martes, abril 01, 2025

El flypi que te compré
la cafetera que te traje
el viaje que hice de vuelta
el tejuino que compartimos
el sol a su punto
el libro que te peleé
el mor dicho muchas veces
el perro una y otra vez
los perros
la casa abandonada
el pozole de res
cuyo nombre siempre olvido
son esas cosas
que conforman el paisaje
de lo perdido.

lunes, marzo 31, 2025

Tres lecciones de 500 pesos

Llegué a San Luis Potosí por la noche del jueves, después de dos días de trabajo arduo en nueve escuelas de la zona de San Miguel de Allende y Dolores, así como de encuentro virtuales con alumnos de preparatoria de la Fundación León. Venía cansado, después de madrugar, sumada una cuestión emocional y sentimental que no hace más que reproducir sus vicios y que espero, pronto se ordene. Pero aún así, venía con el ánimo bajo. Pero también venía cargado de regalos y de buenos gestos, entre ellos un casco espacial hecho a mi medida y una cajita de cartón, aun con moño, en donde guardaba otras cosas. En la taquilla de taxis una mujer ya mayor, con lentes con mucha graduación, me despachó rápido y no me vendió ningún boleto porque no tenía cambio de un billete de 500. Pregunte en los taxis, me ordenó. Fui con uno de ellos y me dijo que tampoco tenía, que no me podía llevar. Entonces me di cuenta que no traía la cajita conmigo. Asustado, volví a la taquilla, que tenía una pequeña repisa, para ver si ahí la había dejado. Cuando le pregunté a la despachadora sólo se alzó de hombros y dijo: "yo no soy responsable de lo que pone la gente ahí". En efecto, tenía razón, pero uno espera un poco de colaboración en los momentos de desconcierto. Salí al estacionamiento, pensando que ya la había perdido y, con ella, todos esos bonitos gestos y artefactos que me habían regalado los niños de San Miguel cuando la vi a la orilla de una cuneta y la recogí. Fastidiado, me dije, ya quiero llegar al hotel. Así que abordé un taxi atendido por un muchacho, pero antes le alerté que sólo traía un billete de 500 pesos y debía tener cambio. Debí alertarme desde que me empezó a decir "rey para acá", "rey para allá". Y más, cuando me dijo, "el centro está cerrado. Voy a tener que dar una vuelta larga". Hasta eso, avisó. Conozco los caminos al centro de San Luis y me dije, qué tanto puede salir, ya con llegar, está bien. Todo el camino, el taxista me habló de rey y de rey, como si la cháchara me fuera a despistar. Un par de veces, para presionar, le sugerí algunos cambios en la ruta, pero se mantuvo firme. Bueno, yo acepté, me dije. Para incomodarlo, cosa que no logré, lo empecé a cuestionar por el camino, pero él, firme, dijo que el centro estaba bloqueado y debía entrar por otro lado. "Ahorita lo vas a ver, rey". Al fin nos dirigimos al centro y, ya impaciente, noté que dio una vuelta en U en donde no debía y que se alejaba de nuevo del hotel. Hasta aquí, me dije. Ahora sí, sentía que se estaba burlando de mí. No porque antes no lo supiera, pero en lo que yo podía conceder, no estaba que se extendiera más de cierta cantidad. "Déjame aquí", le dije, porque de pronto me di cuenta que estaba en una situación de riesgo en la que yo solo me había puesto. "Claro, rey, disculpame, rey". Bajé las maletas y revisé que no dejara nada y entonces saqué el billete de 500 pesos. Y me dije, rápidamente, si le pago la corrida se irá como si nada. Y tomé la siguiente descisión. Le dije, "ten los 500, ya mentiste mucho por tenerlos, te los ganaste". "Gracias, rey", respondió y se fue, quiero creer que un día entenderá lo que sucedió y lo que intenté hacer conmigo, pero algo me dice que no. Irá timando gente, asustando gente, por unos pesos que nunca le van a alcanzar. o tal vez sí los necesitaba, en fin. Sí, perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Fui al cajero, entonces al día siguiente, y me volvieron a dar tres billetes de 500 pesos. Quería ir al museo de la máscara. Cuando llegué había un concurso de oratoria. El guardia en la entrada me dijo: "son 20 pesos". Saqué el billete y me contestó: "Uy, no, joven, no tenemos cambio". Me quedé perplejo, es decir, teóricamente, es un servidor público. "¿Entonces, no me va a dejar entrar?" Negó con la cabeza. Por un momento, créanme, vacilé con la idea de ir a buscar cambio, no sé, comprar un refresco, algo, alguna cosa en la tienda, para poder pagarle y entonces me dije que esa no era mi responsabilidad, que debía ser tratado no con exceso de cortesía, pero sí que debía ser atendido. "¿En serio no me va a dejar pasar si no me puede cobrar?", le pregunté. "Es que sí hay que pagar". Debo aclarar en este punto el lamentable estado de los museos de San Luis Potosí. Hay abandono en esos lugares, polvo, agua estancada, cosas que no funcionan, me parece que sólo se salva el Museo Federico Silva y el MAC. Los demás, incluso el Leonora Carrington, se ven desolados y tristes. El guardia era una representación de eso. Le dejé el billete y le dije: "A la salida me da el cambio, porque no es mi responsabilidad conseguirle el vuelto". Al final me regresaron mis 480 pesos. Quiero creer que el guardia aprendió algo, pero yo creo que no. Y no, no perdí dinero, pero creo que gané otra cosa.
Finalmente, ayer, por la mañana, salí a caminar por el centro, rumbo al mercado Hidalgo. Los andadores estaban desolados. Un par de policías comían su tamal y atole en una esquina. De pronto di la vuelta en la calle de González Ortega y me apareció un muchacho frágil, delgado, sucio, con la mirada de extraviada. Me abordó, me preguntó si le podía dar algo de dinero. Me negué y le respondí: "No traigo". Y en ese momento recordé, que un día atrás, había comido en esa calle, en casa de unos amigos muy queridos, que contaba con habitación y amistades en ese sitio y que no necesitaba mentir. ¿Qué me hacía mentir a un chico como él? Pude haber dicho "no quiero". "Ahora no". Etcétera. Pero mentí: dije: "No tengo". Y sí, sí tenía. Ya había dado varios pasos, dejándolo atrás y me detuve. Me regresé. Abrí la cartera y le entregué el último billete de 500. El chico abrió mucho los ojos, se inclinó y santiguó el billete. "Espero que te sirva y un día te los ganes de otra forma", le dije, pero él ya se iba, asombrado. Y sí, pues, perdí dinero, pero creo que al final, gané otra cosa. Algo mucho más valioso que el dinero en estos tres lances, en estas tres lecciones de 500 pesos. 

lunes, marzo 10, 2025

No sé en qué momento empecé a ir con mi papá al cine. Realmente no lo tengo registrado, y ahora es una de las cosas favoritas que le gusta hacer conmigo. Hoy, que acabo de llegar, le dije que si íbamos y rápido se metió a bañar para ir juntos. Tuvo un día largo, consulta en la clínica, luego fue a caminar, pero estaba aburrido. Además, no estaré en casa por muchos fines de semana, creo que hasta finales o mediados de abril. Así que me lo llevo al cine, a mirar la vida desde la pantalla, pero la vida de cerca, también, lado a lado.

jueves, marzo 06, 2025

Sigo reproduciendo un patrón. Me dicen que algo hago mal, pero como no guardo la evidencia, acepto sin chistar mi error y sigo adelante, aunque no sepa bien a bien qué pasó. Ofrezco, según yo, resistencia, pero cedo. Luego me dan mi recompensa. Qué espanto.

miércoles, febrero 26, 2025

 Hacíamos colecciones. Si alguien decía un poema sobre la luz, entonces les pedía a alguien que buscara otro poema sobre la luz, a alguien más que trajera un espejo para reflejarla, otro debía contar una historia donde la luz fuera su recuerdo más bonito, otra persona debía hacer un dibujo donde la luz fuera lo más importante. Después, reunidos, compartíamos nuestros hallazgos, la luz vuelta poesía, color, sonido, memoria. A veces, sin embargo, lo que nos motivaba era algo triste, como una tarde que leímos Las muertas de María Ribera. Entonces, buscamos poemas, pero también historias de desaparecidas. Les pedí que hiciéramos un mapa, y en el mapa, en cada estado, nombres de hombres y mujeres desaparecidas. Y poemas que los recordaran, versos, porque cada desaparecido tiene también el derecho de sonar como un poema de amor. Eso hacíamos en Salas de lectura, cuando era docente, cuando de cierta manera era feliz con los libros.

sábado, febrero 08, 2025

Resulta curioso cómo adoptas autores para tu canon personal. Al principio sólo conoces de él o de ella una obra, una referencia vaga, por lo general, sobre tal o cual obra que anida en tu cerebro de lector y sabes que tendrás un libro suyo. Es casi como una predestinación. Tal poema. Tal historia. Tal libro. Y lo compras. Sabes que hay algo para ti ahí, en ese nombre de autor que resuena. Y luego compruebas que realmente sí te gusta, que al leerlo no desaparece esa curiosidad que se vuelve en interés, en seducción, en complicidad. Eso me ha sucedido desde hace un año o más, con la obra de Vicente Herrasti, un narrador mexicano nacido en los 60 y con una obra breve, más no escueta, en donde su mayor apuesta es olvidarse de la contemporaneidad para construir espacios que lindan en los tiempos pasados con una maestría que es como un abrazo. Tal vez, tal vez, tampoco es un autor para las masas. Hace tiempo me invitaron a presentar a un autor español, de como dicen ellos, de super ventas. Estaba muy preocupado porque debía leer cuatro obras suyas para tener la conversación con él ante un auditorio que imaginaba colmado de seguidores. La carga laboral no me dejó avanzar y faltando un día abrí sus libros, preocupado. Para mi sorpresa me encontré una prosa líquida, párrafos muy breves, diálogos ligeros con poca sustancia, aunque se entreveían los lugares comunes de cierto tipo de literatura ligera, que apuesta más por la repetición de ideas ya aceptadas sobre la muerte, el amor y la tristeza. Suspiré aliviado. En dos o tres horas ya sabía de qué iba aquello y que no necesitaba en realidad preocuparme. No sé si pudiera hacer eso con la obra de Herrasti. En Las muertes de Gengi, por ejemplo, se introduce en la vida de cuatro personas que giran alrededor de este célebre libro japonés. Cada historia se escribe con calma y soltura. El conocimiento de la literatura japonesa y de ese libro en particular es asombrosa. Hay un montón de escenas sobre lo místico, la violencia, la soledad, un desarrollo gradual y profundo de los personajes. De pronto te da la sensación de que Herrasti, como un buen jugador de ajedrez, que no sé si lo sea, prepara una escena a la que quiere llegar con más de 50 páginas de anticipación. Y esa paciencia da buenas recompensas a quien lee. En La muerte del filósofo, nos lleva a la muerte de Gorgias, el sofista de Leontinos y el periplo de Akorna, el esclavo a su servicio. Por aquí o por allá salpica el conocimiento de la cultura griega, de la vida cotidiana de su tiempo, en fin. Una muestra de saber sostener con maestría los tiempos pasados. Ahota leo Fue, que me recuerda el inicio de La muerte de Virgilio y, cómo esa novela, está ubicada en la Roma Imperial. Van apenas 50 páginas y los personajes giran alrededor de la muerte misteriosa de un pasajero ya entrado en años. Me faltan como 450 páginas más de lectura, pero sé que serán dichosas. Luego iré por Diorama, que tengo en una primera edición de Joaquín Mortiz, ese célebre sello literario, me parece, ya desaparecido tras la compra por parte de Planeta. Tenemos qué hablar un día de cómo esos sellos se compran para desaparecer. Seguiré leyendo a Herrasti, luego vuelvo aquí, para mí, con noticias de los dos libros.

martes, enero 21, 2025

700 post

 Inicié este blog hace tantos años que leerlo es como entrar a un espacio de la ficción; sí, de la ficción de nuestras propias vidas. En esa época los blogs surgían como un espacio real de intercambio y como buenos exploradores toda una generación nos fuimos a colonizarlo. No nos conocíamos entre nosotros, pero conocíamos nuestros blogs. Nos acompañaba nuestra escritura como un daemon que nos reflejaba mejor que cualquier libro que pudiéramos leer. Había, y eso no existe en las redes sociales que surgieron después, una honestidad rabiosa. Era fácil al hablar de ti, salirse de la máscara. Es decir: éramos como éramos. Mostrábamos lo que éramos. No había medias tintas. No existía la cultura del filtro como lo existe ahora. Escribíamos para ser, no para mostrarnos como otros. La escritura, aunque mentira, está compuesta de la verdad. Se asoma lo que somos aunque no lo queramos. Los videos no, acaso los podcast sean lo más cercano a esto. Escribo esto porque este post es el número 700. De aquí surgieron amigos y complicidades, incluso un libro del que ahora reniego. Era otra época. No sé si más clara o más ingenua. El primer post de este blog fue un cuento de una pareja que está por separarse. El atardecer se despliega ante ellos con su sonora belleza, pero donde él ve esperanza mientras lo contempla, ella mira inacción y poca decisión en él. Al final cada quien se va por su lado. Supongo que incluso ahora, esa diferencia de miras ha regido mi vida. Donde yo he visto algo, mi ex pareja miró otra cosa. Y así. 

En enero del 2005 mi vida era otra. Vivía entonces en un cuarto en el depa de una dentista de la que no sé nada al día de hoy. Trabajaba en el ILCE. Todas las mañanas salía del edificio y caminaba un kilómetro y medio para tomar el micro que me dejaba en las torres Zafiro, frente a TV Azteca. Compraba una torta de jamón o un sándwich y un atole con una señora que ponía su puesto al salir del elevador y me sentaba ocho horas a trabajar en la edición de libros digitales de la SEP. Cerca estaban todos los del proyecto de ENCICLOMEDIA del gobierno de Fox y de algunos me hice buen amigo aunque más de mis compañeros del ILCE. Fuimos a beber varias veces, a Six flags, organizamos fiestas espectaculares. Total, todos teníamos 26, 27 años. Yo aún no me enamoraba de con quien estuve brevemente a mediados de ese año. Y vivía en una soledad inquieta. Veía chicas y me emocionaba, pero nunca lograba dar el primer paso. Me concentraba en escribir. Creo que estaban por darme una beca, de las más significativas que he tenido y gozaba de otra en ese momento, de hecho escribia el que a la postre fue mi segundo libro, pero en ese 11 de enero aun no. Así que nadaba en el dulce trabajo de escribir, de leer, de trabajar. 

A las tres de la tarde hacía el camino a casa. Abordaba un micro -a veces comía unas quesadillas en un mercadillo cercano, o carnitas en un puesto antes de cruzar el puente de Periférico-. A veces llegaba a Perisur, al cine, o para comer en la zona de restaurantes, o leía en el Sanborns. Luego llegaba a casa, subía los cuatro pisos, me encerraba en el cuarto, leía, miraba televisión, escribía por las tardes. En ocasiones iba con la dentista a casa de sus padres, porque su familia me había adoptado, o salía con ella y su novio, un tipo del que no era tan fan. Quién sabe qué se habrán hecho, en dónde estarán de su camino en este momento. A lo mejor se acordarán de mi en ocasiones.

Ese año la casa en la que estábamos tenía una cocina con repisa y puertas y ventanillas de madera. A veces, cuando salía, al volver cenaba tacos de pastor en un puesto junto al centro cívico o miraba televisión antes de dormir. O tal vez ya me había enamorado. Sí, creo que fue justo el año anterior que tuve una relación con una mujer mayor, que no tan sutilmente decidió terminar la relación cuando era ella quien la había iniciado. pero claro, era un mocoso de ¿27, 28 años? Iba al taller de escritura los miércoles. Contaba con algunos amigos defeños. Y escribía mi segundo libro. Y pensaba que era un tipo genial, tímido, sí, pero genial.

Y me dije, voy a escribir cuentos cortos en este blog. Y lo hice. Escribía en la oficina, en los cafés internets de su tiempo, tan bulliciosos, tan comunitarios, tan emblemáticos. Eran como la otra versión de los Arcade Club. Decenas de personas ante su computadora, en los chats room, en los blogs, en sus mails, con el messanger en su época dorada. Me dije, escribiré. Tendré un blog sobre escritura y cuentos y me aficioné tanto que terminé haciendo tres, el segundo con escritos más personales. Uno tercero, con reseñas de libros.

Y ahora, 20 años después, llego al post 700. Me pasé por 11 días de celebrarlo bien, en su vigésimo aniversario. Larga vida a mí, claro, para poder seguir escribiendo en este blog que ahora no pretende volveremos escritor, sino solo darme tinta electrónica para recordarme, porque ahora solo escribo para recordar.

miércoles, enero 15, 2025

Si una casa no tiene el concepto "estar" no es una casa. Una casa es la cama, pero también el sitio donde te acomodas a comer frente a ti mismo, haya televisión o no frente a eso, una mesilla para colocar un libro que se lee a mordiditas, mientras se lleva la cuchara a la boca con algo caliente. Pienso que eso es lo que le falta a mi casa, el concepto "estar en casa". No sé si es la falta de puertas, que evitarían el vendaval jaurío en mi recámara y en el sanitario, o la falta de agua caliente. Alguna vez me mudé y, sin agua, sentía que le faltaba sangre a la casa. Ahí estaban los ductos, las mangueras, pero secas. Esta casa tiene agua, luz, pero le falta el sitio en donde me pueda acomodar. Dormitar. Oír música. Eso. De mi vida personal, ya mejor ni comento. 

jueves, enero 02, 2025

un día voy a "destruir" mi cuerpo.

Eso pensaba hace años, cuando me aparecían de imprevisto en la tele rostros y cuerpos esculpidos por el gimnasio. Sería bueno, pensaba entonces, en un día iniciar mi fase de destrucción de mi cuerpo, amoldarlo a lo que los músculos bien tonificados pueden decir de mí. Pero no lo hacía, claro. Pasaba de largo, porque, qué flojera hacer ejercicio, ir al gimnasio, tener una rutina de pesas, cardio, peso muerto. Así que seguía en mi natural estado de paz sedentaria. Pero era más joven, claro; 33, 36 años. Mi cuerpo reaccionaba en paz a la ingesta de carbohidratos, grasas, al caminar pausado, al estar frente al televisor, al subir las escaleras. Pero los años continuaron. La pausa también. El sedentarismo. Tuve mis escapadas inesperadas de picos altos de demanda física, como caminar kilómetros y kilómetros en viajes a ciudades europeas donde nunca sales de un amplio cuadrante, como cargar cajas de libros en ferias, pero no era lo mismo. Luego, una tarde me caí y mi rodilla resintió el golpe. Desde entonces, subir escaleras era un poco más complicado. Pero no cambié. Y seguí en mi ingesta normal de comida, saturado. Subí un montón de kilos, los bajé, los volví a subir. 
De pronto, el año antepasado, dos ideas y un hecho me hicieron considerar algo más. Las ideas, una, apareció en tik tok, dicha al parecer, por Sócrates -cosa que dudo mucho-, y que decía, palabras más, palabras menos, qué lástima que un hombre no sepa nunca cómo podría haber sido su cuerpo trabajando con la disciplina del acondicionamiento físico. La segunda fue: la gente puede comprar lo que quiera, menos un cuerpo bien trabajado. Y el hecho fue que, acostumbrado a tomar aviones, no siempre los abordo por las puertas tradicionales, en ocasiones debo subir escalerillas. Y fue una temporada de subir penosamente las escaleras que me dije, no puede ser que, a mi edad, esté batallando con estas cosas. Realmente era lamentable. Subía escalón por escalón, un pie primero, aferrarse al pasamanos para que el otro pie no resintiera la subida. La respiración agitada. No podía seguir así.
Así que hace un año me inscribí en el smartfit. Entré con 125 kilos y la peor condición física de mi vida. En la elíptica no podía ni dar un par de pedaleadas sin que mi rodilla se resintiera. En la caminadora, aguantaba 10 minutos a velocidad lenta, tal vez por cierto acondicionamiento por mis años como corredor en mi juventud. Todo lo demás, en lo mínimo. Me subí a la bicicleta y me estaba desmayando. No lograba hacer ni una sentadilla, tenía que sentarme en un cuadrado y aferrarme a una columna. Extensiones de femorales, trabajo de tríceps, espalda, todo me causaba escozor.
Poco a poco tomé fuerza, mis músculos se adaptaron, pero seguí comiendo confiado en el hecho de que hacía ejercicio. Iba tres días a la semana, cuatro cuando mucho. Esto no va a funcionar si no hago dieta, me dije, cuando descubrí que sí, estaba más fuerte, pero había subido tres kilos. Al principio O me acompañaba, pero dejó de ir a los meses, pero me mantuve. Después, cuando decidí hacer dieta también, M me acompañó todas las noches por mensajes. Era como el momento para hablar con ella, aunque todo el día lo hacía, pero me acompañaba en esa hora y media de ejercicio. Eso me impulsó a ser más constante, porque de pronto, a mis deseos iniciales, se sumó también el espacio de diálogo y el tener a alguien con quien compartir ese tiempo.
Luego, a partir de octubre, que todo cambió, también dejé de ir al gimnasio a diario, y cuando iba ya no lo hacía por el ejercicio en sí, sino para respirar, para mantenerme cuerdo, para sentir que había algo de estabilidad en mi vida. Fue duro, además, volver en silencio a los equipos. Y aunque ahora ya no vivía a cuatro kilómetros de la sucursal a la que iba, sino a 28, aun así recorría media ciudad para hacer ejercicio con la misma gente, con el mismo entrenador. ¿Cuándo terminará esto?, me preguntaba, pero me puse una fecha para ir soltando. 
Hoy fui a mi nuevo gimnasio, frente a Cintermex. Hice pierna, justo eso que no podía hacer al principio. De julio a octubre, bajé 18 kilos, subí algunos en esta recta final del año, pero no volví a mi condición original. Pero ahora puedo hacer ejercicio con mucho más peso, casi 100 sentadillas, 70 kilos con el femoral, 50 con la extensión de pierna -al principio no pude hacer ni dos flexiones, sin peso añadido-.
Estoy decidido a terminar lo que inicié el año pasado. Por salud, por retrasar las enfermedades de la vejez, por dignidad propia, por, como dijo falsamente Sócrates, ver cómo podrá ser mi cuerpo en su mejor condición. Ahora estoy solo también, mejor para saber cuál es mi verdadera fuerza de voluntad.
Al terminar caminé un poco por Cintermex, a oscuras, con algunas personas que salían a esta hora del parque. Les tomé fotos a lo lejos. Las luces navideñas parpadeaban en los árboles y la luz bien valía esperar. Me gusta el nuevo gimnasio, aunque el nuevo yo aun no alcance a gustarme, pero todo se irá acomodando.

miércoles, enero 01, 2025

He pasado estos días con el taladro, el desarmador, el martillo, tornillos y taquetes a mi alrededor. Limpio la casa. Paso el trapo sobre el polvo que se acumula rápido sobre los muebles. Compré uno que requerirá mucha ayuda para armarlo, el resto los he solucionado de manera propia. Pasé el año nuevo, la víspera, solo en la casa, con los perros en el sillón dormidos, aunque pensaba que estarían alterados por los cohetes que los vecinos truenan estos días. Casi a las 12 salí y me senté en la piedra cuadrada que ha estado afuera de esta casa por más de 80 años, cuando mi abuelo la mandó traer de quién sabe dónde, y miré la noche. La carnicería estaba ya con las cortinas metálicas abajo, después de despachar a cientos de personas que hicieron fila durante el día para sus cenas de año nuevo. El señor que vende fierro viejo oía música tropical y alrededor de su montón de fierros, muebles desastrados y ropa acumulada, irradiaba su luz un foco industrial que iluminaba su esquina. Entonces, ahí, en silencio, oré por mí, por quien estuvo conmigo unos meses y decidió irse, por quien estuvo conmigo por años y debí irme, por los cambios, por mis padres, por mis hermanos. Después fui a casa y abracé a mis papás quienes estaban solos, porque este año nuevo no vinieron ninguno de mis hermanos, y volví a casa a seguir trabajando en la limpieza. Hoy, todo el día he hecho lo mismo, mientras veo las tres películas de El Hobbit. Yo también quisiera hacer un recuento de todo lo que viví en el año pero me parece tan insulso. No quiero ni ponerle adjetivos. Ahora sé que, ese optimismo de las semanas pasadas de que todo estaba bien y que podía salir adelante eran como un golpe de adrenalina necesario para llegar a estas fechas y pasar de ellas, pero una vez pasadas mi reserva de adrenalina se ha vaciado y tengo que encarar el vacío y de nuevo los futuros que no serán. Y paso saliva. Un vecino acaba de tronar otro cohete de esos grandes, los perros se alteran, yo no sé qué falta de neuronas tienen en la cabeza para que crean que tronar cohetes es algo que todos disfrutamos. En fin. Feliz año nuevo.

domingo, diciembre 29, 2024

Alguna vez, de joven, encontré a mi vecina sentada en la banqueta alta de la su casa. Yo venía de la preparatoria, me parece. Ella se dedicaba a vender collares, pulseras e incursionaba en los artículos de esoterismo como velas, dijes y amuletos que hacía en un pequeño taller. Era poco mayor que yo, pero ya estaba emparejada con un muchacho, ya tenía una hija pequeña. En ese entonces le hablaba mucho a ella y a sus hermanas, eran las vecinas de toda la vida, con quienes habíamos jugado de niños en la eterna calle soleadas de nuestra infancia.
Pero esa noche la encontré cabizbaja y lloraba. Por ingenuidad me acerqué y le pregunté qué tenía, así que me contó que se había separado, pero que su pareja la había corrido de la casa, donde tenía su taller y no le iba a devolver nada. Y se lamentaba por la ruptura, el pleito, su taller. Yo la escuché y creí que debía opinar. Así que le compartí mi opinión y lo que podía hacer. Me escuchó con atención y poco a poco dejó de estar triste.
Ella salió adelante, por supuesto, volvió a poner su taller, volvió a enamorarse, tuvo más hijas, pero cada que me ve me dice que, lo que le dije aquella noche fue muy valioso para ella, que se aferró a mis palabras como una tabla de recuperación. Cada que me lo cuenta me da cierta pena, porque, ¿qué sabía yo de la vida entonces? Actos de ingenuidad, pero igual y palabras precisas y necesarias.
Hoy que la vi en el mercado, donde tiene un puesto muy grande de objetos esotéricos, como siempre me recordó aquella noche, los dos en la banqueta caliente de su casa, la luz mercurial sucia, los coches aparcados y sus sombras, pero agregó algo más: "desde entonces, cada que tengo un problema, aplico tus palabras, se las cuento a mis hijas, las comparto con mis amigas".
Me sorprendí aun más de que aquello que le dije no hubiera estado al servicio de solo una ocasión, sino de toda su vida. Le conté algo que recién había leído, una parábola china del hombre que ha perdido la cosecha y, en lugar de lamentarse por ella, se levanta al día siguiente a limpiar el campo y prepararse para la nueva temporada de siembra, pero siento que lo dicho estaba en terreno fértil. Solo fui una semilla que ella quiso en realidad sembrar y vivir para reconfigurarse. Justo lo que yo necesito ahora. 

No es para habitar una casa que construimos una casa

He vuelto a vivir con mis padres durante unos meses desde que cambié de domicilio. Hace días, en threads, decía que en algún momento todos nos volvemos un lugar común. Así que sí, me volví un lugar común: el cuarentón que, tras su separación, regresa a la casa de sus padres. La cuestión es que no volví a gusto. No sólo por todo el caos emocional de mi salida, sino porque no me veía en ese lugar común. La idea era clara, pero requería de mucho trabajo, dedicación y sobre todo, paciencia. En días previos a mi viaje a Madrid fui a que me leyeran el tarot y el tarotista arrojó una carta cuando le pregunté por mi nueva habitación. "Vas a necesitar paciencia". Mi terapeuta lo miró con otros ojos: "así como ahora estás en obra gris, tu casa también está en obra gris". Es curioso que las dos personas de quienes me separaba, en algún momento se ofrecieron a ayudarme con las adecuaciones. Pero negué la ayuda. Debía hacerlo solo.

Entre la segunda quincena de octubre y la tercera de diciembre una casa que estuvo abandonada por más de 16 años recibió atención. Saqué un camión y medio de basura acumulada. Vendí láminas, fierros oxidados, puertas de fierros sin marcos. Mi papá y mi familia habían hecho de la casa de los abuelos su depósito, basurero y ejemplo de acumulación enfermiza de lo que se les quiera ocurrir. Todo se fue a la basura, colchones viejos, muebles, libros maltratados, carriolas, ropa, patrones de papel, azulejos rotos y buenos, vidrios, puertas consumidas por el polvo y golpeadas en las orillas, juegos de mesa, cuadros, cómodas. Sólo dejé lo esencial, que podría servirme y ciertos muebles, como recuerdo de mi abuela.

La casa tenía su fauna particular: encontré lagartijas grandes, de tonos rojizos y verdes, familias de cucarachas, moscos, ratones, escarabajos y escorpiones. Fumigué a conciencia para la llegada de los tres cachorros criollos que ahora me acompañan, de Cloe, la bulldog y de Pelusa, la gata. Luego vino la construcción: tirar paredes, subir cerramientos, abrir puertas en donde no había, clausurar otras, meter luz, adecuar el sanitario y las tuberías de agua y luz, enyesar, instalar abanicos de techo, traer muebles, adaptar otros, armar algunos más, pintar paredes y techos, decoraciones. 

Y mientras hacía eso, lidiar emocionalmente con las rupturas y separaciones, con la incertidumbre en el trabajo que al final se resolvió positivamente, viajar, estar siempre viajando a Huelva, a Sevilla, a Madrid, a Ciudad de México, a Guadalajara, a Hermosillo, a Matamoros y Ciudad Victoria, el orden no está cronológico y arrastrar todas las emociones en una caja de zapatos y caminar esos adoquines y aceras y jardines y pasillos feriales con esos zapatos puestos de la incomodidad que da la tristeza de los futuros que no se escribieron. La ansiedad de lo que no pudo ser. La dureza del drama. La culpa.

No es que te regresaste a tu casa, sino, a qué volviste con tus padres. Esa es la pregunta. En estas semanas los he oído, he charlado con ellos, los he llevado al cine, a cenar, a la clínica. Los he escuchado lo que no lo hice los últimos años. Anoche, al fin, pude dormir en esta vieja nueva casa. Coloqué, en una esquina, fotos de toda la gente que vivió bajo estas paredes. No las reconocerían si las vieran, pero aquí sigue la vieja puerta de madera que da al patio. No la voy a tocar, aunque desentona con todo lo nuevo. Por esa puerta salieron mis abuelos, tíos, primos y primas. Toda mi familia paterna ha pasado las manos sobre esa aldaba de fierro.

Y me sucedió algo muy curioso estos días: ya casi terminada, aun le faltan cosas, pero quiero resolverlas estos días, me pregunté para qué quería yo una casa nueva. Sí, invertí tres meses de reacomodo y me pregunté para qué quería yo esta casa. Tal vez eso aun debe responderse más adelante. Anoche, insisto, al fin dormí aquí, pero me levanté temprano para ir con mis padres, que viven a unas casas y cruzando la calle. Me fui para allá como si allá estuviera a salvo. No es para habitar una casa que construimos una casa, dice el poema de Juan Gelman, y qué simbólico que ese poema que le usurpé a un amigo ahora al fin, tenga su significado en mi vida. Porque sucede que tenemos sed y paciencia de animal.

sábado, diciembre 28, 2024

 Tengo una nueva casa. Tengo un viejo blog. Supongo que algo saldrá de esto. Mi mundo, en el 2004 era tan distinto. Hace días, que recuperé también mi computadora del 2017 encontré fotos y la vida de esos años, precisaré, de los años anteriores a ese 2017, tal vez del 2009 en adelante, fecha en la que compré esa computadora que justo está encendida a un lado de ésta, la hp en la solo suelo jugar, perdonen la cacofonía.

Siempre pensé en mis tres blogs como algo perdido. En algún momento del 2010 los dejé, después de estar en ellos de manera intensa. Fue una gran época en la que intercambié puntos de vista con mucha gente y conocí personas. Los blogs eran una suerte de mirada de la que surgieron libros, amistades, amores -no precisamente amores míos, me refiero el general-. Eran como una terapia breve en la que podía dialogar y exhibir mi naturaleza sin ningún tipo de miramiento. Ahora es posible que ya nadie venga por aquí y eso me da tranquilidad, porque podrá ser un espacio seguro -con la visibilidad que da la red, por supuesto, pero también la ansiedad de nuestros tiempos de mostrarnos a los demás-, y en el que podré volver a escribirme. Porque justo eso hacía en ese entonces. Escribirme. Contarme cosas. Por eso tenía todo tan a la mano. Porque existía un espacio en el que podía ser. 

Ahora, pues, tengo una nueva casa. Iba a escribir que abandoné la anterior, pero dice mi terapeuta, que debo entender el lenguaje. Mi lenguaje, que siempre ha estado al servicio de la ficción, ahora debo mirarlo mejor porque está al servicio de mi manera de narrarme el mundo. Y no ser duro con la manera como reflexiono sobre mis cosas. 

Pues, lo que debo decir, es que he trasladado ahora, a esta casa, mi energía y mis deseos de recuperar cosas. Aunque no sé qué cosas son las que debo recuperar, o sí, pero no quiero nombrarlas. Y me parece simbólico que las recupere con las herramientas del pasado: el age of empires, mi blog, mis computadoras viejas. Los perros saltan a mi alrededor, esos que rescatamos al volver de Nueva York y que fue imposible dar en adopción. Saltan y saltan. Llenan todo de polvo con sus patas sucias, se trepan a la cama, a los sillones. Si les alzo la voz esconden sus orejas tiernas, pero después salen corriendo en estampida al patio. Los veo y me vienen a la mente un montón de recuerdos con los perros, pero el más reciente es el de ella, recostada en el suelo, una mano en el mentón y la otra en su cadera, su vestido negro con puntos blancos, mirando a cinco cachorritos negros aprender a caminar mientras dan pisadas torpes. 

Estos perros en cambio, también fueron torpes, pero ahora son unas gacelas que se persiguen, muerden, huelen, trituran, destruyen, ladran, gruñen, desgañitan el papel sanitario con sus fauces limpias y sus babas felices. La felicidad de los perros. En esta casa nueva. En este fin de año. En esta escritura que reinicia. También eso pensaba estos días, ¿qué sucedió con mi escritura? Al leer la anterior al 2017 la encuentro distinta. Como que más mía. En fin, cosas que uno cree que suceden. Escrituras para recuperarse.