martes, agosto 30, 2005

Vacilación

A la ciudad de México le gusta conglomerar a su gente. Las hacina en el metro, en las esquinas, en las filas para comprar patitas de pollo con esquites sin importarle si hay codazos, prisas y mentadas de madre. Esa es la ciudad de México a la que te acostumbras y vives; la que disfrutas en su caos organizado. Y no contenta con eso, el gobierno de tan populosa ciudad decidió hacer otro punto de reunión y apresuramiento apachurrado creando el metrobús.
El metrobus no es más que camiones largos donde caben como cien personas y que se detiene en estaciones acondicionadas y que tienes nombres tan ampulosos como Dr. Galvez, Barranca del Muerto, Insurgentes y Álvaro Obregón. Vivir en una ciudad así conlleva también a una pérdida de la identidad que se sofoca en la grisura de la masa. Pero la vida siempre está ahí, el detalle siempre aguarda el momento para ser descubierto.
Hoy venía en el metrobus en calidad de bulto. Me dolían los pies, mi espalda estaba en una posición poco acostumbrada y de puntillas, qué más, mientras sentía el apretujamiento de los pasajeros a mi espalda pude ver en el asiento delantero a una mujer que escribía. Primero me sorprendió que en ese caos ella fuera escribiendo. Curioso comencé a leer, a invadir la intimidad de la mujer.
Escribía una carta de amor a un tal Jesús. "Amo cada una de las partículas del aire que me traen tu nombre y cuando no estás te recreo en mi silencio y te amo cuando no estás y cuando estás te amo mucho más porque entonces no hay plazo para ser feliz". Intenté verla bien y descubrí las manos pequeñas pero regordetas, las uñas coloreadas de rosa, la caligrafía casi infantil que decía "extraño tus brazos, Jesús, tus sonrisas y cuando no estas yo lo vivo en el recuerdo, te vivo en el recuerdo". Seguí leyendo y no había más allá de eso en la mujer que escribía. Mi yo lector de Gelman, Girondo, T.S. Elliot y Castellanos me dijo: "son solo palabras, no son poesía" pero mi otro yo, al que termino siempre escuchando, estaba maravillado por como en ese caos, esas flexiones de cansancio por el avanzar y detenerse del metrobus podía estar ahí presenciando ese ejercicio del amor y la nostalgia en la mujer.
Luego, mientras escribía, se detuvo. La mujer se llevó al punta de la pluma a la boca y comenzó a tachonear, a rayar decididamente esas palabras de te vivo en el recuerdo, extraño tus brazos, Jesús, tus sonrisas y cuando no estoy te vivo en el recuerdo". La mujer pasó la hoja y volvió a escribir una carta de amor para Jesús, escribía con la letra más redonda, como pensando cada palabra y entonces me dieron ganas de reír porque en ese momento de vacilación, antes de empezar a borrar, ya estaba la palabra dictando nuevas medidas, ya estaba la correción en la punta de la boca, el amor ya escrito y dicho pero queriendo decirse de otra manera.
Qué asombrosa entonces esa indecisión donde el amor y las palabras se corrigen. Qué asombroso entonces que en un camión donde todos íbamos apretados, cansados, con las respiraciones de otros en la nuca y las manos aferradas a barrotes metálicos tibios alguien iba en otro lado, en otras noches y otros abrazos, disfrutando simplemente del recuerdo, vacilante al mismo tiempo por cada palabra dicha que quería decirse, expresarse, de la mejor manera. Las palabras se corrigen entonces pero el amor también.