caen unas gotas gordas y la multitud observa el cielo, presiente la intensidad del agua. Y no se mueven. No pueden moverse. Un hombre, ya lo dice el refrán, un hombre precavido vale por dos, extrae con un acto de presdigitador, una lona de un metro cuadrado. ¿El color? Amarillo. Es un metro cuadrado. Un azulejo amarillo. Atrás la calle de Madero se eriza de paraguas. Hongos le nacen a las manos. Hongos negros, de colores tapizan la avenida. Y bajo el mosaico amarillo entramos 18 personas. Todos jalamos las puntas de la manta. Escuchamos el agua arreciar sobre ella pero estamos secos. Niños, una anciana, un par de hombres, mi mano, todos alzamos la manta para no mojarnos. Desde el lugar donde estamos varados se alcanzan a ver por encima de las cabezas, los bocinas para mandar el discurso a las cuatro esquinas del zócalo. En la catedral veo, temblorosa, una bandera nacional que hondea por las rachas de aire. Tiene una parte comida por un cohetón. La bandera está quemada en una orilla. Más metafórico, no puede ser.
Y luego vienen los gritos. La gente se aprieta. El aire escasea. Un tropel de cincuenta, ¿qué son cincuenta entre más de cien mil personas?, se abre paso contra la gente. Quiere salir. Anhela salir. Recién escampa cuando su primera avanzada llega con nosotros. No se vayan, no nos dejen, gritan muchos simpatizantes, pero la línea avanza sosegadamente, casi sin avanzar, hacia la salida. Nos metemos ahí. Nos mientan la madre. Nos hablan de lo poco nacionalistas que somos. Pero comenzamos a avanzar, a irnos del varadero. El aire es escaso. Un humor a calor humano que calienta las ropas mojadas se despliega en ese pequeño cuadro.
No avanzamos ni un metro cuando empieza el grito: ¡Hay una señora de noventa años con problemas!. Los gritos se suceden, pasan de boca en boca hacia la ambulancia. Entre todos armamos una valla y al rato aparece la señora en una silla de ruedas, con un tanque de oxígeno en las manos. Y ahí salimos. Nos desdibujamos de la Convención Nacional Demócrata.
Al final, sí hay votos. Pero ignoran. La Convención Nacional Demócrata, desde su inicio, nace muerta. Todos silencian a los que piden que Obrador sea coordinador de la resistencia. Nadie los escucha. Y reitero. La Convención Nacional Demócrata nace muerta cuando, al decir el nombre de Imaz como miembro de la Comisión política, de resistencia civil y proceso constituyente, se levanta un repudio generalizado. Fuera Imaz, gritan, nadie quiere a Imaz. Y ¿le hacen caso a la gente? No.
Estamos ahora, entonces, ante dos países, dos gobiernos espurios, como se dice. En ninguno de los dos importa la gente. Sólo se les da la dirección que otros quieren: por aquí o por allá, sólo eso. Fuera Imaz e Imaz no se fue. Y había niños, ancianas, mujeres que comían frijoles y arroz cobijadas bajo el toldo de restaurantes que en su vida, podrían pagar alguna cena ahí. También es cierto que la desigualdad nos va a partir en muchos Méxicos.

viernes, septiembre 15, 2006

Coloquio

Me interesan los creadores regiomontanos por ser regiomontano. Me interesa la historia de la literatura regiomontana tal vez, para ver en ella, el origen no genético, no de la tradición, puesto que al tradición es una argamasa de inciertos caminos y formas de inducción, pero si una geneaología de escritores: poetas o ensayistas que antes empuñaron la pluma. Nombres como Celedonio Junco de la Vega, Felipe Guerra Castro, Eusebio de la Cueva, Adriana García Roel, Josefina Niggli son parte de estos padres, no literarios, sí putativos, de la escritura en Monterrey.
Es Víctor Barrera Enderle acaso, quien más se ha preocupado por restaurar un cánon de la literatura regiomontana. ¿Es posible hablar de un cánon en la literatura regiomontana? Regiomontana sólo por su origen, aunque la agrupación sea en realidad más taxonómica que del espíritu que anima la obra? Creo que sí. Las ciudades adquieren una categoría distinta cuando hay creadores que la descubren a los demás. Hay un rastreo casi paleontológico.
Siempre, para mí, los autores de Monterrey se acotaban a quince, veinte nombres. Nombres con oficio. Por eso, hace días que me regalaron un par de la revista Coloquio, específicamente el número del primer aniversario, número doble con todos los autores regiomontanos de esa fecha, no pude más que sentir ese gusto por el pasado, no tan lejano, apenas trece años.
Trece años son suficientes para mostrar un antes y un ahora. Me sorprende, por ejemplo, que Julian Herbert esté como escritor regiomontano cuando es de Saltillo. A algunos no los conocí nunca, tal vez porque no pasaron del primer libro o dejaron la escritura para una visión más íntima y no tan pública. Otros desaparecieron. Algunos murieron. Aún así, va la lista.
Carmen Alardín, Luis Javier Alvarado, José Luis Cendejas, Eligio Coronado, Margarito Cuéllar, Armando Joel Dávila, Yuri Vladimir Delgado, Sonya Garza Rapport, Alejandro González, Macedonio González, Xorge González, Julian Herbert, Leticia Herrera, Oscar Efraín Herrera, Andrés Huerta, Patricia Laborde, Luis Carlos López, Guillermo Meléndez, Silvia Mijares, Felipe Montes, Andrés Montes de Oca, Malena Múzquiz, Samuel Noyola, Ofelia Pérez, Alfonso Reyes Martínez, Humberto Salazar, Horacio Salazar Ortíz, Graciela Salazar Reyna, José Eugenio Sánchez, José Luis Solis, Arnulfo Vigil, Minerva Margarita Villarreal, José Javier Villarreal, Claudia Villarreal, José Franciso Villarreal, Eduardo Zambrano, Héctor Alvarado, Mario Anteo, Guillermo Berrones, Gabriel Contreras, César Cubero, Graciela España, Romualdo Gallegos, Eloy Garza González, David González, Genaro Huacal, Joaquin Hurtado, Zacarías Jiménez, Patricia Laurent Kullick, Ramón López Castro, Juio César Méndez, José María Mendiola, Eduardo Antonio Parra, Rubén Soto, David Toscana, Hugo Valdés Manríquez, Alfredo Zapata.
Es curioso ver en la revista tanto rostro rejuvenecido. Antes de las obras, como si la escritura envejeciera. Antes de todas las batallas y los libros, sólo puedo pensar que ha sido una época fructífera para muchos de ellos aunque tambien, es cierto, muchos de ellos permanecen ya en silencio: no sé si exilio voluntario o involuntario. Pero hace trece años eran parte de los autores de Nuevo León. ¿Quienes serían entonces, los de ahora?

lunes, septiembre 11, 2006

Frases para recordar

¡Ah, quisiera que alguien me contestara! ¿Por qué entonces esta obsesión? ¿Por qué este dolor desajustado? ¿Por qué un libro no puede tener la misma alta medida que la necesidad de escribirlo? ¿ Por qué habita esta espléndida urgencia en tan modesto, oscuro sitio?
Josefina Vicens
El libro vacío

martes, septiembre 05, 2006

Dos opiniones sobre el veto a la ley del libro.

Coral Bracho Tomada de El diario El Universal.

Una ley originada en una iniciativa ciudadana, que beneficia igualmente a los lectores, a los editores y a los libreros -grandes y pequeños-, apoyada por todos los gremios de la cadena productiva del libro y aprobada en el Congreso, con el apoyo de todos los partidos políticos por las cámaras de diputados y senadores, fue irresponsablemente vetada -con argumentos que revelan una total ignorancia sobre su sentido y sus efectos- por el presidente Vicente Fox hace unos días.
El veto improvisado de Fox absurdamente propicia -nada más ni nada menos- todo lo que él dice querer evitar.
Si algo habría apoyado las políticas de fomento a la lectura que Fox quiso impulsar, sería sin duda la aplicación de esta ley que ahora veta. Se trata de una ley probada durante años en numerosos países (España, Francia, Alemania, Dinamarca, Portugal, Japón y Corea, entre muchos otros) como una ley necesaria para la sustentabilidad y proliferación de librerías que fomenta la diversidad de la oferta editorial y que, por si fuera poco, baja los precios de los libros.
En Francia, para dar un ejemplo, el número de librerías se multiplicó por cuatro en los últimos 20 años. En Finlandia, donde se prescindió de la ley, las 750 que tenía se redujeron a 450. El precio de los libros en todos los países que han adoptado esta ley, favorable a su producción y distribución, se ha mantenido por debajo de la inflación. En Inglaterra, donde hace 10 años dejó de observarse, el precio de la mayoría de los libros subió al doble de la inflación.
Bajo esta ley que no se apoya en subsidios, sino en permitir que las librerías sean rentables en cualquier punto del país -en cualquier ciudad, grande o pequeña-, los editores, que compiten entre sí con la calidad de sus catálogos y los precios de sus libros, fijan para cada uno de éstos un precio -de acuerdo con sus particulares costos de producción- que deberá respetarse en los distintos puntos de venta. Las librerías compiten, a su vez, entre sí con sus servicios y la diversidad o especificidad de los títulos que ofrecen. Los lectores se ven beneficiados por la diversificación de los títulos ofrecidos, por la multiplicación de los puntos de acceso en el país y por la reducción de los precios.
Bajo la ley del precio único, que tanto ha favorecido a la mayor parte de la industria editorial europea, el precio de los libros desciende por distintas razones que sanean la cadena que lleva al libro del autor al lector y que tienen como punto de partida una política distinta de descuentos al público. La posibilidad que tienen las librerías de dar descuentos al público se mantiene en buena parte de los casos. Sólo los títulos que no tengan más de tres años de antigüedad y no se hayan resurtido en un año, deben mantener el precio fijado originalmente por los editores para todas las librerías del país, como una medida de protección para ellas.
Las editoriales, bajo el sistema de precio único, como cualquier empresa, ofrecen a las librerías descuentos acordes con el volumen y las condiciones de compra, pero no se ven obligadas a inflar sus precios para sobrevivir -como sucede en los países que carecen de esta ley- para poder otorgar los descuentos, aún mayores, que algunas de las librerías necesitan -en detrimento de todas las demás- para poder ofrecer, a su vez, descuentos igualmente artificiales, y al fin y al cabo ilusorios. Si con la ley del precio único se beneficia a las grandes y pequeñas librerías, a las editoriales, a la creciente red de distribución y a los lectores, sin ella todos pierden, sin excepción.
La tendencia de la cadena del libro regida por la ley del precio único apunta, en todos los casos conocidos, hacia la diversidad, la sana competencia, la pluralidad democrática, la riqueza cultural, la libertad, la división de responsabilidades, la demanda creciente de nuevos títulos, la proliferación de lectores, etcétera. La tendencia sin ella, por otra parte, apunta al extremo opuesto: cada vez menos editoriales, cada vez menos libros, cada vez menos lectores, cada vez menos librerías. El escenario al que finalmente se tiende es el de un muy pequeño número de librerías que, en última instancia, atentan contra sí mismas al asfixiar irremediablemente la industria que debía sostenerlas, y que, al elaborar sus cada vez más reducidas listas de pedidos, concentran, casi a su pesar, las decisiones (compartidas quizá con otros comercios cuyos principales intereses son ajenos al libro) de qué se debe publicar, e incluso qué se debe escribir.
Es más que lamentable que la Comisión Federal de Competencia, con todos los datos a la mano, no haya alertado al presidente Fox de que al vetar el precio único de la ley estaba atentando contra lo que suponía defender. Es más que lamentable también que Fox no haya dado oídos a la inteligente y bien intencionada defensa de la ley que hicieron algunos de sus colaboradores, en apoyo de un vasto y representativo grupo de ciudadanos que ofreció generosamente su esfuerzo y su tiempo durante años en favor de una ley que no sólo beneficia a México, sino que era urgente poner en práctica. Como prueba de esto, entre muchísimas otras más, recordemos que México es, por mucho, el país con menos librerías per cápita en todo el continente, y que día con día, las poquísimas que sobreviven siguen cerrando.
Sergio Sarmiento. Tomado de el diario El Norte

Señor presidente Fox, usted tiene sobre su mesa, en algún lugar de esa mesa llena de papeles con pendientes de fin de sexenio, una iniciativa para una llamada Ley de Fomento para el Libro y la Lectura. El texto ya fue aprobado por el Senado y por la Cámara de Diputados.Sé que está recibiendo presiones para firmar la ley y publicarla. Por favor, no lo haga. El daño sería enorme.Quizá no recuerde usted mi editorial "Contra el libro" publicado en este mismo periódico el 23 de marzo del 2006. Desde entonces expresé mi preocupación por una ley que quizá en algunos puntos tenga aspectos positivos, pero que tiene un elemento tan perjudicial que ahoga todo lo demás: la obligación de que el precio de un libro sea el mismo en todo el país.Piénselo usted bien, señor presidente. Si usted aprueba esta ley convertirá en un delincuente a quien se atreva a dar un descuento en la venta de un libro.Quienes han promovido esta monstruosa iniciativa utilizan un lenguaje tomado del newspeak de George Orwell. Recordará usted que este escritor británico nos describió en su novela "1984" un régimen totalitario que inventa un idioma especial para hacer que lo malo parezca bueno. Es como cuando Ronald Reagan llamaba a los misiles "preservadores de la paz".De la misma manera, esta iniciativa, cuyo propósito es elevar el precio de los libros al prohibir los descuentos, y que implicará por lo tanto una disminución de la lectura en nuestro país, se presenta -sin ironía, con desfachatez-como la "Ley de Fomento para el Libro y la Lectura".No se requiere mucha sapiencia económica, señor presidente, para saber por qué la ley causará un aumento en los precios de los libros. Si se obliga a que un libro se venda al mismo precio en cualquier lugar del país, sin importar los costos de distribución ni las condiciones de mercado, se estará eliminando una flexibilidad fundamental para un buen desempeño económico. Así, los precios se elevarán al nivel que tienen en el punto de venta menos competitivo o simplemente los libros no llegarán a lugares cuyos costos de distribución sean demasiado altos. La consecuencia de esta ley será impedir la venta de libros en las zonas más apartadas del país y subir los precios en las grandes ciudades por la prohibición de dar descuentos.Quienes buscan promover sus intereses económicos con esta ley le han presentado a usted argumentos que dicen que en otros países, como Francia, Alemania y España, ha habido muchos beneficios por el sistema de precio único. Pero independientemente de que éstos son países pequeños y magníficamente bien comunicados, en que los costos de transporte a casi cualquier lugar son iguales, los libros son más caros en esos países.Pregunte usted a la gente del servicio exterior. Le dirán que los libros en Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido, países con libertad de precios, son más baratos que en Francia, Alemania o España que tienen precio único. Quienes hemos sido estudiantes siempre hemos sabido que un Penguin inglés es más barato que el equivalente Livre de Poche francés. Pero déjeme decirle que muchas veces es más barato, incluso, comprar un libro francés en Inglaterra que en Francia.Pregunte usted a nuestra Comisión Federal de Competencia. Sin duda le proporcionará información que señala que los libros en los países con libertad de precios son entre un 20 y un 30 por ciento más baratos que en los que tienen precio único. Por eso Finlandia, un país comprometido con la educación y la lectura, dejó el precio único en 1971.De hecho, la Comisión le dirá que el precio único ni abarata los libros, ni genera una más dinámica industria editorial ni promueve el surgimiento de nuevas librerías. Todo lo contrario, al eliminar la flexibilidad de precios, encarece los libros, reduce la competitividad de las editoriales e impide el surgimiento de nuevos puntos de venta.Yo entiendo que hay presiones para que usted firme esta iniciativa. La industria editorial piensa que de esta manera puede reducir la competencia y obtener mayores precios por sus libros. La Secretaría de Educación, presionada por los editores, busca darles a éstos un pequeño regalo de fin de sexenio. Algunos intelectuales de izquierda, que desconfían de la competencia, afirman que hay que sacar al libro del mercado.Pero piense usted la responsabilidad histórica que tiene. Un estadista no puede aprobar una ley simplemente para quedar bien con unos cuantos. ¿Quiere promulgar una ley que subiría los precios de los libros, impediría que llegaran libros a zonas aisladas y reduciría aun más los índices de lectura de nuestro país? Y, por otra parte, en este país en el que tenemos tantos criminales en las calles, ¿verdaderamente piensa usted que es correcto convertir en un delincuente a un librero por el delito de dar un descuento en la venta de un libro?
Mi pregunta final
¿Cuál es el punto de vista correcto, veraz? Es difícil crear un punto de vista sin demasiadas herramientas. Recuerdo entonces algo de la facultad. Una compañera quería refutar a un maestro y su último intento fue: "por favor". El maestro dijo: "nada de por favor, hechos, sobre eso se justifica, un hecho que uno haya comprobado, no oído".

lunes, septiembre 04, 2006

20 años del Centro de Escritores de Nuevo León

La invitación es escueta. Se invita al público, a la comunidad literaria de Monterrey específicamente, a la presentación de la primera parte del documental sobre los "20 años del Centro de Escritores de Nuevo León". El documental, mediante 43 entrevistas y el fichado de todos los autores que han pasado por el centro, intenta otorgar una memoria sobre la máxima instancia literaria en el estado de Nuevo León y me animo a decir que del Noreste del país, para la formación de escritores.
En Centro de Escritores de Nuevo León nació hace 20 años a instancias del poeta Jorge Cantú de la Garza, gloria más que local de las letras nuevoleonesas y que instaló en Monterrey un centro a imagen y casi semejanza del Centro Mexicano de Escritores, donde él había estado en años anteriores. La primera generación se vio envuelta en la polémica y otorgó al primer creador que dimitió la beca, el primero de dos en casi veinte años.
Desde entonces, año con año los escritores regiomontanos velaban la salida de la convocatoria. La oportunidad de mejorar siempre es una tentación. El Centro dio la oportunidad de profesionalizar el trabajo del escritor en el Estado. Apoyó en momentos difíciles. Fue el brazo generoso y benefactor para la creación literaria. El sistema era simple: presentar un proyecto, asistir a sesiones semanales de crítica dirigida por el tutor y director del centro, leer los adelantos de los libros proyectados a la mitad de la beca ante la comunidad literaria y al final, terminar el proyecto.
Los autores, salvo una ocasión, no podían repetir la beca. Con esto se garantizaba la apertura a todos los tipos de creadores y sobre todo, como se vio años adelante, darle la oportunidad a los jóvenes. El Centro ha tenido pocos tutores en estos veinte años, siendo el más importante el escritor Héctor Alvarado quien estuvo al frente más de una década. Otros tutores fueron Mario Anteo, Margarito Cuellar y Dulce María González.
Los nombres de los becarios es amplia y llena de autores presentes no sólo en el hacer literario de la ciudad sino nacional: Patricia Laurent Kullick, José Eugenio Sánchez, David Toscana, Eduardo Antonio Parra, Felipe Montes, Ofelia Pérez Sepúlveda, el mismo Héctor Alvarado, Joaquín Hurtado, Armando Alanis Pulido, Luis Aguilar, Ramón López Castro. Gabriel González Melendez, Armando Joel Dávila, Ana Kulick, Mario Cantú Toscano, Luis Felipe Gómez Lomelí, Cuitlahuac Quiroga y una larga lista de creadores quienes han visto en la beca del Centro de Escritores de Nuevo León una confirmación de la escritura, un punto de fuga o de remanso para la actividad creadora.
Y ahora, el Centro cumple ya 20 años. Desde el germen de la idea en Jorge Cantú de la Garza hasta los becarios actuales, creo, se mantiene en firme una vocación: transmitir la vida desde todos los puntos de encuentro, desde un caleidoscopio creativo. Sin fronteras el creador se mueve a todos los puntos posibles de la palabra. Es el Centro también uno de esos oasis donde se puede el creador detener a descansar y después, lanzarse al desierto de la palabra y las emociones; a esa grieta luminosa que es la escritura.

viernes, septiembre 01, 2006

Porque salva la vida

A menudo escucho a los escritores responder, ante la pregunta del porqué de su escritura, una respuesta que parece arrebatada de bocas y y mas bocas: "Porque la literatura y la escritura salvan". Lo dicen con la certeza de ser rescatados. También dicen que, al escribir, ordenan el mundo de una forma que a ellos les parezca la correcta y si no la correcta, al menos la más clara para entenderlo. Yo también he dicho esas respuestas cuando me preguntan porqué escribo cuando en realidad, la respuesta debe de ser: "no sé".
Pero, está bien. La respuesta parte, estimo, de la sinceridad compartida del creador. Entre los creadores debe de existir cierta empatía espiritual a pesar de sus amplias diferencias. A los escritores los salva la palabra, la literatura. Abrazan la literatura de manera generosa. Pero, ¿quién nos salva de ella? A veces es como un desgarrarse. Escribir es el paso de Calais: esocger entre Caribdis y Escila. El creador no sale indenme. No porque se ordena el mundo se ordena uno como ser humano. ¿Quién nos salvará también de la literatura?
Cada cuento mal escrito: la primera boca de Escila. Cada novela que se pierde en el cajón por mala: la segunda boca de Escila. Cada estilo que se atrofia: la tercera boca de Escila. Cada vez que te das cuenta que algo tuyo no logró conmocionar: la cuarta bca de Escila. Leer novelas sorprendentes y forzosamente compararte a la negativa: la quinta boca de Escila. Toda una vida escribir y escribir con el miedo oculto, pero presente de tus textos carecen de vida: la temible sexta boca de Escila.
¿Quién nos salvará también de la literatura?
Las vidas de los escritores son terribles también. No conozco a uno que se haya sentido confuso, terriblemente decepcionado cuando el texto no logra mostrarse como él hubiera querido. Aunque también hay quienes desdeñan a todo el que no entendió su texto por no ser un lector a la altura de su escritua (siempre magnánima, luminosa, llena de símbolos, puertas falsas, pasadizos psicológicos para afianzar personajes y acciones), la mayoría no soportamos una crítica demoledora. No es ya la visión de: "si falla mi texto fallo yo como persona", sino, la vuelta a la realidad de lo inacabado del trabajo.
Ulises era un genio, dice la mitología griega, un genio para salvar a su tripulación en el paso de Mesina. En el fondo, todo el que toma la pluma, calladamente en la mayoría, queremos ser esos genios. Nombres como Faulkner, Carver, Quevedo, Rulfo, García Márquez, Borges, Cortázar, Bocaccio, Jelinek, etcétera, son aspiraciones y también lozas. Es muy difícil ser original. El escritor siempre está peleando contra esas seis cabezas del monstruo.
¿Quién nos salvará de la literatura que a su vez nos salva del caos del mundo?
No encuentro la respuesta. Sólo atino a que es una lucha constante. Y sólo los más constantes, no los más fuertes, no los más inteligentes, no los genios, sobreviven. Más que talento para escribir, se necesita talento para sobrevivir.