viernes, febrero 25, 2005

Detalle frente a una puerta


Para Isabel Cobos.

Salió la última y la miró alejarse por la banqueta saludando algunas compañeras del trabajo que se detenían en los puestos de tostadas y duritos. La vio entonces seguir por la misma calle y detenerse en la parada del camión. Como siempre dejaría pasar dos unidades antes de abordar. Subieron al mismo transporte y él se fue al fondo sin dejar de observar esa melena negra que brillaba en la noche.

Fuera la ciudad seguía sucia y anónima a pesar de las luces mercuriales que bañaban a trazos la oscuridad. Él bajó unos calles antes y se dedicó a caminar a paso lento. Ya sabía dónde estaba la casa y que siempre ella llegaba antes de platicar con alguna vecina. Ya sabía que abría la puerta después de batallar con el pestillo y que dejaba la bolsa sobre un sillón amarillo que había visto sus mejores años.

Cuando salió a la calle, esa que conocía hasta en sus más leves secretos, encontró la casa con la luz del frente encendida y lentamente se acercó tratando de pasar desapercibido. La sangre le pulsaba nerviosa cuando se detuvo frente a la ventana y a través la vio moverse a sus anchas en la sala. Ya para entonces él era como una espiga azotada por el viento y los nervios lo hacían sudar. Iba a tocar el timbre pero avanzó rápido y conforme se alejaba el corazón dejaba de latirle a prisa y toda una normalidad volvía al cuerpo. Se dijo que otro día finalmente le hablaría, que otro día tocaría esa puerta a presentarse y decir su nombre y sus intenciones.