jueves, mayo 31, 2007

Ayer pensaba que sólo soy un hombre frente al mar: uno frente a la selva, el mismo en la soledad de una carretera. No hay nada de mágico en ello: o tal vez sí. Sin embargo: hoy pasó algo sorprendente: mientras esperaba para entrar a un cajero automático, un insecto de alas pequeñísimas y cabeza y cola de un color azul casi fluorescente se posó en mis hombros. No hice por molestarlo mientras se limpiaba las patas, los ojos inmensos, mientras sus antenas tanteaban la tela de mi camisa: yo era ese insecto: quería tener esas alas diminutas: ese color inexplicable que me ardía suavemente en la boca.

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